El problema del conocimiento y de la realidad: Descartes
La revolución científica moderna acabó con la visión aristotélico-tomista basada en las cuatro causas (material, formal, eficiente y final) y la sustituyó por una concepción de la naturaleza basada en leyes matemáticas. Esto planteó el problema del fundamento del conocimiento, por lo que los racionalistas, como René Descartes, buscaron un fundamento seguro para el conocimiento a través de la razón y un método riguroso que garantizara la verdad científica.
Obras y marco metodológico
Descartes expone su filosofía en Discurso del método (1637) y en las Meditaciones metafísicas (1641), aplicando su método a la metafísica, considerada la raíz del árbol de las ciencias. Para encontrar la primera verdad indudable utiliza la duda metódica, que cuestiona todo conocimiento.
Duda metódica: cuatro niveles
Los niveles de la duda cartesiana son:
- Desconfianza de los sentidos, por su falibilidad.
- Confusión entre sueño y vigilia, que pone en duda la realidad del mundo.
- La hipótesis de un dios engañador, que podría hacernos errar sobre la realidad.
- La hipótesis del genio maligno o espíritu maligno, que podría engañarnos siempre, incluso en las certezas matemáticas.
El cogito: primera certeza
A pesar de la duda radical surge una verdad indudable: si dudamos, pensamos; y si pensamos, existimos. Este principio es el cogito, resumido en la frase «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum), la primera certeza de la metafísica cartesiana. El yo es así la primera realidad evidente: una sustancia pensante (res cogitans).
Reglas del método
Para garantizar un conocimiento seguro, Descartes propone cuatro reglas del método:
- Regla de la evidencia: aceptar solo ideas claras y distintas, obtenidas por intuición o por deducción.
- Regla del análisis: descomponer lo complejo en partes simples.
- Regla de la síntesis: reconstruir lo complejo a partir de los elementos simples.
- Regla de las enumeraciones exhaustivas: revisar todos los pasos para evitar errores.
Sustancias y garantía de la verdad
Después de establecer la realidad del yo, Descartes considera necesario demostrar la existencia de Dios, pues la existencia de un ser perfecto garantiza la veracidad del mundo exterior y de las certezas matemáticas: un Dios bondadoso no engaña. Según Descartes, Dios es la sustancia que no necesita de nada para existir; es la única sustancia infinita. Las criaturas son sustancias finitas: la sustancia pensante y la sustancia material. La primera tiene como atributo el pensamiento y sus modos son las almas; la segunda tiene como atributo la extensión y sus modos son los cuerpos físicos, la figura y el movimiento.
En resumen, Descartes distingue tres sustancias: Dios (infinita), el yo o el alma (pensante) y los cuerpos (extensos), y propone un método basado en la intuición, la deducción y reglas claras que permiten un conocimiento seguro y verdadero sobre la realidad.
El problema de Dios en Descartes
Para demostrar la existencia de Dios, Descartes analiza la sustancia pensante y observa que en ella hay ideas, voluntad y juicios que pueden dar lugar al error. Las ideas se clasifican en tres tipos:
- Adventicias: provenientes de objetos exteriores (casa, perro, etc.).
- Facticias: creadas por la imaginación (centauro, quimera, etc.).
- Innatas: connaturales al sujeto, como la idea del yo o la idea del infinito.
La idea de Dios es innata y Descartes propone tres demostraciones de su existencia:
- Argumento de causalidad: la idea de un ser infinitamente perfecto no puede haber sido causada por el yo, que es finito e imperfecto; por tanto, debe provenir de un ser realmente infinito, que es Dios.
- Variante del argumento ontológico (de Anselmo): un ser infinitamente perfecto incluye la perfección de la existencia necesaria, por lo que Dios existe.
- Vía de la contingencia: el yo es finito y contingente, por lo que no puede explicarse por sí mismo todas sus perfecciones (incluida la existencia necesaria). Debe existir un ser necesario que lo creó y lo mantiene: Dios.
La existencia de Dios garantiza la existencia del mundo exterior y la validez del conocimiento científico, ya que un ser infinitamente perfecto no nos engaña. Esto permite que la ciencia moderna avance con seguridad siempre que se sigan las reglas del método.
El mundo físico y el mecanicismo
El mundo físico se concibe como una máquina, según un modelo mecanicista: todo se reduce a materia extensa y movimiento, que ocurre por contacto o choque entre cuerpos, ya que Descartes no admite el vacío. La causa última de todo movimiento es Dios, que imprime el impulso inicial que pone en marcha el universo, generando torbellinos de materia que explican los fenómenos naturales.
En resumen, Descartes defiende la existencia de un Dios necesario que garantiza el yo, el mundo exterior y la validez de la ciencia, mientras que la naturaleza funciona de manera mecánica a partir de materia y movimiento bajo un orden creado y sostenido por Dios.
El problema del ser humano: Descartes
Partiendo de su física mecanicista, Descartes concibe los organismos como autómatas muy complejos, por lo que niega que los animales tengan alma vegetativa o sensitiva: para él, los animales son máquinas creadas por Dios. Su antropología es dualista, ya que distingue en el ser humano dos sustancias: el alma, inmortal y pensante, simple e indivisible, y el cuerpo, una máquina compleja caracterizada por su extensión.
