Filosofía clásica, medieval y moderna: conocimiento, antropología, política y ética

Época clásica

Conocimiento

Platón afirma que existen dos mundos distintos: el mundo sensible y el mundo inteligible. El mundo sensible está formado por cosas materiales, mortales, imperfectas y cambiantes. Por otro lado, el mundo inteligible está formado por ideas que son inmateriales, inmortales, perfectas y no cambian; para Platón, este mundo es el verdadero. Entre los dos mundos existe una relación que se puede explicar a través de la teoría de la participación o imitación, mencionada en el mito del Demiurgo; dicha teoría afirma que las cosas materiales del mundo sensible son una copia de las ideas.

Las ideas se encuentran organizadas jerárquicamente y racionalmente (de la más importante a la menos importante). La idea fundamental y más importante es la del Bien, por lo cual se encuentra en la cúspide. A raíz de la idea del Bien, que es el principio ontológico (ser humano) y epistemológico (ciencia), nacen las demás ideas.

Platón, dentro del conocimiento, explica el mito de la caverna, donde diferencia dos modos de conocimiento: la doxa, que es la opinión, el falso conocimiento; y la epistéme, que es la ciencia, el verdadero conocimiento. En la teoría de la reminiscencia, Platón afirma que conocer es recordar lo que nuestro alma había olvidado, ya que el alma racional preexistió anteriormente y, al separarse de su anterior cuerpo, vuelve a recordar en otro cuerpo pero habiendo olvidado el conocimiento anterior.

Platón propone un método para que recordar sea más sencillo, que consiste en el diálogo denominado mayéutica.

Antropología

La antropología platónica es la creación cuerpo-alma, dos elementos que Platón considera distintos e independientes. Por un lado está el alma, que pertenece al mundo de las ideas, un mundo inmortal, inmutable y no cambiante; por otro lado, el cuerpo pertenece al mundo sensible, un mundo mortal, mutable y compuesto de copias de las ideas, que son cambiantes. Dicha relación para Platón es accidental y antinatural, ya que el lugar propio del alma es el mundo de las ideas.

Ambas sustancias mantienen una lucha permanente, la cual Platón explicará en la teoría de la reminiscencia, donde afirma que conocer es recordar el conocimiento que el alma había olvidado, ya que preexistió en el mundo de las ideas y cayó al mundo sensible quedando atrapada en un cuerpo (expuesto en el mito del carro alado) y olvidando su conocimiento. En este momento comienza la lucha entre el alma y el cuerpo: el alma procura huir del cuerpo y el cuerpo procura retener al alma.

Platón expone en el Fedro y en el mito del carro alado la tripartición del alma:

  • Alma racional: donde se encuentra la razón; es inmortal y se sitúa en la cabeza.
  • Alma irascible: donde se encuentra el ánimo; es mortal y está en el tórax.
  • Alma concupiscible: donde se encuentra el apetito y la pasión; es mortal y se encuentra en el tórax y hacia abajo.

Política

Las virtudes se desarrollan en la sociedad, pues el hombre es considerado ser social por naturaleza. El gobierno debe pensar en el bien común y conseguir la justicia social. El orden perfecto de la sociedad se generará con el desarrollo propio de cada individuo según el alma que predomine. Así se procede a la división social en la ciudad y según el puesto que se ocupe en ella.

Para descubrir el alma propia de cada individuo y guiar su desarrollo, Platón distingue tres funciones sociales de acuerdo con el alma que predomina:

  • Gobernante: tiene alma racional; debe ser el filósofo que posee la epistéme y la virtud de la sabiduría; su función es gobernar.
  • Guerrero: tiene alma irascible; su virtud es la valentía, encargándose de defender la ciudad.
  • Pueblo: con alma concupiscible; su virtud es la templanza y provee a la ciudad de necesidades económicas.

