La Naturaleza Política del Ser Humano: Aristóteles y la Ética de la Polis

TEXTOS SELECTIVIDAD

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicárselas unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

(Aristóteles, Política. Libro I. Capítulo 2, 1252b 80-1253a 12)

1. Identificación y explicación de las ideas y el problema filosófico

Este texto trata una de las cuestiones fundamentales del pensamiento de Aristóteles: por qué el ser humano es social y político por naturaleza y en qué sentido la vida en comunidad no es algo artificial, sino el resultado de su propia naturaleza (phýsis). La cuestión filosófica fundamental es en qué se basa la sociabilidad humana y por qué la polis es natural al hombre, frente a otras formas de agrupación animal.

La idea principal es que el ser humano es un ser social en un sentido más estricto que cualquier animal gregario porque posee logos, es decir, palabra racional que le permite diferenciar y comunicar lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Esta capacidad es la base de la comunidad humana y explica por qué la ciudad no es solo un lugar para vivir, sino una forma de vida moral compartida.

Aristóteles comienza su razonamiento planteando que la naturaleza no hace nada en vano. Este principio teleológico es fundamental en su filosofía, en la que todo ser natural tiene un fin (télos) y unas capacidades dirigidas a realizarlo. De ahí que la sociabilidad humana no sea accidental, sino que responda a la finalidad propia del ser humano. Esto se relaciona con su idea del hombre como zoon politikon, es decir, un animal social que solo puede realizar plenamente su naturaleza viviendo en comunidad.

A continuación, Aristóteles introduce una diferenciación fundamental entre voz (phoné) y palabra (logos). La voz, común a otros animales, sirve para expresar placer y dolor, algo relacionado con el nivel sensible del alma. Sin embargo, la razón (logos) es exclusiva del ser humano, permitiéndole manifestar lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto. Esto se relaciona con su antropología, en la que el hombre posee alma racional, capaz de conocimiento intelectual y deliberación práctica, situándose en un nivel superior dentro del orden natural.

Gracias a esa razón, el ser humano no solo siente, sino que valora, juzga y delibera, siendo capaz de reconocer normas, establecer leyes y dirigir su conducta hacia el bien. De esta manera, la vida en comunidad no se reduce a una simple supervivencia, como ocurre en los animales gregarios, sino que se convierte en una comunidad ética. Aquí aparece la idea de que la casa y la ciudad surgen de la participación compartida de valores morales, no siendo la fuerza ni el interés en lo que se basa la polis, sino en el reconocimiento común de lo justo.

Este planteamiento se comprende mejor si se relaciona con la ética aristotélica. El fin último del ser humano es la eudaimonía, la vida buena y feliz, que consiste en la actividad racional mediante la práctica de la virtud. Ahora bien, esa vida virtuosa no puede desarrollarse en aislamiento, pues las virtudes éticas, como la justicia o la prudencia (phrónesis), solo se desarrollan completamente en relación con los demás. Por eso, ética y política están relacionadas, pues la política crea las condiciones para que los ciudadanos puedan vivir virtuosamente.

Además, desde el punto de vista hilemórfico, el hombre es una sustancia compuesta de cuerpo y alma, cuya forma, el alma racional, tiende a ponerse en acto mediante la puesta en práctica de la razón. La polis es, así, el entorno natural en el que esa potencia racional se actualiza completamente, por lo que vivir fuera de la ciudad supondría quedar aislado del bien común y de la justicia, considerándolo Aristóteles una forma de degradación humana.

En conclusión, la sociabilidad humana tiene una base natural, racional y moral. El hombre es social porque es racional, y es racional porque posee razón, siendo la capacidad de diferenciar valores y compartirlos. La polis surge como el resultado natural de esta condición y como el entorno necesario para alcanzar la perfección humana. Así, Aristóteles justifica que solo en la comunidad política el ser humano puede llegar a ser completamente lo que es por naturaleza.

2. Relación de las ideas del texto con la filosofía de Aristóteles

Relacionar este texto con el pensamiento de Aristóteles supone comprender que la política no es un añadido artificial, sino la culminación de nuestra propia biología. La idea principal es que el hombre es un «animal político» (zoon politikon), pero no por un simple instinto gregario como el de las abejas, sino porque posee el logos. Esta idea es el punto de partida para explicar todo su sistema en el que la naturaleza no hace nada en vano, y que si nos ha dotado de lenguaje es para que podamos vivir en una comunidad dirigida por la justicia. Este es un enfoque teleológico en el que todo en la naturaleza tiene un fin (télos), siendo el fin del ser humano alcanzar la felicidad (eudaimonía) a través de la vida en común.

Para justificar esta idea, se recurre a su concepción sobre la naturaleza (phýsis), planteando que los seres naturales poseen un principio interno de movimiento dirigido a su propio desarrollo. Por ello, utilizando su teoría del movimiento como paso de la potencia al acto, podemos decir que el individuo y la familia son la potencia de la socialización, mientras que la ciudad es el acto, es decir, la realización completa de esa tendencia. Además, esto se basa en su teoría hilemórfica en la que el ser humano es una unidad sustancial de cuerpo (materia) y alma (forma). Dentro de la jerarquía de las almas, el hombre posee el alma racional, la cual le permite ir más allá del simple placer o dolor para alcanzar el sentido de lo justo a través de la razón.

