Filosofía y Modernidad: De Descartes a la Ética en la Era Digital

Descartes: Mundo digital y realidad virtual

Descartes sigue estando de actualidad en varios aspectos. Tanto la idea de sujeto que duda de la realidad como la matematización de la realidad conectan a Descartes con los métodos actuales de la ciencia, así como con la ciencia ficción. Centrándonos en lo primero, vemos que la concepción mecanicista de la materia y del mundo tiene en la actualidad su correlato en la física computacional.

La física computacional usa la computación para resolver problemas físicos complejos mediante la creación de simulaciones y modelos numéricos. Combina la física teórica con técnicas computacionales para modelar fenómenos que son difíciles de estudiar experimentalmente, reemplazando el laboratorio por un ordenador para simular el comportamiento de sistemas complejos. El mundo digital, expresado con ceros y unos, es el ideal cartesiano. El ordenador es lo que Descartes calificaría de modelo perfecto de conocimiento: un marco absolutamente mecanizado en el que, a partir de unos principios, se deduce todo lo demás, sin contradicciones. La digitalización de la realidad expresa el paradigma mecanicista de comprender el mundo tomando las máquinas como modelo.

Además, hay otras ideas cartesianas que perviven. La sospecha de que la realidad sea una ilusión de los sentidos ha sido retomada por varias películas. Por ejemplo, la confusión entre sueño y vigilia se refleja en Abre los ojos de Amenábar. El director nos presenta el tormento en el que vive el protagonista, incapaz de distinguir cuándo está viviendo o soñando. El argumento del genio maligno (o cerebros en una cubeta) es actualizado en la película Matrix. Se trata de versiones tecnificadas de la sospecha sobre la realidad: personas que creen conocer el mundo a través de sus sentidos, cuando realmente solo reciben impulsos eléctricos controlados por un sistema informático.

En conclusión: una filosofía barroca como la de Descartes nos conecta con la manera en que la ciencia y la ciencia ficción abordan las relaciones entre el yo (el sujeto), el mundo y las máquinas. La manera en que la época contemporánea aborda la metafísica es profundamente neobarroca, puesto que siempre reflexiona sobre cada uno de estos polos triangulando con los otros dos.

El mal moral en Descartes respecto a Sócrates y Platón

Descartes plantea el problema ético de por qué existe el mal moral, y lo aborda desde una perspectiva basada en la racionalidad y la libertad. En sus Meditaciones metafísicas afirma que el ser humano posee una «voluntad más amplia que su entendimiento». Tenemos una razón “finita” en su capacidad para comprender y un deseo o voluntad casi infinitos. La solución para no equivocarnos sería desear aquello que ha sido filtrado previamente por la razón. Solo escogemos lo malo o lo falso cuando no nos guía la razón. El mal surge cuando utilizamos la voluntad erróneamente, al elegir algo irracionalmente o al dejarnos llevar por las emociones. Tiene que ver con el uso inapropiado del libre albedrío que Dios nos ha otorgado.

El asunto del mal ya fue tratado por Sócrates y por Platón, quienes defendieron una visión intelectualista del mal. El mal es un error intelectual, puesto que el saber y la virtud se identifican. Quien obra mal es por ignorancia; no conoce verdaderamente lo que es el bien. Platón pensaba que el conocimiento previo de la Idea de Bien es necesario para actuar correctamente.

Vemos, por tanto, que la ética racionalista tiene un componente que la aproxima al intelectualismo moral. La razón guía la conducta, de forma que, si nos mostrara claramente que una acción es buena, la voluntad la elegiría. Sin embargo, Descartes considera que las pasiones pueden nublar el conocimiento y provocar que la voluntad se incline hacia el mal. Entiende que las pasiones (alegría, tristeza, amor, odio) son emociones del alma causadas por el cuerpo. Es necesario controlarlas para evitar que crezcan excesivamente y se haga un mal uso de ellas.

Por tanto, a diferencia de lo que pensaban Sócrates y Platón, el mal no es simple ignorancia; se produce porque la voluntad no controla las pasiones iniciadas en el cuerpo, y puede darse incluso conociendo dónde está el bien. El racionalismo cuenta con más elementos de los que consideraban Sócrates o Platón a la hora de valorar qué influye en el comportamiento moral.

El trabajo en Marx frente a la acción en Arendt

La comparación entre Arendt y Marx resulta fundamental para entender el pensamiento político contemporáneo. Mientras que Marx sitúa la producción económica como motor de la historia y esencia del ser humano, Arendt propone que la acción política y la pluralidad son los verdaderos rasgos de la condición humana. Ambos comparten una mirada crítica hacia la alienación en la modernidad, pero proponen modelos políticos distintos.