Para Platón, la mejor forma de gobernar será la aristocracia (el gobierno de los más preparados, los filósofos, con alma racional). Otras formas de gobierno son:

  • Timocracia: forma de gobierno en la cual domina la pasión frente a la razón. Se ambicionan riquezas y honores; predomina la clase militar y sus representantes oprimen a los más débiles (alma irascible).
  • Oligarquía: forma de gobierno en el que mandan los ricos, sin que el pobre tenga acceso al poder. Es un sistema de hombres interesados en la ganancia; olvidan la educación y la solidaridad; el deseo insaciable de riqueza corrompe al ciudadano.
  • Democracia: en este régimen la sociedad se llenará de libertad y es posible escoger varias formas de vida. Este sistema se corrompe porque los ricos no lo aceptan y domina la pasión frente a la razón (alma concupiscible).
  • Tiranía: forma de gobierno en la cual el exceso de libertad termina en exceso de esclavitud, tanto para el individuo como para la polis. El pueblo acaba aceptando al tirano porque este implanta orden.

Ética

La moral para Aristóteles sigue un esquema teleológico, pues los seres humanos tienden a un fin que es la felicidad. La felicidad consiste en cumplir todo lo que le es propio al ser de acuerdo con su esencia. En los seres humanos, la actividad propia es la actividad intelectual (pensar), la vida contemplativa.

Hay que perfeccionar la actividad intelectual y las características racionales; con ellas surgen las virtudes dianoéticas o intelectuales, que perfeccionan el entendimiento: la sabiduría, la reflexión, etc. Pero el hombre es también corpóreo; tiene necesidades corporales y sociales. Es imposible conseguir la plena felicidad puesto que no se puede mantener plenamente la vida contemplativa; la felicidad absoluta es propia únicamente de Dios. Así, la felicidad humana está limitada por las necesidades sociales; necesitamos las virtudes éticas o prácticas, que son las más humanas porque organizan nuestras vidas de manera que podamos dedicarnos a lo que nos es propio (el desarrollo de la felicidad intelectiva).

Aristóteles define la virtud ética como un hábito que determina con prudencia (utilizando la felicidad intelectiva) el término medio entre dos extremos viciosos (uno por defecto y otro por exceso) de forma personal.

Ética (continuación)

La virtud más destacable es la justicia. No es una virtud particular ni pertenece a una parte del alma; es el orden o armonía general del alma cuando cada una de sus partes realiza adecuadamente la función que le corresponde. Para Aristóteles, la justicia no es una virtud particular, sino general: la virtud integral del hombre que posee todas las virtudes. El hombre justo es ponderado y prudente y sabe elegir y poner en práctica el término medio en cada situación.

Es la virtud que define al buen ciudadano: ser buen ciudadano consiste en ser justo. Aristóteles también habla de la virtud particular. Esta regula relaciones interpersonales e impone un trato equitativo (a cada uno se le da lo que le corresponde). Este trato puede revestir dos formas:

  • Justicia aritmética: a los implicados se les da lo mismo; rige los intercambios.
  • Justicia geométrica: a los implicados se les da en proporción a sus méritos; rige la distribución social de honores y premios.

Época medieval

Dios

Santo Tomás acepta varias teorías aristotélicas, pero distingue entre Dios y criaturas. Dios es creador de todo y es necesario (no puede no existir). Las criaturas son contingentes (pueden existir o no). En los seres contingentes se diferencia entre esencia (potencia en acto, posibilidad) y existencia (acto de ser), ya que la esencia no implica existencia. Pero en Dios, al ser necesario, la esencia implica existencia.

Santo Tomás establece una organización jerárquica de los seres, basada en grados de perfección según la potencialidad de sus esencias y su semejanza con Dios. Los seres son más o menos perfectos de acuerdo con su mayor o menor semejanza con Dios. Dios es el único que tiene esencia y existencia: es necesario, puro, inmutable y perfecto; su actividad es pensante.

Santo Tomás defiende el creacionismo al decir que Dios conoce el mundo al pensarlo. Comprende que la existencia de Dios es problemática racionalmente y una de las tareas de la razón es demostrar la existencia de Dios. Critica el argumento ontológico de San Anselmo y defiende que la existencia de Dios no es evidente. Una proposición evidente puede ser: en sí misma y para nosotros es evidente y la comprendemos; mientras que algo evidente en sí mismo pero no para nosotros no lo comprendemos.

