KARL MARX
Antropología subyacente
En el pensamiento de Marx, hay una idea clara de lo que es el ser humano, aunque no esté formulada como una teoría explícita. Para él, la esencia humana no es algo fijo o abstracto, sino que se construye a través de la actividad práctica, especialmente mediante el trabajo. El ser humano se distingue porque es capaz de transformar la naturaleza de forma consciente, planificada y colectiva. No solo produce para sobrevivir, sino que en ese proceso se expresa, se desarrolla y se realiza.
Además, Marx entiende al ser humano como un ser profundamente social. No existe como individuo aislado, sino que su vida está siempre determinada por las relaciones que establece con otros, especialmente en el ámbito de la producción. Estas relaciones sociales no son secundarias, sino que configuran su forma de pensar, de vivir y de entender el mundo.
Sin embargo, esta naturaleza humana puede verse frustrada cuando las condiciones materiales lo impiden. En sistemas como el capitalismo, el trabajo deja de ser una actividad libre y creativa para convertirse en algo impuesto, lo que provoca una distorsión de esa esencia humana. Por tanto, para Marx, no se puede entender al ser humano sin tener en cuenta el contexto histórico y económico en el que vive.
Claves de la crítica al sistema capitalista
La crítica de Marx al capitalismo se basa en que este sistema organiza la sociedad de forma desigual y genera explotación. El punto de partida es que los medios de producción (fábricas, tierras, maquinaria) están en manos de una minoría, la burguesía, mientras que la mayoría, el proletariado, solo posee su capacidad de trabajar.
En este contexto, el trabajador se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. El problema es que el valor que produce durante su jornada laboral es mayor que el salario que recibe. Esa diferencia es la plusvalía, que es apropiada por el capitalista y constituye la base del beneficio. De este modo, la explotación no es un abuso puntual, sino un mecanismo estructural del sistema.
Además, el capitalismo genera una profunda desigualdad social y una inestabilidad constante. La competencia entre empresas impulsa la acumulación de capital, pero también provoca crisis periódicas, como el desempleo o la sobreproducción. Al mismo tiempo, las relaciones humanas quedan subordinadas a intereses económicos, lo que deshumaniza la vida social.
Para Marx, este sistema no es natural ni definitivo, sino una fase histórica que surgió en determinadas condiciones y que desaparecerá cuando sus contradicciones se hagan insostenibles.
Alienación y fetichismo de las mercancías
Uno de los conceptos más importantes en Marx es el de alienación, que describe la situación en la que el trabajador pierde el control sobre su propia actividad y sobre sí mismo. En el capitalismo, el trabajo no pertenece al trabajador, sino al capitalista. Esto hace que el producto final le resulte ajeno, como algo que no le pertenece ni le representa.
Pero la alienación va más allá del producto. También afecta al propio proceso de trabajo, ya que el trabajador no decide cómo ni para qué produce, sino que sigue órdenes. Esto convierte el trabajo en una actividad mecánica y repetitiva, sin creatividad ni sentido personal. Como consecuencia, el individuo se siente separado de su propia esencia, ya que no puede desarrollarse plenamente a través de su actividad.
A esto se suma el fetichismo de las mercancías, que es una forma de ocultación propia del capitalismo. Las mercancías parecen tener valor por sí mismas, como si fuera algo natural, cuando en realidad ese valor proviene del trabajo humano. Sin embargo, esta relación se invisibiliza, y lo que aparece en primer plano son los objetos y su precio.
De esta forma, las relaciones entre personas (trabajadores y capitalistas) se transforman en relaciones entre cosas (mercancías). Esto contribuye a que la explotación no sea evidente, ya que queda encubierta por el funcionamiento aparentemente neutral del mercado.
La superación de la etapa capitalista
Marx sostiene que el capitalismo contiene contradicciones internas que acabarán provocando su desaparición. A medida que el sistema se desarrolla, la explotación y la desigualdad aumentan, lo que genera tensiones sociales cada vez mayores. En este contexto, el proletariado puede llegar a tomar conciencia de su situación, lo que Marx llama “conciencia de clase”.
