1. El problema de la realidad y el conocimiento
1.2 El problema del conocimiento: Los grados de conocimiento
San Agustín fundamenta su epistemología en la teoría de los dos amores: el espiritual y el sensible (o egoísta). En esta teoría, el autor propone dos itinerarios fundamentales:
- El primero va de lo exterior a lo interior: Distingue dos tipos de conocimientos y dos realidades. El conocimiento sensible, en el cual los objetos materiales impresionan los sentidos en los que está presente el alma. Este conocimiento es fugaz, variable, poco seguro y puede ser puesto en duda. Sin embargo, la autoconciencia surge como un punto de partida irrebatible: podemos engañarnos acerca de las cosas del mundo exterior y dudar de nuestro conocimiento, pero la duda y el error prueban claramente nuestra existencia (Si fallor, sum).
- El segundo va de lo interior a lo superior: Para llegar hasta la verdad, hay que seguir un camino de ascenso espiritual que lleve al hombre a penetrar cada vez más en el «hombre interior», es decir, en el interior de la conciencia. El hombre podrá culminar su peregrinación mental con el conocimiento de la verdad.
El conocimiento inteligible se divide, a su vez, en dos clases:
- El conocimiento de la razón inferior o conocimiento discursivo.
- El conocimiento de la razón superior o conocimiento intuitivo de las verdades eternas.
La doctrina de la iluminación
Mediante la iluminación divina, el alma logra autotrascenderse y consigue conectar con la propia Divinidad. Dios interviene en el alma, iluminándola, y así la inteligencia discierne las ideas que están en Dios y obtiene la verdad. Dios posee en sí toda la verdad y la participa a la mente humana mediante esta iluminación. Con esta teoría, San Agustín asume y reformula la teoría platónica de las ideas.
3. El problema del ser humano
El alma y sus facultades
San Agustín concibe al alma como un principio racional y espiritual que se sirve del cuerpo. Esta permite al hombre apartarse del mundo exterior sensible para encaminarse a su verdadera patria celestial. El alma humana es imagen de Dios en el hombre: es inmortal y simple, pero en ella encontramos tres facultades distintas: la memoria, la inteligencia (por la que aspira a la verdad) y la voluntad (o el amor).
El origen del alma
Aunque San Agustín rechaza la tesis platónica de la preexistencia de las almas, no llega a darle una solución definitiva al problema de su origen. A veces se inclina por el creacionismo, manteniendo que el alma es creada directamente por Dios; otras veces rechaza esta tesis porque resulta difícil de compatibilizar con el concepto cristiano de pecado original. Por ello, también considera el traducianismo de Tertuliano, que explica que el alma se transmite de padres a hijos como se transmite el fuego de una antorcha a otra. De este modo, se explicaría cómo la mancha del pecado original se ha transmitido a toda la descendencia humana a lo largo de la historia.
La libertad humana
Frente a Cicerón, quien había afirmado que el hombre no puede ser libre si existe la presciencia divina, San Agustín mantiene que la Providencia Divina no excluye la libertad humana. Dios, en su sabiduría infinita, conoce todo lo que va a suceder, pero no determina la acción humana; simplemente conoce de antemano nuestras decisiones sobre el uso de la libertad. La fe cristiana presenta la imagen de un Dios que premia al hombre bueno con el cielo, y esta verdad de fe debe ser compatible con la libertad.
No obstante, el alma humana está corrompida por el pecado original y necesita de la gracia para actuar moralmente. Para resolver si la gracia determina la libertad, el autor distingue entre el libre albedrío (capacidad de elección entre el bien y el mal) y la libertad plena (la capacidad de elegir el bien ayudado por la gracia).
5. El problema de la política y la sociedad
Tras el saqueo de Roma por las tropas de Alarico, los paganos acusaron al cristianismo de la ruina del Imperio, argumentando que el pacifismo cristiano y el abandono de los antiguos dioses habían provocado su venganza. Los mismos cristianos veían el hundimiento de Roma como una catástrofe. En este contexto, San Agustín redacta su obra más importante: La ciudad de Dios. En ella, ofrece una interpretación teológica de la historia de la humanidad, proyectando sobre ella una simbología cristiana. El fundamento de toda sociedad humana es el amor, pues los hombres se unen o se dividen en función de los objetos que aman.
Las dos ciudades
San Agustín distingue dos tipos de sociedades o ciudades simbólicas:
- La Ciudad de Dios: Símbolo del amor espiritual y ordenado. Fue fundada por Abel y sobre ella reina Dios. Es una ciudad interior y espiritual, constituida por aquellos que aman a Dios por encima de todo. Sus miembros buscan la gloria divina y están unidos por la caridad, garante del perfecto orden y la armonía.
- La Ciudad Terrenal: Debe su fundación a Caín y sobre ella reinan el demonio, las tinieblas y el mal. Está formada por quienes anteponen el amor propio y las cosas mundanas al amor divino. Su unidad es forzada, pues procede del sometimiento a la autoridad del Estado, que necesita ejercer la violencia.
Desde esta perspectiva, la historia se concibe como un drama sagrado: una lucha continua entre el amor a Dios (fe, esperanza, caridad y justicia) y el amor al mundo (pasiones, egoísmo, ambición y poder). San Agustín propone una visión estética de la historia: las penalidades son disonancias que contribuyen a desarrollar el «bellísimo poema» histórico, con la promesa de una armonía final. Dios garantiza la victoria final del bien, asegurando la paz eterna.
Divide la historia en seis épocas, correspondientes a los seis días bíblicos de la creación. La caída de Roma representa el fin de uno de los principales exponentes de la Ciudad Terrenal. Justos y pecadores coexisten mezclados físicamente, pero separados por su corazón, hasta la segunda venida de Cristo y el Juicio Final. Mientras tanto, ambas comunidades buscan alcanzar la paz, pues por naturaleza, el hombre desea la paz.
El orden y la paz
El orden es la condición necesaria para la paz, la cual San Agustín define como la «tranquilidad del orden». El cuerpo, el alma, la familia y la sociedad alcanzan la paz cuando existe armonía y la racionalidad se impone sobre la irracionalidad. Mientras la Ciudad Terrenal busca la paz como un fin último terrenal, la Ciudad Celestial la usa como un medio para alcanzar la verdadera paz eterna. El ejercicio efectivo del orden y la garantía de la paz es la justicia. Sin embargo, la justicia humana es imperfecta; solo en la Ciudad de Dios existe la verdadera justicia, representada en la tierra por la Iglesia.