Que Dios existe es evidente en sí mismo, ya que es necesario, pero no es evidente para nosotros, porque nuestra razón no lo comprende. Para demostrar la existencia de Dios, si conocemos la causa inferimos el efecto (procedimiento a priori) y, al darse el efecto, demostramos la causa (procedimiento a posteriori).

Santo Tomás usó la demostración a posteriori, ya que conocemos el efecto (la creación) y buscamos la causa (Dios). Creó cinco vías para demostrar la existencia de Dios:

  1. Movimiento de seres: Dios, primer motor inmóvil.
  2. Existencia de causas causadas: Dios, primera causa.
  3. Dios es necesario para la existencia de seres contingentes.
  4. Los seres tienen distintos grados de perfección: Dios es perfecto.
  5. Orden y finalidad en la naturaleza: el comportamiento ordenado de los seres indica una inteligencia ordenada (Dios).

Dios es motor inmóvil, causa primera, creador, necesario y perfecto.

Antropología

El entendimiento y la capacidad racional constituyen la facultad más propia del alma humana; son su esencia y principio de vida. El hombre es unión sustancial del cuerpo (material) y del alma (inmortal). Según Santo Tomás, el alma tiene tres facultades:

  • Vegetativa: posibilita la alimentación y el desarrollo.
  • Sensitiva: posibilita sensaciones, sentidos y deseos; es propia de los animales.
  • Racional: posibilita el pensamiento; es propia de los humanos.

Conocimiento (San Agustín)

El ser humano anhela alcanzar la felicidad, el goce y el bien supremo, que San Agustín identifica con Dios. El disfrute de la felicidad requiere conocer la verdad, que puede buscarse por dos complementos: la razón (filosofía) y la fe (religión). Razón y fe no son incompatibles; han de colaborar. La fe dirige nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad y la razón nos ayuda a entender la fe. Nuestra búsqueda de la verdad se ve impulsada por el amor, pero no uno egoísta: un amor espiritual y ordenado (caridad) que busca elevarse hasta la verdad única, eterna e inmutable.

La teoría de San Agustín sobre el conocimiento procede de lo exterior a lo interior y de lo interior a lo superior. San Agustín compara el ascenso de grados del conocimiento con la capacidad visual del alma, que se va desplegando mediante sucesivas “miradas al alma” que atraen cosas hacia su interior mediante imágenes escalonadas. Para alcanzar la verdad es necesario conocer, pues así se puede alcanzar “lo que es”.

San Agustín distingue cuatro miradas del alma:

  • Primera mirada: se identifica con la imagen sensitiva propia del conocimiento sensible. Los sentidos forman una sensación de lo que perciben; esta sensación afirma la visión interior de los objetos, comparándolos con ideas previas. Cuando percibimos por los sentidos, no es un conocimiento verdadero sino una apariencia.
  • Segunda mirada: se identifica con las imágenes de la memoria, que compara y relaciona sensaciones con las pasadas que recuerda. En su antropología, la memoria es potencia esencial del alma porque nos hace conscientes de nosotros mismos y nos descubre como criaturas imperfectas. El pasado se actualiza, el presente continúa y el futuro se prefigura como iniciativa.
  • Tercera mirada: se identifica con la imagen del entendimiento; se elabora con ideas de las cosas. Al conocer ideas, se domina la razón interior, aunque esto no calma por completo la aspiración hacia la verdad absoluta.
  • Cuarta mirada: se identifica con la imagen de la sabiduría o razón superior; se refiere al conocimiento contemplativo. El conocimiento de verdades eternas calma el ansia de verdad y felicidad; exige meditación y contemplación.

Las cuatro miradas del alma culminan con la iluminación o potencia estructural del alma. La iluminación actúa en el interior del hombre, donde radica la posibilidad de alcanzar la sabiduría. Tras estas miradas se descubre al Dios escondido en el interior del ser humano.