Esta toma de conciencia es fundamental, porque permite a los trabajadores entender que sus problemas no son individuales, sino colectivos, y que tienen una causa estructural. A partir de ahí, se abre la posibilidad de una transformación revolucionaria del sistema. La superación del capitalismo no sería inmediata, sino que implicaría una fase de transición, el socialismo, en la que los medios de producción pasarían a ser controlados colectivamente. El objetivo final es llegar al comunismo, una sociedad sin clases sociales, sin explotación y sin propiedad privada de los medios de producción.
En esta sociedad futura, el trabajo dejaría de ser una actividad alienante y se convertiría en un medio de realización personal. Las personas podrían desarrollar libremente sus capacidades, y las relaciones sociales dejarían de estar dominadas por el interés económico.
DURKHEIM
Biografía y contexto histórico
Émile Durkheim fue un sociólogo francés considerado uno de los fundadores de la sociología como ciencia. Vivió entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, una época marcada por profundos cambios sociales derivados de la industrialización, el crecimiento de las ciudades y la transformación de las formas tradicionales de vida. La sociedad estaba pasando de un modelo más simple y homogéneo a otro mucho más complejo y diverso, lo que generaba problemas de integración social y pérdida de valores compartidos.
En este contexto, Durkheim se interesó por comprender cómo era posible mantener el orden social en sociedades cada vez más individualistas. Su preocupación principal no era tanto el conflicto, como en el caso de Marx, sino la cohesión social, es decir, qué mantiene unida a la sociedad. Además, buscó consolidar la sociología como una disciplina científica independiente, con su propio objeto de estudio y método.
La División del Trabajo Social
En esta obra, Durkheim analiza cómo se mantiene la cohesión social en distintos tipos de sociedades. Observa que en las sociedades tradicionales, donde las personas llevan formas de vida muy similares, la cohesión se basa en la semejanza entre los individuos. Todos comparten creencias, valores y formas de comportamiento, lo que genera una fuerte integración social.
Sin embargo, en las sociedades modernas, la situación es diferente. La división del trabajo hace que las personas se especialicen en tareas distintas, lo que implica que son cada vez más diferentes entre sí. A pesar de ello, la sociedad no se desintegra, sino que desarrolla una nueva forma de cohesión basada en la interdependencia. Las personas necesitan unas de otras porque cada una cumple una función específica.
No obstante, Durkheim advierte que este sistema puede fallar. Cuando la división del trabajo no está bien regulada, puede surgir la anomia, una situación en la que las normas sociales se debilitan o desaparecen, dejando a los individuos sin referencias claras sobre cómo actuar. Esto genera inseguridad, desorientación y puede dar lugar a problemas sociales.
Las Reglas del Método Sociológico
En esta obra, Durkheim establece las bases metodológicas de la sociología como ciencia. Su idea fundamental es que los hechos sociales deben ser tratados como cosas, lo que significa que deben analizarse de manera objetiva, como realidades externas al investigador. Esto implica dejar de lado opiniones personales, prejuicios o interpretaciones subjetivas.
Durkheim defiende que los fenómenos sociales deben explicarse a partir de otros fenómenos sociales, y no recurriendo a explicaciones individuales o biológicas. Por ejemplo, en lugar de explicar un comportamiento por la personalidad de un individuo, hay que buscar las causas en las condiciones sociales en las que vive.
Además, insiste en la importancia de la observación empírica y el uso de datos. El sociólogo debe basarse en hechos comprobables y en comparaciones entre distintos casos para poder establecer leyes o regularidades. Con este enfoque, Durkheim pretende dar a la sociología el mismo rigor que tienen las ciencias naturales.
El Suicidio
En esta obra, Durkheim analiza el suicidio para demostrar que incluso los actos más individuales tienen causas sociales. En lugar de explicarlo por motivos psicológicos o personales, estudia las tasas de suicidio en distintos grupos y contextos sociales, mostrando que varían según factores como la integración social o la regulación normativa.
