El Período Helenístico y la Herencia de la Antigüedad
Surge el Período Helenístico en la zona del Mediterráneo con el objetivo de transmitir la cultura griega. En este contexto aparece Ptolomeo, astrónomo que sostiene la teoría geocéntrica. Realiza observaciones basadas en el empirismo y justifica que la Tierra es el centro del sistema y permanece inmóvil. Según la Teoría Ptolemaica, se observa cómo Marte se adelanta y se retrae en su movimiento aparente.
Edad Antigua (s. IV a.C.): Alejandro Magno
Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, tuvo como propósito invadir y anexionar territorios para expandir la cultura griega; su fin no era solo territorial, sino educativo. Fascinado con el helenismo, funda Alejandría como capital de su imperio, una suerte de ciudad universitaria para intelectuales. Esta contaba con dos instituciones fundamentales: el Museo y la Biblioteca. Al Museo acudían los pensadores para ser inspirados por las musas.
En el siglo III a.C. aparecen los estoicos y los epicúreos, quienes reflexionan sobre cuestiones éticas. Surge la idea de que el deseo y el apego son las causas del dolor que impiden la «buena vida». El pensamiento griego sostiene que la razón unifica, mientras que la subjetividad divide.
Tras la muerte de Alejandro, la cultura griega permanece aunque el imperio se fragmente. El pueblo romano invade Grecia (conformada por polis dispersas) y queda fascinado por su bagaje intelectual. Militarmente conquistan Grecia, pero son conquistados culturalmente. En este nuevo Imperio romano es donde nacerá Jesús.
El Surgimiento del Cristianismo y el Orden Feudal
El cristianismo nace como una secta judía que termina convirtiéndose en la religión de Occidente. Los primeros conversos fueron los esclavos romanos, ya que el discurso cristiano reconoce y salva a los desposeídos. El cristianismo actúa como una religión subversiva que invierte el esquema de valores: para los romanos, la virtud residía en la lucha y la conquista; para el cristiano, la humildad es el camino.
Con la extensión del Imperio romano se difunde el latín, unificando el territorio mediante el lenguaje. Con el tiempo, el imperio cae ante los pueblos bárbaros del norte, dando paso al feudalismo. Los feudos eran organizaciones territoriales con un rey a la cabeza y nobles a cargo de distintos territorios.
Los nobles vivían en castillos con sirvientes y soldados, rodeados por las tierras del señor y las villas de los campesinos. El pacto consistía en la entrega de tierras y protección a cambio del diezmo. Los nobles cristianos reportaban al obispo de Roma, el Papa, considerado el príncipe de la cristiandad. En una época de vida precaria (pestes, hambrunas y guerras), el hombre apostaba por la felicidad en el «más allá». El interés por la ciencia terrenal era escaso, pues el foco estaba en el cielo.
La Edad Media: El Conflicto entre Fe y Razón
La Edad Media comienza tras la caída del Imperio romano en el año 476 d.C. Históricamente, ha tenido «mala prensa» en la historia de la ciencia. En este período, todo es jerárquico, incluso los saberes:
- Saber revelado (Palabra de Dios).
- Teología (Ciencia de la palabra divina).
- Filosofía.
- Ciencias particulares (Geografía, Matemáticas).
- Ciencias técnicas (Manuales, oficios).
El pensamiento medieval enfrenta un problema: la tradición grecorromana era racionalista, mientras que en el cristianismo el hombre se guía por la fe, aceptando misterios que la razón no puede explicar. Esto genera el conflicto fe-razón.
Para el intelectual griego, el sujeto debe buscar al objeto en un proceso temporal y secuenciado. Para el cristiano, Dios (el objeto) es el activo que quiere darse a conocer mediante una revelación súbita. Se distingue así entre:
- Luz natural: Conocimiento que el hombre alcanza por sí mismo mediante la razón y la experiencia.
- Luz sobrenatural: Verdades que Dios muestra, como la supervivencia del alma, contenidas en las Sagradas Escrituras.
San Agustín de Hipona (s. IV – V)
Uno de los primeros teólogos, nacido en el norte de África. Su pensamiento se sintetiza en la frase: «Cree para entender». Sostiene que si uno se abandona a la fe, logrará comprender las aparentes contradicciones de la razón. Para San Agustín, el saber se busca para la salvación. El conocimiento es una iluminación divina: la fe es revelada por Dios y la razón es el esfuerzo humano guiado por la luz exterior de la divinidad.
San Anselmo de Canterbury (s. XI)
Sostenía que las verdades más importantes (el sentido de la vida, la trascendencia) se alcanzan por la fe. Sin embargo, como Dios dotó al hombre de razón, esta debe usarse para esclarecer la fe, dando origen a la teología como ciencia humana de la palabra divina. Se utiliza la razón para interpretar lo que las Escrituras «quieren decir» más allá de lo que dicen literalmente.
Santo Tomás de Aquino (s. XIII) y las Cinco Vías
Santo Tomás lee a Aristóteles y lo considera la mente más lúcida. Cree que usar la razón es un deber para honrar a Dios. Intenta probar verdades de fe mediante la lógica y la metafísica aristotélica (potencia, acto y las cuatro causas). Propone cinco vías para demostrar la existencia de Dios:
- El movimiento: Todo lo que se mueve es movido por otro. Para evitar una serie infinita, debe existir un Primer Motor Inmóvil: Dios.
- Causa eficiente: Todo efecto tiene una causa. Debe haber una Causa Primera: Dios.