Política (Santo Tomás)

Para Santo Tomás, la facultad racional solo puede desarrollarse en sociedad, ya que el ser humano es social por naturaleza. Los preceptos de la ley natural son muy generales y mediante la ley positiva se pueden concretar. Las leyes positivas son convencionales y deben ser prolongación de la ley natural. La búsqueda de justicia es punto de unión entre moral y derecho. Las mejores formas de gobierno son la monarquía, la aristocracia y la democracia.

Ética (San Agustín)

San Agustín, dentro del problema de la ética moral, expone como tema principal el libre albedrío, concepto que puede generar debate y controversia. Afirmará que el ser humano, de acuerdo con Dios, tendrá la elección de decidir su camino en la vida; por tanto defenderá el libre albedrío.

Por un lado, podremos actuar siguiendo a Dios y sin pecar, lo que puede denominarse una vida contemplativa y religiosa; por otro lado, podremos actuar sin tener en cuenta el camino de Dios, lo que significa pecar. A pesar de esto, San Agustín afirma que lo importante es la intención: actuar bien y de acuerdo con Dios evita el pecado. Además, cualquiera que sea el camino elegido, la gracia de Dios siempre estará presente en nosotros.

La conclusión de San Agustín en el dilema moral es que tenemos la potestad y la libertad concedida por Dios para actuar como queramos; sin embargo, mucha gente aprovecha dicha libertad para actuar fuera de los límites permitidos por Dios y pecar, es decir, abusa del libre albedrío y no ejerce la voluntad divina.

Época moderna

Dios (Descartes)

Para René Descartes, a partir del cogito (la mente) como verdad indudable, se puede construir una metafísica cierta. El cogito piensa ideas que pueden dividirse hipotéticamente en tres tipos:

  • Adventicias: ideas que parecen provenir del exterior.
  • Ficticias: ideas que la mente construye a partir de otras ideas.
  • Innatas: ideas que la razón tiene en sí misma y que no son ficticias ni adventicias.

Entre estas ideas innatas se encuentra la idea de infinito, que Descartes identifica con la idea de Dios. La idea de Dios procede de las ideas innatas. Descartes aplicará el principio de causalidad para demostrar la existencia de Dios: las ideas de infinito no pueden tener por causa una idea (ser) finito, pues debe haber una proporción entre causa y efecto. La idea de causa infinita ha sido puesta en la mente por un ser infinito, y como consecuencia afirmará la existencia de Dios o del infinito.

Además, Descartes defenderá una variante del argumento de San Anselmo, según la cual, en el propio concepto de Dios está la perfección, lo que exige su existencia, porque si no existiría imperfecto. Sostendrá que Dios debe existir por la necesidad de una primera causa para el cogito (mente o pensamiento) que sea a su vez incausada. El Dios afirmado por Descartes es la causa o sustancia infinita; por tanto, es infinito, omnisciente, eterno, inmutable, perfecto y bueno.

Para Descartes no hace falta demostrar la existencia de Dios puesto que existe por sí mismo (es perfecto). Dios garantiza que a mis ideas del mundo exterior les corresponde una realidad extramental, porque Dios es bueno y no me engaña. Por tanto, ya no podemos dudar de la realidad extramental. Esta sustancia extensa es conocida como si fuese una máquina (mecanicismo).

Para Descartes existen tres sustancias: Cogito (sustancia pensante), Dios (sustancia infinita) y Realidad (sustancia extensa). Descartes define sustancia como todo aquello que existe independientemente de cualquier otro ser. Solo Dios sería sustancia en sentido pleno porque no necesita de ninguna otra causa ajena. La sustancia extensa y la pensante son sustancias independientes entre sí.

Antropología (Descartes)

Descartes afirmará un dualismo según el cual el alma (sustancia pensante o cogito) y el cuerpo (sustancia extensa) mantienen una relación estrecha siendo dos sustancias distintas. La relación de estas dos sustancias se dará, según él, a través de la glándula pineal, haciendo posible que el alma influya en el cuerpo mediante dicha conexión.