Esta capacidad racional relaciona su política con su ética eudemonista, afirmando que la felicidad se logra mediante la práctica de la virtud (areté). En la «participación comunitaria» de los valores, el ser humano desarrolla sus virtudes éticas (el hábito del término medio) y dianoéticas, especialmente la prudencia (phrónesis), pues sin la ciudad, el hombre no podría reflexionar sobre lo conveniente o no, ni sobre lo justo y lo injusto, por lo que su naturaleza quedaría incompleta. Aquí es donde aparece la relación entre la ética y la política, en la que la ética busca el bien del individuo y la política el bien de la comunidad, siendo este último superior y más «divino».

Por otro lado, esta organización social refleja el orden que Aristóteles observa en el cosmos, pues todo cambio en la polis necesita de causas que lo expliquen. Si aplicamos la teoría de las cuatro causas, la causa final de la ciudad es el «vivir bien». Este deseo de perfección imita la excelencia del Motor Inmóvil, que mueve al mundo como causa final, atrayendo a todos los seres hacia su propia perfección. Así, el ser humano, al buscar la justicia en la polis, realiza la actividad más elevada de su alma racional, como es la vida contemplativa, siendo lo que más nos acerca al verdadero conocimiento.

En conclusión, este texto resume la antropología, la ética y la política aristotélica, en la que el hombre necesita la ciudad para ser completamente hombre. Aristóteles plantea que el lenguaje es la herramienta que nos permite pasar de la simple sensación biológica a la reflexión moral. Fuera de la comunidad política, el individuo no sería autosuficiente ni alcanzaría su fin (télos), sino que sería una fiera o un dios. Por tanto, vivir en la ciudad es cumplir con nuestra naturaleza humana al ser animales que, a través de la palabra, construyen un mundo justo para alcanzar su realización.

3. Comparación entre Aristóteles y Kant

El problema de la sociabilidad humana y de la base de la moral que plantea Aristóteles permite establecer un enorme contraste con la modernidad, especialmente con Kant. Mientras que para Aristóteles la vida en común es una tendencia natural integrada en nuestra naturaleza (phýsis), para el pensamiento de Kant, la sociedad y la moralidad son conquistas de una razón autónoma que obliga al ser humano a ascender por encima de sus gustos e instintos primarios.

Para comprender esta contraposición, es necesario analizar cómo entienden la relación entre naturaleza y razón. Aristóteles parte de un optimismo naturalista en el que «la naturaleza no hace nada en vano» y el hecho de tener logos nos conduce de forma natural a la polis para lograr la eudaimonía. Sin embargo, Kant rompe con esta idea al sostener que el ser humano no es social por una armonía natural, sino por un conflicto necesario: necesitamos a los demás para desarrollar nuestras capacidades racionales, aunque nuestra tendencia al egoísmo nos impulsa hacia el aislamiento. Por ello, la sociedad no surge de forma espontánea como en la ‘casa’ aristotélica, sino que es el resultado de un esfuerzo de la voluntad por establecer un orden jurídico que garantice la libertad.

Esta diferencia se vuelve aún más radical en el ámbito de la ética. La propuesta de Aristóteles es una ética material y teleológica, lo que significa que el bien se identifica con un fin concreto (la felicidad) y que la virtud consiste en encontrar el «justo medio» a través de la prudencia (phrónesis). Por el contrario, Kant rechaza las éticas de la felicidad por considerarlas «heterónomas», es decir, dependientes de deseos o factores externos. Frente a esto, Kant plantea una ética formal y deontológica basada en el imperativo categórico: «obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal».

Incluso el uso del lenguaje presenta explicaciones opuestas, pues mientras que para Aristóteles la palabra sirve para manifestar «lo conveniente» y lo útil para la vida buena, para Kant la razón no debe buscar lo que nos conviene (imperativo hipotético), sino lo que es nuestro deber (imperativo categórico), pues no actuamos moralmente para ser ciudadanos prósperos o felices, sino para cumplir con una ley que creamos nosotros mismos como seres libres, respetando la dignidad humana como un fin en sí mismo y no solo como un medio.

Finalmente, sus ideas políticas suponen una ruptura definitiva, pues para Aristóteles, el Estado tiene una función ética, el cual debe hacernos virtuosos para que pasemos de la potencia al acto. Kant, sin embargo, defiende que el Estado no debe intervenir en la felicidad privada de los ciudadanos, sino que su función es puramente jurídica, pues salir de la «minoría de edad» significa que el individuo ya no necesita que la comunidad o la naturaleza le planteen qué es el bien, sino que sea capaz de establecer sus propias leyes.

En conclusión, aunque ambos coinciden en que la razón es la característica que nos diferencia de los animales, sus sistemas son opuestos, pues Aristóteles ve al hombre como un ser que se realiza dentro de un orden natural dado, mientras que Kant lo ve como el responsable de su propia moralidad. Para el primero, la ciudad es nuestro destino natural; mientras que para el segundo, es nuestro compromiso racional y libre.

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