La discrepancia reside en la jerarquía de las actividades humanas:

  • Marx: El hombre se realiza a través de la transformación de la naturaleza mediante el trabajo; el trabajo tiene una base antropológica, es la actividad que define nuestra especie.
  • Arendt: Critica esta visión en La condición humana, argumentando que el culto al trabajo ha convertido a la sociedad en una masa dedicada al consumo y la supervivencia biológica. Para ella, el trabajo pertenece a la esfera de la necesidad, mientras que la verdadera libertad solo aparece en la acción: la capacidad de iniciar algo nuevo mediante la palabra y el gesto en el espacio público.

Arendt advierte que el enfoque puramente económico de la política conduce al totalitarismo y a la «banalidad del mal», al despojar al individuo del juicio crítico y la ciudadanía activa en una comunidad de iguales.

En conclusión: Marx aspira a una sociedad sin Estado, donde la administración de la producción sustituya a la política, mientras que Arendt defiende que la política es un fin en sí mismo. Para ella, la libertad no es el tiempo libre tras el trabajo, sino el ejercicio compartido de la palabra en la esfera pública, protegiendo la pluralidad frente al determinismo económico marxista. Cuando la política desaparece y solo queda la gestión económica, se crean las condiciones para el totalitarismo. En lugar de abolir el Estado, Arendt propone revitalizarlo a través de modelos como el sistema de consejos (democracia directa), donde el poder nazca de la participación ciudadana y no de una burocracia centralizada.

Del ideal de «Isratin» en Arendt al abismo de Gaza

El pensamiento de Arendt siempre estuvo marcado por la sospecha hacia los estados construidos sobre la idea de nación, considerando que son intrínsecamente excluyentes y que se basan en mentiras. En el contexto de la creación de Israel, en 1948, fue una de las voces más lúcidas al advertir las consecuencias de hacerlo sobre la base del sionismo. El fracaso evidente de la solución de los dos estados y el genocidio en Gaza demuestran que tenía razón.

Arendt se opuso a la creación de un Estado-nación judío excluyente, defendiendo la opción del “Isratin”: un único estado democrático en todo el territorio histórico, secular y federal, con igualdad de derechos para todos con independencia de su religión o lengua. Advirtió que un Estado judío basado en la soberanía exclusiva sobre un territorio compartido desembocaría inevitablemente en un conflicto perpetuo y en la creación de una casta de apátridas. Arendt basaba su propuesta en la idea de que la alteridad, la condición humana que nos hace distintos los unos de los otros, está en nuestra propia naturaleza. La libertad solo existe en un espacio público que parta de esa alteridad, es decir, que sea plural y compartido; al negar ese espacio a la población palestina, el proyecto estatal se arriesgaba a convertirse en una estructura de dominación colonial y militarista. Hoy esa advertencia ha cobrado una dimensión trágica y devastadora bajo la expresión de la máxima violencia política posible: el genocidio.

En conclusión: la defensa de un estado democrático, laico y federal no era solo una solución administrativa, sino un imperativo ético. Retomar el «Isratin» hoy parece una tarea imposible, pero lo sucedido nos demuestra que la ciudadanía, y no la nación, es la única forma de construir estados en los que la diversidad humana tenga cabida. El problema no es la inexistencia de un estado palestino, en la práctica inviable, sino la existencia misma del estado de Israel como estado teocrático, sionista y genocida. A Europa corresponde, por tanto, romper cualquier tipo de relación con Israel y no reconocerlo ya como estado.

Aristóteles y el desarrollo de las virtudes en las polis actuales

Para Aristóteles, la felicidad es el esfuerzo por actualizar en la polis todas las potencialidades humanas, contando con suficientes bienes, ejercitando la racionalidad práctica y desarrollando las virtudes. Sin embargo, la virtud es difícil de alcanzar en las polis actuales. Esta idea se defiende viendo los problemas a los que se enfrentaría hoy una visión aristotélica del mundo:

  • Vida acelerada: La tecnología y las redes sociales nos roban la pausa necesaria para cultivar buenos hábitos.
  • Individualismo: Vivimos en la cultura del «yo» que prioriza los intereses personales sobre el bienestar colectivo.
  • Desconexión social: Las redes sociales mantienen relaciones superficiales, dificultando el desarrollo de virtudes que requieren interacciones profundas y contacto físico.
  • Desafección política: El desprestigio de lo político nos lleva a no querer participar en la “asamblea”, dejando de ejercer nuestra función de ciudadanos.
  • Modelo educativo: Se centra más en habilidades técnicas o notas de acceso que en el desarrollo del carácter.

Aun así, no queremos terminar nuestra disertación sin recordar el ejemplo de Pericles y la definición de ciudadano de Aristóteles. Para Pericles, el que no se ocupa de los asuntos públicos es un idiota; para Aristóteles, el que no es capaz de tener voz deliberativa —defender sus argumentos en la asamblea— no es un ciudadano. Tal vez, detrás de estas propuestas, se encuentren gran parte de las soluciones a los males de las polis modernas, tan hostiles al desarrollo de las virtudes.

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