Capítulo IV: “Date la buena vida”
Llegamos a la conclusión de un “haz lo que quieras”, que implica dejar atrás órdenes, costumbres, premios y castigos solo para expresar nuestra propia libertad. Todo ahora nacerá desde mi voluntad y nuestra conciencia para decidir y emplear nuestro poder. Si analizas detenidamente aquellas líneas, verás que existen trampas de por medio, pues nuestro actuar no está del todo desprendido de condicionamientos. Es un asunto complicado: al parecer, no es solo pasar el tiempo, sino vivirlo de buena manera, siendo el responsable del camino a elegir.
La espontaneidad resulta ser el mejor enemigo de nuestra elección; podemos intuir hacer algo porque parece lo más lógico, quizás fue lo primero que vino a la cabeza —por ejemplo, el menú de nuestra cena respeta nuestros gustos culinarios—, pero la vida no es solo un plato de comida, requiere esencialmente determinación. La vida está hecha de tiempo y la posibilidad de crear una trascendencia es ahora. No puedo tomarla y vivirla en un solo día; no existe una relación tan corta y significante al mismo tiempo. Ella está hecha de relaciones con los demás, como vimos en el capítulo anterior.
Es muy lógico que esperes algo más fácil, pero puede serlo: “date la buena vida”, vive, es la invitación. Materialmente tenerlo todo nos envuelve en un mundo absurdo; no seríamos queridos por objetos inertes. Nacemos como humanos, pero sin relación entre sí no somos nada; requerimos de algún tipo de comunicación. El fenómeno por el cual gira nuestra vida se llama lenguaje: el sistema de signos y símbolos nos permite entendernos. Así como el lenguaje nos permite comprendernos, la humanización es lo mismo: es un proceso recíproco. Para que los demás puedan hacerse humanos, debo yo hacerlos a ellos mismos; “date la buena vida” es, en esencia, “da una buena vida”.
Capítulo V: ¡Despierta, Baby!
En este capítulo, el autor nos invita a reflexionar sobre lo que llamaremos “darnos la buena vida”. Para demostrar esto, nos ejemplifica los casos de Esaú y Kane:
- Esaú: La vida no se limita a un “plato de lentejas”. El autor nos habla del término de la buena vida desde una perspectiva de conjunto. El temor a la muerte nos puede llevar a dedicarnos a cosas simples, ya que la muerte es simple. Al contrario de la vida, que con todas sus complicaciones, nos hace notar que estamos vivos.
- Kane: Vemos la otra cara de la moneda. No se puede desear todo si el costo de ello es pasar a llevar a quien sea. En algún momento necesitaremos lo humano, eso que lo material no es capaz de entregarnos: afecto, comprensión y, por sobre todo, amor.
Si poseo riquezas, pero no logro relacionarme con los demás, no sirve; no se cumple el objetivo de la “buena vida”. En algún momento lo material carecerá de significado. El autor menciona: “lo que posees, termina poseyéndote también”, y te deja incluso sin manos para atenderte a ti mismo, como se menciona en el ejemplo del aprendiz budista.
El otro tema que toca el capítulo es la importancia de aprender a tratar a los humanos como humanos. Hacer la diferencia: las personas no son, ni deben ser tratadas como objetos. Al tratar a una persona como una “cosa”, nunca obtendrás lo verdadero que entrega el humano y solo lograrás que el resto te trate a ti de la misma manera. Como se habló en capítulos anteriores, es fundamental la relación entre pares y el concepto de humanización: necesitamos del otro.
La ética trata de averiguar cómo llevar esta buena vida. Debemos ganarnos las cosas y tener respeto por el otro.
Capítulo VI: Aparece Pepito Grillo
Tomemos conciencia de dos conceptos: imbécil y egoísta, y las consecuencias que estos nos pueden traer.
El concepto de imbecilidad
La palabra imbécil deriva de bastón, por lo tanto, se asocia a una persona coja, pero no de los pies, sino de ánimo; los tilda de un espíritu “debilucho” desde el punto de vista moral. El autor menciona distintos tipos de imbéciles a los cuales debemos diferenciar:
- Aquel que no quiere nada y todo le da igual.
- El que cree que lo quiere todo.
- El que no sabe lo que quiere y tampoco se molesta en averiguarlo.
- Aquel que tiene claro lo que quiere, pero no tiene las intenciones de hacerlo hoy.
- Aquel que desea las cosas con tanta fuerza y veracidad, pero por conseguirlas se engaña y confunde la buena vida con lo que lo destroza.
Son personas débiles ya que necesitan apoyarse en cosas ajenas; acaban mal, se fastidian a sí mismos por sus actitudes y no consiguen llegar a la buena vida. Todos, en algún punto de nuestra vida, poseemos alguno de los síntomas de la imbecilidad. Para evitar esto debemos aprender, dado que lo contrario a ser imbécil es poseer conciencia, y con esta no se nace; debemos aprender a desarrollar nuestro “oído ético” y “buen gusto moral” a lo largo de nuestra práctica, que es la vida.
Para curarnos de esta imbecilidad, el autor afirma que debemos tener conciencia de que no todo da igual, fijarnos en si lo que hacemos es lo que realmente queremos y, por sobre todo, renunciar a las excusas para despacharnos de nuestra libertad, haciéndonos responsables de esta y de sus consecuencias para nosotros y para el resto.
El peligro del egoísmo
Por otro lado, el autor expone el tema del egoísmo: el pensar solo en nosotros mismos nos puede llevar a perdernos, incluso a nosotros mismos, al intentar obtener las cosas a cualquier costa por nuestro propio bienestar.
