De las polis al imperio: filosofía, ciencia y cultura en el helenismo
La época helenística se inicia tras la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C. y se caracteriza por la sustitución de las polis por el Imperio macedonio, lo que supuso la pérdida de la autonomía política de los griegos. Los ciudadanos pasaron a ser súbditos y se rompió la antigua identidad griega, ya que se consideraba griegos a muchos habitantes del imperio. Esta situación generó una profunda crisis política, social y cultural, provocando el alejamiento de la vida política y la pérdida de referencias tradicionales.
En este contexto surgieron nuevas corrientes filosóficas centradas en la ética, que entendieron la filosofía como un remedio contra la angustia humana. Todas ellas buscaron alcanzar la eudaimonía o buena vida mediante la serenidad del alma.
Principales corrientes helenísticas
- Epicureísmo: fundado por Epicuro. Concibe la filosofía como una medicina para el alma y se divide en física, teoría del conocimiento y ética. Su física es materialista y atomista, y su teoría del conocimiento se basa en las sensaciones, las anticipaciones y los afectos. En ética, el objetivo es alcanzar la ataraxia mediante el tetrafármaco: no temer a los dioses, no temer a la muerte, buscar placeres moderados, naturales y necesarios, y aceptar que el sufrimiento es soportable.
- Estoicismo: fundado por Zenón de Citio. Concibe el universo como un organismo racional gobernado por el Logos, donde todo sucede según el destino. El ser humano debe vivir de acuerdo con la razón del cosmos. La ética estoica defiende la aceptación del destino, la libertad interior y el control de las emociones mediante la apatía, entendida como dominio racional de las pasiones.
- Cinismo: identifica la filosofía exclusivamente con la ética y rechaza toda construcción teórica. Los cínicos, como Diógenes de Sinope, defienden un retorno a la naturaleza, tomando a los animales como modelo. Al rechazar las normas sociales, decir la verdad y no buscar aprobación, el ser humano alcanza la autarquía y la eudaimonía.
- Escepticismo: fundado por Pirrón. Pone en duda la posibilidad del conocimiento verdadero. Al no poder establecer criterios de verdad, el escéptico suspende el juicio (epojé), lo que le conduce de forma indirecta a la ataraxia y a la felicidad.
Etapas, métodos y cuestiones fundamentales en la filosofía medieval: la existencia de Dios, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham y Hildegard von Bingen
La filosofía medieval se desarrolla entre los siglos V y XV y se caracteriza por la integración de la filosofía clásica con la fe cristiana. Su propósito principal fue racionalizar y defender los dogmas del cristianismo, estableciendo la primacía de la Revelación, aunque utilizando la razón como instrumento filosófico.
Se distinguen dos grandes etapas. La Patrística (siglos V-VIII), correspondiente a los Padres de la Iglesia, tiene como objetivo defender el cristianismo frente al pensamiento pagano y formular los dogmas fundamentales. Su pensamiento se apoya principalmente en el platonismo y el neoplatonismo. La Escolástica (siglos XI-XIII), desarrollada en escuelas monacales y universidades, pone la razón al servicio de la fe mediante el método escolástico basado en la lectio y la disputatio, utilizando la dialéctica y la argumentación lógica. En la Baja Edad Media surge una corriente crítica: el nominalismo.
San Agustín de Hipona concibe a Dios como ser absoluto, eterno e inmutable, origen de todo lo existente. Defiende que el mal no es una realidad en sí, sino privación del bien, y atribuye el mal moral al libre albedrío humano. El conocimiento de las verdades eternas se alcanza mediante la iluminación divina, por la cual Dios ilumina la mente humana.
Santo Tomás de Aquino realiza la síntesis definitiva entre aristotelismo y cristianismo. Distingue entre orden natural y orden sobrenatural, y demuestra la existencia de Dios mediante las Cinco Vías, argumentos a posteriori basados en la experiencia. En ética, formula la ley natural conocida por la razón, universal e inmutable, fundamento de la ley humana.
Guillermo de Ockham, representante del nominalismo, niega la existencia real de los universales, considerados solo como nombres. Defiende la limitación de la razón y cuestiona la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios, separando fe y razón.