El ser humano es propiamente una sustancia pensante (cogito), independiente de la sustancia extensa (el cuerpo físico). El cuerpo, como toda realidad física, actúa como máquina (según el mecanicismo) y no puede comportarse de forma totalmente libre. El alma, por su parte, es inmortal y actúa con libertad; debe gobernar al cuerpo, a esa misma máquina.

Conocimiento (Kant)

La doctrina kantiana del conocimiento se basa en la distinción fundamental entre dos facultades o fuentes del conocer: la sensibilidad (empirismo), que es pasiva y recibe impresiones procedentes del exterior —intuitiones—; y el entendimiento (racionalismo), que es activo y produce conceptos e ideas sin derivarlos de la experiencia (por ejemplo: sustancia, causa, necesidad, existencia). Kant sostiene que el entendimiento posee conceptos que no provienen de la experiencia, aunque solo tengan aplicación válida dentro de ésta.

En la Crítica de la razón pura, Kant se muestra interesado por la posibilidad de la metafísica como ciencia. Entiende que no es posible una metafísica científica respecto de Dios, la libertad y la inmortalidad del alma, porque no existe un conocimiento demostrable en esos ámbitos como en las ciencias. Las condiciones del conocimiento científico son:

  • Las empíricas: particulares y susceptibles de alteración.
  • Las a priori: universales, necesarias y anteriores a la experiencia.

Kant clasifica los juicios en analíticos y sintéticos, y distingue entre juicios a priori y a posteriori. Para Kant, los juicios científicos son los juicios sintéticos a priori, que amplían el conocimiento pero cuya verdad no depende de la experiencia, por lo que son universales y necesarios. Estudia entonces las condiciones transcendentales de la razón que posibilitan dichos juicios y analiza las tres facultades de la razón: sensibilidad, entendimiento y razón.

En la estética trascendental se estudian las condiciones sensibles del conocimiento: el espacio y el tiempo son formas a priori de la sensibilidad. De la sensibilidad Kant distingue la sensibilidad externa (sometida a las formas espacio-temporales, donde colores, sonidos, etc., se perciben en espacio y tiempo) y la sensibilidad interna (sometida solo a la forma del tiempo, donde se suceden vivencias, imaginaciones y recuerdos).

La analítica trascendental estudia el entendimiento: la sensibilidad nos sitúa frente a la multiplicidad de fenómenos; percibirlos implica comprenderlos.

Conocimiento (continuación)

Comprender es la función propia del entendimiento y se realiza mediante conceptos. Comprender los fenómenos es poder referirlos a un concepto: “esto es una casa”, “esto es un árbol”, etc. Cuando no podemos hacer esto, nuestra comprensión queda bloqueada.

Es necesario distinguir entre dos tipos de conceptos totalmente distintos: los empíricos (derivados de los sentidos, a posteriori) y los puros o categorías (necesarios). Por esto Kant distingue entre fenómeno y númeno. El fenómeno es lo que percibimos y comprendemos aplicando las intuiciones puras y las categorías; el númeno es la cosa en sí, de la que no tenemos experiencia y que no puede ser conocida, solo pensada por la razón.

Finalmente, en la dialéctica trascendental se estudia la razón como capacidad de unificar los juicios del entendimiento formando teorías cada vez más generales y se plantea si la metafísica es posible como ciencia. Surge así la metafísica que busca estudiar realidades del ámbito nouménico, más allá de la experiencia: Dios, alma y mundo como totalidad.

Ética (Hume)

David Hume fue el máximo representante del empirismo en la época moderna y realizó una crítica a toda la ética anterior. Hume rechaza que la razón sea la fuente de los juicios morales por diversos motivos. En primer lugar, los juicios morales no son relaciones entre ideas, pues no son analíticos. En segundo lugar, no son cuestiones de hecho, porque los juicios morales, además de describir una realidad, la juzgan como buena o mala, produciendo un juicio de valor que no puede ser percibido empíricamente. En tercer lugar, los juicios morales solo describen nuestras acciones pero no motivan por sí solos a realizarlas.