El alma es distinta del cuerpo y más fácil de conocer que este. La inmortalidad del alma se basa en que el cuerpo, al ser una combinación de partes, se descompone tras la muerte, mientras que el alma sigue siendo la misma sustancia única aunque cambien sus modos (sensaciones, deseos, emociones).
El dualismo plantea el problema de la comunicación entre alma y cuerpo, que Descartes sitúa en la glándula pineal. A través de ella, los espíritus animales (corpúsculos materiales minúsculos) comunican el cerebro con los músculos, permitiendo la interacción entre ambas sustancias.
Las pasiones del alma
Basándose en esta separación, Descartes desarrolla su teoría de las pasiones del alma, entendidas como las emociones causadas por percepciones del mundo exterior y por movimientos del cuerpo, sin intervención directa de la voluntad. Identifica seis pasiones primitivas:
- Admiración.
- Amor.
- Odio.
- Deseo.
- Alegría.
- Tristeza.
Estas pasiones se combinan para formar emociones más complejas. El ser humano puede controlar sus pasiones modificando las condiciones físicas que las producen. Esto es posible gracias al libre albedrío, que le asemeja a Dios, y a la razón, que permite clarificar ideas y elegir correctamente. Una persona que aplique un método de razonamiento adecuado y siga reglas claras puede dirigir mejor su espíritu, dominar sus pasiones y ejercer su libertad racional, alcanzando así un mayor control sobre sí misma y su cuerpo.
El problema de la ética y de la moral: Descartes
Para Descartes, la moral es el grado más alto de la sabiduría y tiene como objetivo que el ser humano actúe correctamente y alcance la felicidad. Antes de iniciar la investigación filosófica propone una moral provisional que guíe la conducta mientras se busca la verdad. Esta consta de tres máximas:
- Adaptarse a las costumbres y a las leyes del país.
- Ser firme y actuar con resolución en las decisiones propias.
- No intentar alterar el orden del mundo ni desear lo imposible.
Una vez demostrada la existencia del alma y de Dios, la moral provisional se sustituye por la moral del buen juicio, basada en la libertad y la razón del sujeto, cualidades que lo asemejan a Dios y lo diferencian de los animales. La razón permite al ser humano controlar las pasiones y dirigir la voluntad hacia el bien.
El control racional de las pasiones se consigue aclarando las ideas para elegir correctamente. Cuanto más fuerte es el alma, más libre es la persona, porque domina sus impulsos y encauza las pasiones hacia el bien mediante la razón. La auténtica libertad no consiste en dejarse llevar por pasiones oscuras, sino en actuar con voluntad guiada por ideas claras y distintas.
La ética cartesiana sostiene que quien conoce la verdad actúa correctamente; el mal surge de las pasiones, cuyas ideas confusas enturbian la mente. La expresión más perfecta del autodominio es la generosidad, que permite dominar pasiones como el orgullo o el egoísmo y renunciar a bienes externos que limitan la libertad, logrando la máxima felicidad.
La glándula pineal conecta el alma con el cuerpo, permitiendo que el alma reciba influencias del cuerpo y también que ejerza control sobre él. Para vivir éticamente es necesario habituarse a que el alma mande sobre el cuerpo, transmitiendo órdenes que regulen las emociones y conduzcan a la virtud.
El problema de la política y de la sociedad: Hume
David Hume no está de acuerdo con el individualismo de Hobbes y Locke ni con sus doctrinas del contrato social. Se basa en un escepticismo moderado, derivado de su teoría del conocimiento. Sus ideas políticas son críticas y realistas, como se aprecia en su estudio de la historia y las leyes. Aunque algunas opiniones suyas hoy resultan rechazables —por ejemplo, sobre razas, mujeres o pobres—, su pensamiento sigue siendo influyente.
Para Hume, vivir en sociedad es más útil que vivir solo. El gobierno, junto con leyes e instituciones, ayuda a que las personas estén más seguras y no antepongan sus intereses personales al bien común. La justicia es clave para la convivencia porque permite organizar la sociedad y superar problemas como la escasez de recursos.
Hume sostiene que la justicia es una convención útil, basada en los intereses de las personas; por eso rechaza la idea de una ley natural universal. Los seres humanos aceptan las reglas de justicia porque les convienen, aunque a veces choquen con intereses individuales. El gobierno existe para garantizar que la sociedad funcione y proteger a los ciudadanos, sin limitar su libertad más de lo necesario.
El Estado no surge para Hume por derecho divino ni únicamente por contrato, sino por la violencia y la historia. La convivencia es lo que predomina, y solo en casos excepcionales está justificada la resistencia a la autoridad, siempre que sea para el bien de todos y por la utilidad pública.
En resumen, Hume defiende una sociedad con leyes, instituciones y gobierno, donde la justicia y la utilidad permiten vivir juntos en paz, y la autoridad sirve para que todos puedan actuar según sus intereses sin dañar a los demás.