Por último, Hildegard von Bingen (Hildegarda de Bingen) fue una figura polifacética de la Edad Media. Destacó como abadesa, mística, filósofa y científica, integrando teología, cosmología, medicina natural y música, y ofreciendo una visión unitaria del ser humano y el universo.
El nacimiento de la modernidad europea: Renacimiento, protestantismo, revolución científica, Comte y el positivismo
El nacimiento de la modernidad europea se produce entre los siglos XV y XVII y supone una ruptura progresiva con la cosmovisión medieval. El punto de partida es el Renacimiento, un movimiento cultural, artístico e intelectual que busca recuperar la Antigüedad clásica. Frente al teocentrismo medieval, se impone el antropocentrismo, que sitúa al ser humano como centro de la reflexión. Se reivindican la razón, la libertad y la capacidad creativa del individuo, en un contexto marcado por la superación de las crisis de la Baja Edad Media.
Este cambio va acompañado de importantes transformaciones sociales. El sistema feudal entra en decadencia, mientras que la burguesía se fortalece gracias al comercio y al desarrollo urbano. La invención de la imprenta por Gutenberg permite la difusión masiva del conocimiento y favorece el aumento de la alfabetización. En este contexto surge el humanismo, que defiende la dignidad y las capacidades del ser humano. Destacan autores como Pico della Mirandola, Erasmo de Róterdam, Maquiavelo —que separa política y moral—, Tomás Moro y Giordano Bruno, defensor de un universo infinito.
En el ámbito religioso tiene lugar la Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517 con la publicación de las 95 tesis. Lutero defiende que la salvación se alcanza por la fe y critica la jerarquía eclesiástica. Esto provoca la división religiosa de Europa, la descentralización de la religión y un impulso a la secularización del Estado.
Paralelamente se desarrolla la Revolución Científica, que sustituye el geocentrismo por el heliocentrismo, gracias a autores como Copérnico, Kepler y Galileo Galilei. Se consolida un nuevo método científico basado en la observación, la experimentación y el razonamiento, transformando la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Finalmente, en el siglo XIX, Auguste Comte formula el positivismo, que defiende que el único conocimiento válido es el científico, basado en hechos observables, culminando así el proceso de confianza moderna en la ciencia y la razón.
Racionalismo y empirismo: Descartes y Hume
En los siglos XVII y XVIII la filosofía se centra en el problema del conocimiento, es decir, en cómo podemos saber qué es verdadero. En este contexto surgen dos grandes corrientes: el racionalismo y el empirismo. Ambas rechazan que la fe sea el criterio principal de verdad y defienden que el conocimiento debe basarse en la razón, aunque la entienden de manera diferente.
El racionalismo, cuyo principal representante es René Descartes, sostiene que la razón es la fuente fundamental del conocimiento. Descartes parte de la duda metódica, que consiste en dudar de todo aquello que pueda ser falso, como los sentidos o las opiniones, para encontrar una verdad absolutamente segura. Esta verdad es el cogito, expresado en la frase «pienso, luego existo», que afirma que aunque dude de todo, no puede dudar de que está pensando y, por tanto, existe. A partir de esta certeza, Descartes afirma la existencia de tres sustancias: la res cogitans, que es el alma o pensamiento; la res extensa, que es el mundo material; y la res infinita, que es Dios. Para los racionalistas existen ideas innatas, es decir, contenidos que la mente posee desde el nacimiento, y el conocimiento verdadero es a priori, independiente de la experiencia. El método adecuado para conocer es el método matemático, basado en la deducción y en la claridad y distinción de las ideas.
El empirismo, representado por David Hume, defiende que todo conocimiento procede de la experiencia. La mente al nacer es una tabula rasa que se va llenando con los datos que proporcionan los sentidos. Hume distingue entre impresiones, que son las percepciones directas y vivas, e ideas, que son copias de esas impresiones. La razón solo puede trabajar con el material que le proporciona la experiencia, por lo que el conocimiento es siempre a posteriori y limitado. Además, Hume niega que podamos conocer una causalidad necesaria en la naturaleza, ya que solo observamos que unos hechos siguen a otros, pero no una conexión obligatoria entre ellos. Por ello, el conocimiento científico no es absolutamente cierto, sino probable. De este modo, mientras el racionalismo busca una verdad segura basada en la razón y en ideas innatas, el empirismo limita el conocimiento a la experiencia sensible y niega la posibilidad de certezas absolutas.
