La duda metódica
La función de la duda metódica y universal es comprobar la viabilidad del método. Para ello, Descartes somete cualquier objeto de estudio a una prueba radical que consiste en llegar a una verdad de la que no se pueda dudar bajo ninguna circunstancia. Si se alcanza un objeto indudable, el método es válido; si no, debe ser revisado. La duda cartesiana se caracteriza por ser universal, ya que afecta a todo el conocimiento; teorética, puesto que no se aplica a la vida práctica; y distinta de la duda escéptica, ya que es procedimental y temporal, pues busca una verdad, mientras que la duda escéptica no afirma ni niega la verdad. Además, es una duda exacerbada, radical y exagerada.
Fases del proceso de duda
El proceso de duda se desarrolla en varias fases:
- Duda de los razonamientos recibidos: En primer lugar, Descartes duda de todos los razonamientos en los que ha sido educado, ya que el saber tradicional escolástico, basado en la razón discursiva, se ha vuelto confuso e incierto en su época.
- Duda de los sentidos: En segundo lugar, duda de los sentidos, puesto que estos le han engañado muchas veces, como ocurrió con la creencia de que la Tierra era inmóvil y el centro del universo. Por ello, evidentemente deja de considerar los sentidos como una fuente fiable de conocimiento y duda de la realidad material del mundo.
- Duda del sueño: En tercer lugar, duda de la capacidad para distinguir entre el sueño y la vigilia, ya que solo al despertar se reconoce el sueño, pero no mientras se sueña. Esto le lleva a pensar que es posible que los pensamientos del estado de vigilia sean en realidad sueños que no reconocemos como tales.
- Duda de las matemáticas y la hipótesis del genio maligno: Finalmente, duda incluso de las matemáticas, que a lo largo de la historia han contenido errores. Esta duda se apoya en la hipótesis de la existencia de un genio maligno, astuto y engañador, que podría llevarnos a considerar evidentes cosas que no lo son. De este modo, parece posible dudar absolutamente de todo, lo que llevaría a pensar que es necesario cambiar el método.
Sin embargo, la duda se autosupera, ya que al dudar se piensa, y el acto de pensar implica la existencia de un ser pensante. Por tanto, si pienso, existo. Este es el principio indudable al que llega Descartes, expresado en la famosa fórmula “pienso, luego existo” (cogito, ergo sum).
Funciones del cogito
El cogito cumple dos funciones fundamentales:
- En primer lugar, justifica la existencia de un yo pensante diferenciado del cuerpo, ya que el cuerpo, al ser percibido por los sentidos, permanece bajo la duda metódica.
- En segundo lugar, se convierte en un principio modélico, puesto que todo aquello que se presente al espíritu con la misma claridad y distinción será tomado como verdadero, demostrando así que el método puede otorgar verdades.
La sustancia infinita
Para demostrar la existencia de Dios, Descartes propone dos vías de demostración: a priori y a posteriori. Recupera el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, aunque ampliado, y formula dos demostraciones de la existencia de Dios.
La primera se basa en la idea innata de perfección. Descartes considera que el yo pensante es imperfecto, pero, aun así, posee la idea de perfección. El hecho de sabernos imperfectos implica que conocemos la existencia de una sustancia perfecta con la que nos comparamos. Esta idea de perfección no puede proceder de seres imperfectos como nosotros, por lo que debe haber sido puesta en nuestra mente por una entidad divina. Esta idea privilegiada permite al sujeto ir más allá de sí mismo y llegar a la idea innata de Dios.
La segunda demostración sostiene que a la perfección le compete la existencia, por lo que, si Dios es perfecto, necesariamente debe existir.
Funciones de la existencia de Dios
La existencia de Dios cumple varias funciones:
- Ruptura con el solipsismo: Se acepta como evidente la existencia de un ser que está fuera de la actividad mental del sujeto.
- Eliminación del genio maligno: Al ser Dios perfecto y bondadoso, se elimina la hipótesis del genio maligno, puesto que la maldad es una privación del bien y la perfección no puede tener privaciones, lo que permite recuperar la confianza en las matemáticas.
- Garantía del conocimiento evidente: Dios se convierte en la garantía de todo conocimiento evidente, ya que, si se utiliza el método adecuadamente y se alcanza una verdad evidente, un Dios perfecto y bondadoso garantiza su validez.
La sustancia extensa
La duda permite afirmar la existencia de la primera sustancia: el yo pensante; y este descubre a su vez una segunda sustancia: Dios. A partir de aquí, Descartes se pregunta qué conocimiento claro y distinto podemos tener del mundo. Para responder, establece dos tipos de cualidades: las primarias, que son objetivas y pertenecen a los objetos, y las secundarias, que son subjetivas y dependen del sujeto que conoce.
Por tanto, solo es posible tener conocimiento evidente de las cualidades objetivas del mundo, siendo la extensión la cualidad objetiva fundamental, entendida como ocupar una porción del espacio físico. El yo tiene plena conciencia de la diferencia entre la idea que posee de sí mismo como sustancia pensante y la idea que tiene del cuerpo, al que atribuye la propiedad de ser extenso. Aunque no se puede dudar del yo pensante, todavía se puede dudar del cuerpo.
Sin embargo, si se tiene una idea clara y distinta del cuerpo como algo extenso y existe un Dios bondadoso que no permite el engaño cuando se usa correctamente la razón, entonces la existencia de las cosas extensas resulta evidente. Así, además de la sustancia pensante, existe otra sustancia finita y creada: la sustancia de los cuerpos, cuyo atributo fundamental es la extensión. La materia o res extensa constituye la tercera sustancia de la metafísica cartesiana.
Descartes concluye que el mundo real existe, aunque esto no implica que todo lo captado por los sentidos sea evidente, ya que estos pueden engañar. Sin embargo, cuando el funcionamiento del mundo físico se explica mediante las matemáticas, se tiene la garantía de que ese conocimiento es verdadero.
