Nietzsche: un pensador romántico ante la decadencia de Occidente
Nietzsche es un pensador romántico del siglo XIX; un profesor de filología clásica que, enfermo, entendió su vida como una misión profética para sanar la sociedad occidental, enferma y decadente. Por ello vive su filosofía como una tarea para cambiar el rumbo de milenios, limpiando la cultura desde sus raíces, con un mensaje personal que ponga de manifiesto la vacuidad de la tradición desde dos vertientes:
Vertiente negativa: criticando los principales conceptos y valores que tradicionalmente han servido para explicar el mundo en la cultura occidental (razón, Dios, bondad, alma, …).
Vertiente positiva: creando nuevos valores mediante la transvaloración.
Así, podemos decir que su pensamiento es la más terrible y apasionada crítica a la civilización occidental y el más optimista mensaje para el porvenir; es una filosofía que dice un NO (crítico) y un SÍ (profético) al mismo tiempo.
La vida como valor supremo y el problema social
Para entender el problema social en la filosofía de Nietzsche es necesario partir de que este entendió la vida como el valor supremo y, por ello, lo consideró el principio o el centro de gravedad de todo su pensamiento. Pero el gran valor, la Vida, está en crisis.
Nietzsche era consciente de que el proceso de decadencia comenzó en la Antigüedad con Sócrates y Platón. Además, tras la asimilación platónica por parte del cristianismo, la doctrina racionalista que minusvaloraba los sentidos y el cuerpo condujo a una creciente espiritualización de la cultura occidental. Esta, tras Hegel, ha entrado en una profunda crisis y decadencia.
Crítica a la política y a la democracia
Ya en el llamado periodo positivista o ilustrado planteó que, si las necesidades de una comunidad estaban expresadas en su moral, suponían toda una amenaza para la libertad individual. Por ello debíamos asomarnos con escepticismo a la política democrática, pues se basaba en un paralelismo entre la moral y la ley:
Comunidad = moral; Democracia política = Estado
Las leyes del Estado democrático emergían como una versión ampliada de la moral del grupo. Así, Nietzsche habló de la «paradoja de la democracia», que se producía cuando se daba la coincidencia casual entre la voluntad particular y la voluntad del grupo. Para Nietzsche, la democracia se basaba en un compromiso establecido bajo dos principios que, lamentablemente, carecían de razón necesaria para coincidir alguna vez: la voluntad de la mayoría (el Estado) y la propia voluntad particular.
En este momento, con la ayuda de los aforismos, criticó duramente tanto al liberalismo como a los socialismos y a los conservadurismos de su tiempo. Llegó a considerar a la política como la «prostitución del intelecto» y a los dirigentes políticos —en la línea de Maquiavelo— como oportunistas que hacen pasar el interés propio por una decisión racional e inevitable. Dirá que «el modelo de perfección en política es, por supuesto, el maquiavelismo», pero solo en el caso de que nos veamos en la obligación de tener política.
Las tres transformaciones del espíritu
En la filosofía del mediodía o de Zaratustra lanzó el anuncio del nacimiento de una nueva era. Así lo expresa con la imagen de las tres transformaciones del espíritu hasta llegar a ser el superhombre:
Camello: el espíritu lleva pacientemente la carga de la vieja moral.
León (el «yo quiero»): lucha contra el dragón de los valores (el «tú debes»).
Niño: que juega al juego de crear.
Esta terapia reside en el anuncio que se encuentra en torno a la voluntad de poder.
El tema de la decadencia
Nietzsche plantea el tema de la decadencia (fr. décadence) desde su preocupación por la situación política y cultural alemana del momento. Ello le llevó a entender como formas de decadencia, entre otras, al sistema democrático, el socialismo, la cultura industrial, el judaísmo, el cristianismo y la ciencia especializada.
Para referirse a ello utiliza la expresión «último hombre», que será sustituido por el «espíritu libre» del superhombre, quien, guiado por la Voluntad de poder, impondrá el principio de la victoria del más fuerte. Aunque la fuerza de la voluntad puede superar incluso el poder de las armas, la superación más ardua será, sin duda, la de uno mismo.
Conclusión
En conclusión, solo el genio, el hombre superior o «espíritu libre», capaz de encarnar totalmente la voluntad de poder, sostiene Nietzsche, es el ideal. Aunque este tipo humano es desconocido entre sus coetáneos, ciertos personajes históricos del pasado y contemporáneos se aproximaron a este ideal; entre ellos estuvieron, entre otros, Julio César, Napoleón, Stendhal, Dostoievski y Goethe.