El debate metafísico moderno: la teoría cartesiana de las sustancias y el materialismo
El debate metafísico moderno surge como respuesta al dualismo radical planteado por René Descartes. Descartes definió la sustancia como aquello que existe sin necesitar de otra cosa para existir, aunque en sentido estricto solo Dios cumple plenamente esta definición. A partir de aquí distinguió tres tipos de sustancia: Dios o sustancia infinita, el alma o res cogitans y el cuerpo o res extensa.
La res cogitans es la sustancia pensante. Su naturaleza es el pensamiento; incluye la conciencia, la voluntad y el entendimiento; y se caracteriza por ser inmaterial, indivisible y libre. La res extensa es la sustancia material, es decir, los cuerpos y el mundo físico, cuya característica principal es la extensión y que está regida por leyes mecánicas y deterministas. La res infinita es Dios, sustancia perfecta y creadora de las demás. Este planteamiento genera un grave problema: la relación entre alma y cuerpo, ya que si son sustancias totalmente distintas resulta difícil explicar cómo pueden influirse mutuamente. Descartes intentó resolverlo situando la interacción en la glándula pineal, pero esta solución fue considerada insuficiente.
A partir de este problema surgieron varias respuestas. Malebranche mantuvo el dualismo, pero negó la causalidad directa entre alma y cuerpo. Según su ocasionalismo, Dios es la única causa real y los actos humanos solo son ocasiones para que Dios actúe. Spinoza propuso una solución radical al defender que solo existe una sustancia, Dios o la Naturaleza, de la que pensamiento y extensión son dos atributos; de este modo desaparece la separación entre alma y cuerpo, ya que ambos son expresiones de la misma realidad. Leibniz defendió un monismo espiritualista basado en las mónadas, sustancias simples que no interactúan entre sí y cuya coordinación se explica por la armonía preestablecida creada por Dios.
Frente a estas teorías surge el materialismo moderno, especialmente desde Thomas Hobbes, que reduce la realidad a materia y movimiento. Para el materialismo no existe una sustancia espiritual independiente, sino que incluso el pensamiento se explica como un fenómeno material. Esta postura se irá consolidando en la Ilustración, oponiéndose al dualismo cartesiano y defendiendo una visión mecanicista y naturalista del ser humano y del mundo.
La asimilación de la filosofía griega por la teología medieval: el problema de la relación entre fe y razón
Entre los siglos I y IV d. C., el cristianismo pasó de ser una religión perseguida a convertirse en la religión oficial del Imperio romano. Este proceso exigió una estructuración filosófica de la fe cristiana, ya que fue necesario formular y defender racionalmente sus dogmas. De este modo surgieron los Padres de la Iglesia, primeros pensadores cristianos que integraron fe y razón para dar consistencia teórica a la nueva religión.
En una primera fase destacan los apologistas, cuyo objetivo fue defender el cristianismo frente a las críticas paganas y dotarlo de profundidad filosófica. Posteriormente, autores como Orígenes, Gregorio de Nisa o Juan Damasceno profundizaron en dogmas complejos como la Trinidad, la creación o la naturaleza del alma. La teología medieval asimiló numerosos elementos de la filosofía griega, siendo el platonismo, a través del neoplatonismo, la influencia más importante. De él se tomó el dualismo ontológico, que distingue entre el mundo sensible y el inteligible, identificado con Dios, así como el dualismo antropológico entre cuerpo y alma. También se adoptó la idea de participación, según la cual los seres creados participan del Ser absoluto. Del estoicismo se incorporó el concepto de Logos, identificado con el Verbo divino, y del pitagorismo, la concepción de un universo ordenado y armónico. El aristotelismo tuvo escasa influencia en esta etapa inicial, aunque sería decisivo más adelante.
El problema central de la filosofía medieval fue la relación entre fe y razón, es decir, el modo de acceder a la verdad. Se formularon varias respuestas: la supremacía de la fe, que considera inútil la razón; la compatibilidad total, defendida por San Agustín, que afirma la cooperación entre ambas; la independencia y separación de fe y razón; y la independencia y colaboración, propia de Santo Tomás de Aquino. San Agustín sostiene que creer y entender son procesos complementarios, expresados en su máxima «creo para entender y entiendo para creer». Santo Tomás distingue claramente los ámbitos de la filosofía y la teología, pero afirma que la razón puede colaborar con la fe demostrando los preámbulos de la fe, como la existencia de Dios, y preparando al ser humano para aceptar los misterios revelados.