Durkheim observa que cuando una persona está poco integrada en la sociedad, es más probable que se suicide, ya que carece de vínculos que le den sentido a su vida. Por otro lado, también puede ocurrir lo contrario: cuando la integración es excesiva, el individuo puede perder su identidad y actuar en función del grupo, incluso hasta el punto de sacrificarse.
También destaca la importancia de la regulación social. En situaciones de cambio brusco, como crisis económicas o transformaciones sociales rápidas, las normas dejan de ser claras, lo que genera un estado de anomia que puede aumentar el riesgo de suicidio.
Con este estudio, Durkheim demuestra que el comportamiento humano no puede entenderse únicamente desde lo individual, sino que está profundamente condicionado por el contexto social en el que se produce.
MAX WEBER
La sociología histórica
Max Weber entiende la sociología como una ciencia que debe explicar la acción social teniendo en cuenta su desarrollo histórico. A diferencia de otros autores como Marx o Durkheim, Weber no busca leyes universales que expliquen toda la sociedad, sino comprender cómo y por qué los fenómenos sociales se desarrollan de determinadas maneras en contextos históricos concretos.
Por eso, su enfoque se denomina sociología histórica: analiza procesos sociales teniendo en cuenta su evolución en el tiempo y las particularidades culturales de cada sociedad. Weber considera que no hay una única causa que explique la historia, sino una combinación de factores económicos, políticos, culturales y religiosos.
En este sentido, se opone a interpretaciones reduccionistas, como la de Marx, que da primacía a lo económico. Para Weber, las ideas y los valores también tienen un papel fundamental en la configuración de la realidad social. Así, la historia no sigue un camino único y necesario, sino que está abierta a múltiples desarrollos dependiendo de las circunstancias.
Claves metodológicas
El objetivo principal de Weber es comprender la acción social, es decir, aquellas acciones que tienen un sentido para quien las realiza y que están orientadas hacia otros. Esto implica que la sociología debe interpretar los significados que las personas atribuyen a sus propias acciones.
Para ello, Weber propone un método comprensivo, conocido como Verstehen, que consiste en ponerse en el lugar del actor social para entender sus motivaciones. No se trata solo de observar conductas externas, sino de captar el sentido que tienen para los individuos.
Otra herramienta clave en su metodología es el uso de los tipos ideales. Estos no son descripciones exactas de la realidad, sino modelos teóricos que simplifican y destacan ciertos rasgos para facilitar el análisis. Sirven como referencia para comparar y entender los fenómenos reales.
Weber también defiende la necesidad de separar los juicios de valor del análisis científico. El sociólogo debe intentar ser objetivo, aunque reconoce que la elección de los temas de estudio puede estar influida por intereses o valores.
En conjunto, su enfoque metodológico combina explicación y comprensión, intentando captar tanto las causas como el sentido de los fenómenos sociales.
La ética protestante y el espíritu del capitalismo
En esta obra, Weber analiza el origen del capitalismo moderno y plantea una tesis innovadora: el desarrollo del capitalismo no se explica únicamente por factores económicos, sino también por factores culturales y religiosos.
Weber observa que el capitalismo moderno surge con más fuerza en países de tradición protestante, especialmente en aquellos influenciados por el calvinismo. Según él, ciertas creencias religiosas favorecieron una actitud hacia el trabajo y la vida económica que contribuyó al desarrollo del capitalismo.
Una de las ideas centrales es la de la vocación profesional. En el protestantismo, el trabajo se considera una forma de cumplir con el deber religioso, lo que fomenta la disciplina, el esfuerzo y la dedicación. Además, la ética protestante promueve una vida austera, evitando el gasto innecesario y favoreciendo el ahorro y la inversión.
Especialmente importante es la doctrina de la predestinación en el calvinismo, que sostiene que el destino de cada persona (salvación o condena) está decidido de antemano. Como no se puede saber con certeza cuál es ese destino, los individuos buscan señales de salvación en su vida cotidiana, y el éxito económico se interpreta como un posible indicio.