- Contingencia: Las cosas pueden ser o no ser. Para que algo exista, debe haber un Ente Necesario que no dependa de otro: Dios.
- Grados de perfección: Si hay cosas mejores que otras, debe existir un Modelo Supremo de perfección: Dios.
- Finalidad: El orden natural indica que las cosas obran por un fin. Este orden requiere un Inteligencia Ordenadora: Dios.
Santo Tomás concluye que la fe y la razón son articulables. Define al hombre como un ser racional creado a imagen de Dios.
Duns Scoto (s. XIII)
Representa una postura opuesta: abordar a Dios por la razón es soberbia. Propone la doctrina de la doble verdad: la fe se ocupa de lo sobrenatural y la razón de la naturaleza. No hay conflicto porque sus objetos de estudio son distintos.
El Renacimiento y el Surgimiento de la Modernidad
El Renacimiento implica dos nacimientos: el de la cultura grecorromana y el del hombre en el mundo terrenal. Surge la burguesía en los burgos (ciudades), rompiendo el esquema feudal. El burgués se vincula con la ciencia práctica y los instrumentos de medición, buscando saberes útiles para el comercio y la industria. Aparece la idea de progreso y una ciencia instrumental cuantificadora.
Hitos de esta época:
- Invención de la imprenta (s. XV): La lectura de la Biblia se vuelve individual, restando poder al monopolio interpretativo de la Iglesia.
- Revolución científica: Copérnico, Kepler, Galileo y Newton.
- Crisis de la monarquía e inicio de la Ilustración.
Galileo Galilei (s. XVII)
Representa el paradigma del pensador moderno: orientación práctica, separación de fe y razón, y uso de la ciencia experimental e instrumental. Galileo sostiene que la naturaleza está escrita en lenguaje matemático. Al defender el heliocentrismo y observar manchas solares (contradiciendo la perfección supralunar de Aristóteles), enfrenta a la Inquisición.
En su Carta a Cristina de Lorena, argumenta que las Escrituras no enseñan física ni astronomía, y que sus demostraciones proceden de la experiencia sensorial y observaciones geométricas. Defiende que la Biblia no miente, pero requiere una interpretación correcta que no contradiga los hechos demostrados.
René Descartes y el Fundamento del Conocimiento
Considerado el padre de la filosofía moderna, Descartes busca alcanzar la certeza en un clima de incertidumbre ideológica. Propone un método basado en la duda metódica, la cual es:
- Exagerada (hiperbólica): Duda incluso de lo evidente.
- Radical: Ataca las raíces del conocimiento.
- Metódica: Es un camino, no un fin (a diferencia del escepticismo).
Tras dudar de los sentidos (que engañan) y de la razón (hipótesis del Genio Maligno), llega a su primera verdad: «Pienso, luego existo» (Cogito ergo sum). Define al hombre como una sustancia pensante (res cogitans) frente a la sustancia extensa (res extensa o materia).
Establece cuatro reglas para su método:
- Evidencia: No aceptar nada que no sea claro y distinto.
- Análisis: Dividir los problemas en partes mínimas.
- Síntesis: Ordenar de lo simple a lo complejo.
- Enumeración: Revisar todo para no omitir nada.
El Siglo XIX: Positivismo y Materialismo Histórico
Augusto Comte y el Positivismo
Tras la Revolución francesa e industrial, Comte funda la sociología científica. Propone la Ley de los Tres Estadios por los que pasa la humanidad:
- Estadio Teológico: Explicación por fuerzas sobrenaturales (infancia).
- Estadio Metafísico: Explicación por entidades abstractas y razón especulativa (adolescencia).
- Estadio Positivo: Conocimiento basado en la observación, experimentación y leyes matemáticas (madurez).
Comte busca una sociedad racional y jerarquiza las ciencias desde la matemática hasta la sociología (física social).
Karl Marx: Historia y Alienación
Marx propone una visión científica de la historia basada en el materialismo dialéctico. Sostiene que el motor de la historia no son las ideas, sino la lucha de clases derivada de las condiciones materiales de producción. Introduce el concepto de alienación (enajenación):
- En el trabajo industrial, el obrero se siente extraño a su propio producto.
- El trabajo, que debería humanizar, termina animalizando al trabajador porque el fruto de su esfuerzo pertenece a otro (propiedad privada).
- La solución radica en una revolución que socialice los medios de producción, pasando de la propiedad privada a la colectiva.
El Siglo XX: Existencialismo y Posmodernidad
Jean-Paul Sartre y la Existencia
El existencialismo sostiene que «la existencia precede a la esencia». El hombre nace sin una definición previa; primero es y luego se construye a través de sus elecciones. Esto conlleva una responsabilidad total, generando angustia (el vértigo de la libertad). Según Sartre, el hombre está «condenado a ser libre» y es el único responsable de su destino.
La Posmodernidad y el Sujeto Educativo
La posmodernidad (década de los 80) se define como la «muerte de los grandes relatos». Se disuelven las verdades absolutas y el progreso lineal de la historia. El sujeto moderno (racional y libre) da paso al «yo saturado», un individuo condicionado por la cultura, el consumo y los medios masivos.
En el ámbito educativo, el alumno posmoderno presenta nuevas características:
- Pérdida de la conciencia histórica y temporal debido a la inmediatez de las tecnologías.
- Dificultad para la lectura profunda y la atención prolongada.
- Influencia de la dinámica del mercado, donde el saber caduca rápidamente.
El desafío actual reside en que la institución educativa mantiene cánones modernos, mientras que el sujeto que habita el aula es un ser posmoderno, fragmentado y saturado de información.