Debido a ello, Hume acepta el emotivismo moral: la moral se fundamenta en el sentimiento moral de cada individuo, un gusto interior que nos inclina a realizar o no ciertas acciones. Este sentimiento moral está condicionado por dos conceptos:

  • La utilidad: el placer que conseguimos o no al realizar una acción; cuanto mayor sea el placer, más tenderemos a calificar la acción como buena.
  • La simpatía: lo que nos lleva a actuar según los sentimientos de otras personas, pensando en el bien externo de esa persona.

Hume afirma que la persona simpática posee el conocimiento moral y participa en la ética de las demás personas, es decir, en sus sentimientos. Hume afirma que la persona simpática posee el conocimiento y participa en la ética de las demás personas, es decir, en sus sentimientos.

Política (Rousseau)

Para Jean-Jacques Rousseau lo principal es organizar un nuevo tipo de sociedad democrática e igualitaria para que el ser humano recupere sus sentimientos naturales, su libertad y la igualdad original. Tres son los pasos argumentales que recorre Rousseau para justificar el Estado democrático:

  1. La situación en el «estado de naturaleza»: originariamente los seres humanos eran iguales y libres, básicamente buenos. Sin embargo, continuar en esta situación resulta imposible debido a la necesidad de asegurar la supervivencia. Por ello los seres humanos entran en sociedad, a pesar de su natural insociabilidad, iniciándose así la vida en sociedad y, con ella, los males, porque en este tipo de sociedad reina la desigualdad, fuente de conflictos.
  2. El contrato social: para recuperar, en la medida de lo posible, la libertad e igualdad original, Rousseau plantea la necesidad de un contrato social entre los individuos. Se trata de constituir una organización social y política en la que «uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes». Esto se logra con «la enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad». Al darse cada uno entero, la condición es igual para todos y, siendo igual, ninguno tiene interés en hacerla onerosa para los demás.
  3. El contrato requiere el consentimiento unánime de los contratantes, quienes se entregan a la «voluntad general» que emana del pueblo y que es soberana en todo lo que decida. De este modo surge el orden social legítimo y el derecho, pues la fuerza no constituye derecho alguno: ningún hombre tiene autoridad natural sobre sus semejantes. El convenio no puede consistir en una renuncia definitiva del poder político; el poder de decisión debe permanecer en los contratantes, no en uno solo, sino en todos, en el pueblo, que es el único soberano legítimo.

Obedeciendo a la «voluntad general» del pueblo no hacemos sino obedecernos a nosotros mismos y por ello somos libres. La «voluntad general» establece lo que resulta beneficioso para la comunidad y no lo que interesa a un grupo o a la mayoría particular («voluntad de todos»). La voluntad general se identifica con el interés común y la utilidad pública y no con el interés particular; no depende del número de votos sino de que logre la unión social y resulte conveniente para el cuerpo social.

La voluntad general no puede ser representada; debe ostentarla siempre el pueblo sin que pueda ser delegada. Además, los ciudadanos son, por un lado, soberanos (pues deciden las leyes) y, por otro, súbditos (pues han de obedecerlas). El fin primordial de la voluntad general es la conservación del cuerpo social.

El soberano es siempre el pueblo, que ostentará el poder legislativo y no admite representación (democracia directa); al poder ejecutivo se le debe subordinar. El poder ejecutivo puede ser entregado a un príncipe (monarquía), a un grupo de notables (aristocracia, posibilidad preferida por Rousseau) o a todos (democracia). En última instancia quien ostenta el poder es el pueblo y «toda ley no ratificada por el pueblo en persona es nula; no es una ley».

Rousseau distingue entre lo que conviene al Estado (la voluntad general) y lo que conviene a tal hombre o a tal partido. Cuanto más se acerquen las decisiones del pueblo a la unanimidad, más seguros podremos estar de que lo establecido concuerda con la voluntad general. La voluntad general no puede ser representada y debe ostentarla siempre el pueblo.

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