El Hedonismo de Epicuro
La ética de Epicuro, al igual que la de Aristóteles, es una ética del bien, ya que insiste en la importancia del objetivo supremo que debe orientar nuestra conducta. Epicuro creía que el placer es el bien supremo que debemos tratar de alcanzar en nuestra vida.
La ética epicúrea es hedonista, porque afirma que el bien supremo consiste en el placer. Para entender bien lo que Epicuro quería decir, conviene explicar el sentido que tiene el concepto de placer en su filosofía. El placer no consiste en desenfrenos, sino sobre todo en la ausencia de temor y dolor.
Según Epicuro, aunque los excesos pueden producirnos un placer intenso y momentáneo, posteriormente suelen causar sufrimiento y dolor. Este tipo de conductas no nos acercan a la felicidad. Lo que hay que buscar es más bien la calma y el sosiego, que solo pueden llegar si nos ejercitamos en perder el miedo al destino, al dolor y a la muerte.
Epicuro distinguió tres tipos de placeres:
- Alimentarse, vestirse y cobijarse frente a las inclemencias del tiempo: estos son placeres naturales y necesarios.
- Reflexionar y cultivar la amistad: son placeres naturales pero innecesarios.
De acuerdo con la ética de Epicuro, si queremos ser felices debemos centrarnos en satisfacer nuestros deseos naturales y necesarios, haciéndolo además con moderación y sensatez. El término griego con el que Epicuro expresaba esta aspiración a la tranquilidad es ataraxia, que significa “imperturbabilidad”. Para alcanzar la felicidad auténtica, lo que debemos hacer es evitar la inquietud, viviendo una vida serena y equilibrada. La ética de Epicuro propone alcanzar la ataraxia, que es un estado de calma caracterizado por la ausencia de perturbación.
El Eudemonismo de Aristóteles
La ética de Aristóteles puede agruparse con la de otros autores como Epicuro o J. S. Mill, que tratan de orientarnos para que seamos capaces de alcanzar el mayor bien posible en nuestra vida. Por eso decimos que la filosofía moral aristotélica es una ética del bien, ya que pretende servirnos de orientación para que podamos lograr ese objetivo.
Todas las éticas del bien creen que la vida humana debe encaminarse a lograr esa meta. Sin embargo, no existe acuerdo a la hora de determinar cuál es el bien supremo que debemos perseguir. ¿Se trata tal vez del placer? ¿Será acaso la calma y la tranquilidad de espíritu? ¿O consistirá más bien en la salvación eterna de nuestra alma?
En su ética, Aristóteles sostiene que el bien máximo al que podemos aspirar las personas es la felicidad (eudaimonia). Es verdad que los seres humanos se esfuerzan por conseguir otras metas, como la riqueza, la fama o el poder. Pero Aristóteles nos recuerda que ninguna de estas aspiraciones es una finalidad en sí misma. Nadie desea ser rico únicamente para acumular oro. La riqueza es un medio que puede proporcionarnos ventajas y oportunidades. Y lo mismo sucede con la fama o el poder, ya que no los deseamos por sí mismos, sino únicamente como instrumentos al servicio de un objetivo superior.
Según Aristóteles, lo que las personas verdaderamente queremos es ser felices. Si lo logramos, habremos alcanzado el máximo bien al que podemos aspirar. La felicidad no es un medio, sino una meta en sí misma, que constituye el objetivo más importante que las personas podemos desear. De acuerdo con Aristóteles, el bien supremo que perseguimos los seres humanos es la felicidad.
Decir que los seres humanos perseguimos la felicidad es hacer una afirmación demasiado general. Muchas personas están de acuerdo con este principio, pero no todas coinciden cuando se trata de explicar en qué consiste ser feliz. Para aclarar cuál es el significado de la felicidad, Aristóteles parte de lo que nos define como seres humanos. Según Aristóteles, las personas somos distintas del resto de los animales porque tenemos razón y palabra. El ser humano es un animal con logos.
También hemos visto que, para Aristóteles, la vida más noble y más feliz es la del filósofo que se dedica a ejercitar la razón. Sin embargo, Aristóteles era muy consciente de que este tipo de vida no estaba al alcance de todo el mundo.
¿Cómo podemos ser felices en nuestra relación con los demás?
Para alcanzar la felicidad en la vida práctica, Aristóteles creía que debemos ejercitarnos en desarrollar la virtud. La palabra griega para virtud es areté, que significa “excelencia”. La virtud, según Aristóteles, surge de la costumbre. Nos volvemos virtuosos cuando nos acostumbramos a comportarnos de manera adecuada.
¿Cuándo una elección es correcta y adecuada? Aristóteles pensaba que, en la práctica, debemos huir de los excesos, procurando elegir el término medio entre los dos extremos.
El Utilitarismo
La ética utilitarista comparte los objetivos de la felicidad y el placer con Aristóteles y Epicuro. Sin embargo, los utilitaristas creen que las ideas de estos dos filósofos solo tienen en cuenta la felicidad del individuo aislado. Según el utilitarismo, es preciso ir más allá del punto de vista individual. A la hora de actuar, hemos de pensar en las consecuencias de lo que vamos a hacer.
Esto significa que debemos considerar cómo nuestras acciones pueden hacer felices o infelices a las personas que nos rodean. Así, una acción será moralmente buena cuando proporcione felicidad, es decir, bienestar y ausencia de dolor. ¿Y qué es lo que deberíamos hacer si nuestra acción puede hacer felices a unos e infelices a otros? En ese caso, el utilitarismo nos propone realizar un cálculo de los placeres.
Para decidir lo que sería correcto hacer, debemos tener en cuenta el número de personas que van a resultar beneficiadas o perjudicadas dependiendo de nuestra conducta. El concepto de utilidad hace referencia a estas consecuencias. Una acción es útil cuando hace feliz a un gran número de personas, produciendo el mayor placer a unos y el menor dolor a otros.
El filósofo inglés Jeremy Bentham fue un destacado utilitarista del siglo XIX. Según Bentham, lo bueno coincide con lo útil. Es bueno lo que da placer y evita el dolor que produzcan nuestras acciones. Con nuestra conducta debemos procurar la mayor felicidad para el mayor número posible de personas.
Para poder calcular adecuadamente la cantidad de placer y de dolor que generamos, Bentham proponía tener en consideración distintos factores, tales como:
- La intensidad
- La duración
- La certeza
- La proximidad de los placeres
Un placer intenso, duradero, seguro y próximo deberá contar más que otro débil, efímero y lejano. Si tenemos en cuenta estos elementos, podremos medir los placeres y calcular su valor total.
