Los fundamentos del Estado
Rasgos básicos del Estado moderno
El Estado moderno es la institución social que tiene la autoridad necesaria para garantizar los derechos y obligaciones de los miembros de una comunidad política y para definir y desarrollar políticas públicas, como asegurar el abastecimiento de agua potable, entre otras. El filósofo renacentista Nicolás Maquiavelo destacó que el poder coactivo, la amenaza de violencia, es el elemento central del Estado moderno. Su enfoque teórico se denomina “realismo político”: dado el egoísmo y la ambición de los seres humanos, es necesaria una estructura de poder, una organización jerárquica estable, que asegure el orden social y permita la supervivencia, el comercio y la prosperidad general. En su obra más conocida, El Príncipe, Maquiavelo describe la política como el arte de manejar el poder con habilidad, de modo que la principal virtud del político sería la astucia para conservar dicho poder.
Posteriormente, Max Weber define el Estado como: “una asociación de tipo institucional que trata con éxito de monopolizar la violencia legítima como instrumento de dominio en un territorio determinado”. Esto significa que el Estado necesita disponer en exclusiva del poder de coacción para hacer cumplir las leyes, haciendo uso de la fuerza física cuando sea necesario y persuadiendo a la población de que esa exclusividad es legítima. El poder político solo funciona adecuadamente, de modo estable, cuando es aceptado por la sociedad. El derecho de los gobernantes a imponer las leyes y políticas públicas que ellos estimen adecuadas debe ser reconocido por los gobernados para que pueda mantenerse el sistema político. La aceptación implica que este poder y su ejercicio están justificados. Según Weber, este reconocimiento público puede derivar de las características y cualidades personales del líder o jefe, o bien de las costumbres y la tradición, o también de la confianza en los procedimientos legales que determinan cómo puede ser instituido. En nuestros días, puesto que afirmamos que las personas son libres e iguales, esta legitimidad solo puede estar basada en el acuerdo o consentimiento de los gobernados. De ahí la justificación e importancia de la democracia.
La legitimación del poder político
Este acuerdo posible entre todos los miembros de una sociedad es la idea central que defienden las teorías del contrato social. Estas teorías parten de una situación inicial, llamada “estado de naturaleza”, que describe cuál sería la situación de las personas antes de que existiera el Estado. No es ninguna descripción histórica, sino una hipótesis que nos permite imaginar cómo sería nuestra vida en el caso de que el Estado no hubiera comenzado su existencia. A continuación, se indica que tal situación inicial es indeseable, o que es imposible de mantener a largo plazo, o ambas cosas al mismo tiempo. Y así se llega a la conclusión de que el Estado era necesario y que está justificada la obligación de obedecer sus mandatos.
El objetivo del supuesto pacto o contrato político es formar un “Estado de derecho” en que los individuos están protegidos por las leyes para no quedar en una situación donde cualquiera les puede quitar la vida, la propiedad o la libertad. Si son inteligentes, sellarán un contrato y de ese modo se comprometerán a cumplir con los deberes que imponga el Estado, siempre que los demás hagan lo mismo. Por su parte, Kant, en su obra La paz perpetua, formula los tres principios siguientes como base del sistema jurídico que corresponde a un Estado moderno:
- Principio de la libertad de cada miembro de la sociedad.
- Principio de la dependencia de todos respecto a una única legislación común.
- Principio de la igualdad de todos los súbditos.
Para preservar estos tres principios, nos dice Kant, el soberano debe tener en cuenta, al promulgar las leyes, la siguiente fórmula: “Lo que no puede decidir el pueblo sobre sí mismo y sus componentes tampoco puede decidirlo el soberano sobre el pueblo”. La idea del acuerdo o consentimiento constituye la base última de toda posible justificación del poder político. Estos tres criterios que Kant propone para distinguir entre un Estado legítimo y otro que no lo es pueden ser útiles en el plano internacional para distinguir entre Estados consolidados y Estados a los que se ha llamado “fallidos”, es decir, Estados que no han conseguido todavía establecer un orden social estable en su territorio. Por otra parte, no debe confundirse “fallidos” con “canallas” o “forajidos”. Estos últimos son Estados consolidados que son considerados por la comunidad internacional como una amenaza para la paz y la estabilidad de las relaciones internacionales.
La evolución del Estado moderno
La forma política que denominamos “Estado” ha pasado por diversas fases de desarrollo en los últimos tres siglos. En cada una de ellas se han ido incorporando cada vez mayores exigencias morales y políticas para la realización de los valores de libertad, igualdad y solidaridad. Estas son las principales fases de desarrollo:
- El Estado absolutista: En esta primera forma, la de la monarquía absoluta, el rey acaparaba todo el poder. De él dependían tanto las leyes como su aplicación; no existían controles ni límites para evitar posibles abusos, ni tampoco participación del pueblo en las cuestiones del gobierno.
- El Estado liberal de derecho: Serán las revoluciones liberales las que se encargarán de acabar con ese poder absolutista y de implantar la idea de que nadie, tampoco el monarca, puede estar por encima de las leyes. Esto es lo que se denomina “imperio de la ley”. Se establece un marco legal que proteja los derechos individuales (vida, libertad, propiedad, expresión, etc.). La separación de poderes, elogiada por Montesquieu, tiene por objeto asegurar la independencia y el control mutuo entre los tres poderes del Estado.
- El Estado democrático de derecho: La tradición democrática mantiene que la mejor manera de controlar el poder de los gobernantes y garantizar así la libertad es la participación en la política de los gobernados. De acuerdo con la distinción de Constant, existen dos tipos básicos de libertad: la libertad como independencia (perseguir objetivos individuales) y la libertad como participación (intervenir en la vida política). La idea moderna de legitimidad se concreta en la exigencia de una participación real de todos los afectados en la elaboración de las leyes, a través del sistema representativo.
- El Estado social y democrático de derecho: Las luchas sociales del movimiento obrero mostraron que no es suficiente con el reconocimiento formal de derechos, sino que es necesario disponer de recursos para hacer un uso real de esas libertades. La tradición socialista introduce el valor de la igualdad. El Estado asume un papel activo por dos razones:
- Justicia social: Para hacer real la igualdad de oportunidades mediante servicios sociales (educación, sanidad) y redistribución de la riqueza.
- Coordinación económica: Para asegurar la eficiencia y evitar crisis mediante políticas de pleno empleo y gasto público.
Esto no significa que el Estado tenga la obligación de satisfacer todos los deseos, pero sí de garantizar los mínimos de justicia para que todos puedan elegir un modo de vida digno. En palabras del filósofo español Aranguren, este modelo debería ser llamado “Estado de justicia”.