De este modo, se desarrolla lo que Weber llama el “espíritu del capitalismo”, una mentalidad basada en el trabajo constante, la racionalidad económica y la búsqueda sistemática de beneficio. Con el tiempo, esta mentalidad se independiza de su origen religioso y pasa a formar parte de la cultura económica moderna.
MEAD
1. La teoría del acto en Mead
Mead entiende la conducta humana como un proceso activo de adaptación al entorno. El individuo no responde de forma automática a los estímulos, sino que mantiene una relación dinámica con su ambiente, interpretándolo y actuando en función de él. Esta relación es adaptativa, porque el sujeto ajusta su comportamiento según las circunstancias, pero también es activa, ya que transforma la realidad a través de su acción. En este sentido, el acto humano no es simplemente una reacción, sino una respuesta inteligente que implica interpretación y elección.
El acto reflexivo representa el nivel más desarrollado de esta adaptación. A diferencia de las respuestas instintivas, el ser humano puede anticipar mentalmente las consecuencias de su conducta, valorar distintas alternativas y decidir cómo actuar. Para explicar este proceso, Mead distingue varias fases dentro del acto, aunque insiste en que en la realidad forman una unidad. El proceso comienza con un impulso inicial, que no es completamente automático, sino que está condicionado por la experiencia y las disposiciones del individuo. A continuación, el sujeto percibe el entorno de manera selectiva, fijándose en aquellos elementos relevantes para su acción. Después, en la fase de manipulación, interactúa con la situación, ensayando posibles respuestas, y finalmente llega a la consumación, cuando el proceso se resuelve.
Estas fases están interrelacionadas y se influyen mutuamente, formando un proceso dinámico. Además, el ser humano es capaz de anticipar el desarrollo completo del acto antes de llevarlo a cabo, lo que introduce una dimensión reflexiva y normativa en su conducta. Esta capacidad de mediación es fundamental, ya que permite planificar la acción y adaptarse de manera más eficaz. En este contexto, el self resulta imprescindible, porque es lo que permite al individuo reflexionar sobre sí mismo, considerarse como objeto y orientar su conducta de forma consciente.
2. La emergencia del self
Para Mead, el self no es algo innato, sino que surge a través de la interacción social. El individuo se convierte en sujeto consciente de sí mismo en la medida en que participa en procesos de comunicación con otros. El elemento clave en este proceso es el lenguaje, que permite interiorizar las actitudes de los demás y verse desde su perspectiva. La interacción social es, por tanto, una forma de conducta cooperativa en la que los individuos coordinan sus acciones mediante significados compartidos.
El gesto es la base de esta interacción, ya que permite responder a otros de manera significativa. Con el desarrollo del lenguaje, especialmente del gesto vocal, el individuo puede escucharse a sí mismo como lo hacen los demás, lo que facilita la autoconciencia. A través de este proceso, el sujeto aprende a adoptar el punto de vista de otros, primero de manera concreta, imitando roles en situaciones simples, y más adelante de forma más compleja, integrando las expectativas de la sociedad en su conjunto. Es en este momento cuando aparece el “otro generalizado”, que representa las normas y valores sociales interiorizados.
Dentro del self, Mead distingue dos dimensiones que actúan conjuntamente:
- El “Me”: representa la interiorización de las actitudes sociales, es decir, la parte del individuo que refleja las normas, expectativas y valores de la sociedad.
- El “I”: es la respuesta activa del sujeto, la dimensión creativa y espontánea que introduce novedad en la acción.
El individuo no es un mero reflejo de la sociedad, sino que también tiene capacidad de iniciativa y cambio. La acción humana surge de la interacción entre ambas dimensiones, lo que permite explicar tanto la adaptación social como la posibilidad de transformación.
En conjunto, Mead muestra cómo la identidad personal y la acción humana se construyen socialmente, destacando el papel fundamental de la comunicación, la reflexión y la interacción en el desarrollo del self.