La cuestión del origen y fundamento de la sociedad y el poder
En la Edad Media, la política tenía un fundamento teológico. El poder político y el poder religioso estaban unidos, ya que se consideraba que la autoridad provenía de Dios. El rey gobernaba como representante de Dios en la Tierra y las leyes tenían un carácter sagrado. La sociedad se entendía como algo natural y ordenado por Dios, y el derecho natural se concebía de forma trascendental, es decir, como una ley divina.
Esta visión entra en crisis en la Baja Edad Media, especialmente con pensadores como Guillermo de Ockham, lo que favorece la aparición de una concepción más laica y racional de la política. Marsilio de Padua fue un precursor de esta ruptura al defender que el poder político no debía depender de la Iglesia. En este contexto surge Maquiavelo, quien separa la política de la moral cristiana y defiende un realismo político. Para él, la política tiene como objetivo principal mantener el poder y garantizar la estabilidad del Estado. Debido a su visión pesimista del ser humano, al que considera egoísta e inconstante, el gobernante debe apoyarse más en el miedo que en el amor para asegurar el orden.
A partir de estas ideas surge el contractualismo, que intenta justificar el Estado de forma racional y no religiosa. Según esta corriente, la sociedad no es natural, sino el resultado de un pacto entre individuos. Hobbes, Locke y Rousseau ofrecen distintas versiones de este pacto:
- Hobbes: parte de una visión pesimista del ser humano y describe el estado de naturaleza como una guerra de todos contra todos, por lo que los individuos ceden todos sus derechos a un soberano absoluto para garantizar la seguridad.
- Locke: con una visión más optimista, defiende que el Estado existe para proteger los derechos naturales de vida, libertad y propiedad, y propone una monarquía parlamentaria con división de poderes.
- Rousseau: considera que el ser humano es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe, por lo que el contrato social debe basarse en la voluntad general para crear una comunidad libre e igualitaria.
Estas teorías sientan las bases del Estado moderno y de las democracias liberales.
El utilitarismo y el liberalismo político como origen de la sociedad capitalista
El capitalismo es un sistema económico y social basado en la producción privada, el intercambio en el mercado y la búsqueda constante de beneficios. Su desarrollo fue posible gracias a la alianza entre el Estado y el poder económico, ya que el Estado necesita recursos y los comerciantes necesitan protección. Este sistema promueve el crecimiento continuo, pero también legitima formas de explotación y moldea las relaciones sociales.
El liberalismo político, surgido en el siglo XVII en Gran Bretaña, es una de las bases ideológicas del capitalismo. Defiende la primacía del individuo sobre la sociedad y considera que la sociabilidad no es natural, sino una elección basada en intereses personales. Sus principios fundamentales son la propiedad privada, la competitividad y la neutralidad del Estado. Desde esta perspectiva, el ser humano es visto como un individuo egoísta que busca su propio beneficio, y el mercado se convierte en el espacio donde esos intereses se enfrentan.
El utilitarismo, desarrollado por Jeremy Bentham y John Stuart Mill en los siglos XVIII y XIX, aporta otro fundamento al capitalismo. Esta teoría ética afirma que las acciones son buenas si producen la mayor felicidad para el mayor número de personas. Bentham defendió que el placer y el dolor pueden medirse, mientras que Mill distinguió entre placeres superiores e inferiores, dando más valor a los intelectuales. En política, el utilitarismo justifica las decisiones del poder según su utilidad para el bienestar colectivo.
Adam Smith unió estas ideas al afirmar que la búsqueda del interés personal beneficia indirectamente al conjunto de la sociedad gracias a la «mano invisible» del mercado, que se autorregula sin intervención estatal. Así, el egoísmo individual se presenta como algo positivo.
Sin embargo, esta visión ha sido criticada porque reduce la naturaleza humana a la competencia y el interés propio. Autores como Kropotkin, Azurmendi o E. O. Wilson destacan que la cooperación y el altruismo han sido esenciales en la evolución y en la vida social. Por ello, el modelo capitalista, basado solo en la competencia, ignora una parte fundamental de la naturaleza humana.
