Filosofía helenística: del helenismo político a las escuelas cínica, epicúrea y estoica

El helenismo: contexto histórico y legado cultural

El helenismo es una etapa histórica que comienza con la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. y que finaliza en el año 31 a.C. con la victoria de Octavio sobre Marco Antonio en la batalla de Actium. Tras la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), Atenas perdería la democracia y daría paso a la demagogia, siendo la ciudad gobernada por unos pocos ricos y acentuándose así la brecha con los pobres. Filipo de Macedonia acabaría conquistando Grecia y continuó minando las libertades de las polis. A su muerte le sucedería su hijo Alejandro Magno.

Alejandro Magno era un imperialista con un ideal cosmopolita que pretendía una fraternidad universal, una fusión entre griegos y no griegos. Pensaba que no había que diferenciar entre griegos y bárbaros, sino entre cultos e incultos. El proceso de conquista y expansión cultural se aceleró por diversos factores: el griego fue considerado la lengua común, los griegos no tenían prejuicios raciales debido a la gran mezcla de pueblos, se produjo una mezcla de religiones y una diversificación cultural del hombre.

Alejandro fundó ciudades como Alejandría en Egipto y Antioquía en Siria y expandió la cultura griega fusionándola con las culturas orientales. Alejandría se convirtió en un nuevo centro de las artes y de las ciencias, eclipsando a Atenas en la diversidad de su cultura, aunque ésta conservaría su preeminencia en filosofía. A la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron el desorganizado imperio y se declararon reyes, fundando monarquías helenísticas.

Transformaciones políticas y sociales

Las numerosas conflagraciones entre los sucesores acabaron con la cohesión del imperio, siendo Grecia una de las regiones más profundamente afectadas. Las ciudades-estado perdieron su autonomía económica y política, y aparecieron reyes o caudillos que conquistaban y gobernaban las ciudades. Estos caudillos suprimieron los derechos políticos de los ciudadanos, induciendo inestabilidad política, económica, laboral y, por tanto, emocional. Se produjo, pues, un paso de ciudadano a súbdito: las monarquías helenísticas serían organismos inestables e incapaces de implicar a sus ciudadanos en una tarea común o de construir un punto de referencia para la vida moral. En el 88 a.C. se produjo el saqueo de Atenas y en el 27 a.C. Grecia se convirtió en provincia romana.

Filosofía y ciencia en la etapa helenística

En la etapa helenística destaca la distinción entre filosofía y ciencia. La filosofía respondió a la inestable época de los monarcas helenísticos, con circunstancias sociales y políticas cambiantes, desviándose de la especulación desinteresada hacia una búsqueda de seguridad para el individuo. Existía una necesidad general de identidad y de guía moral, y por ello nacieron distintos movimientos intelectuales que definen las líneas esenciales de la filosofía helenística: el estoicismo, el escepticismo y el epicureísmo.

Esta época de inestabilidad política y crisis cultural configuró, en contraposición con el sabio al servicio de la ciudad de los pensadores anteriores, al sabio apolítico —al perder la ciudad su poder— y cosmopolita, al sentirse ciudadano del mundo. Este sabio es autárquico: puede darse a sí mismo la felicidad y no depende del honor ni de las riquezas. De esta manera, lo que la ciudad ya no ofrece se busca en la naturaleza, convirtiéndose la filosofía en una disciplina terapéutica, crítica con la época y que rechaza la tradición.

No obstante, hay que tener presente que solo ha sobrevivido algo de Epicuro y ninguna obra completa de los estoicos de la primera época griega. Por tanto, buena parte de los testimonios que poseemos proceden de manuales y escritos siglos después.

Los cínicos

Antístenes y Diógenes

El fundador del cinismo fue Antístenes, aunque Diógenes de Sinope se convirtió en el principal exponente del movimiento. Los cínicos no pretendieron formar una escuela formal; no tenían una doctrina uniformemente establecida y, en principio, no deseaban seguidores (aunque sí los tendrían). Se caracterizaban por ser antisistema y por situarse al margen de la sociedad. Rechazaban la cultura, la civilización y las normas; criticaban la búsqueda del placer, el apego a la riqueza, el ansia de poder, el deseo de fama y la creencia de que tales ilusiones conducen al hombre a la felicidad.

El cinismo mostró menor vitalidad en comparación con el epicureísmo y el estoicismo debido a su extremismo y anarquismo —carente de propuestas de valores positivos—, y por tanto a su desequilibrio de base (reduce al hombre a su animalidad) y a su pobreza espiritual objetiva (repudio de la ciencia y la cultura).

Anécdotas y práctica cinista

Diógenes se encontró con Antístenes y, pese a que éste no deseaba acoger alumnos, insistió perseverantemente. En una ocasión Antístenes levantó su bastón contra él y Diógenes le acercó la cabeza, agregando: «Golpea, que no encontrarás madera tan dura que me haga desistir de lograr que me digas algo, como a mí me parece que es tu deber». A partir de entonces se convirtió en oyente suyo.

Se cuenta que Diógenes pronunciaba caminando con una linterna encendida en pleno día por los sitios más atestados de gente: «Busco al hombre que…», dando a entender que buscaba al hombre que vive de acuerdo con su esencia más auténtica, que, más allá de las exterioridades y convenciones sociales, sabe encontrar su genuina naturaleza y vivir conforme a ella.

Diógenes afirmaba que los dioses nos habían dejado a disposición lo necesario para ser felices, pero que el hombre se había complicado. Proclamaba que las necesidades verdaderamente esenciales son las de tipo elemental que provienen de nuestra animalidad: vivir sin metas impuestas por la sociedad, sin necesidad de casa fija ni comodidades superfluas. Esta manera de vivir coincide con la libertad al eliminarse las necesidades superfluas. De acuerdo con la teoría socrática, sostenía que el placer solo ablanda el cuerpo y el espíritu, poniendo en peligro la libertad y convirtiendo al hombre en esclavo.

La autarquía, la apatía y la indiferencia se establecen como bases del cinismo. Se narra que un día, mientras Diógenes tomaba el sol, se le acercó Alejandro Magno —el hombre más poderoso de la tierra— y le dijo: «Pídeme lo que quieras». Diógenes respondió: «Apártate, me tapas el sol». Para Diógenes la felicidad procede del hombre y no de lo exterior. Los demás lo tildaban de «perro», apelativo que él asumió con orgullo. En un banquete, algunos le tiraron huesos como a un perro; Diógenes se levantó y orinó sobre ellos, como un perro. En otra ocasión alguien lo llevó a una casa suntuosa y le prohibió escupir; Diógenes aclaró su garganta y escupió en la cara, diciendo que no había podido encontrar otro sitio peor.

No se ofendía por el término porque decía que era fiero con sus enemigos y fiel con sus amigos como un perro. Parece ser que el término pudo provenir también de que su líder exponía sus pensamientos en un gimnasio llamado «El Perro Blanco». En todo caso, este apelativo, empleado inicialmente como insulto por la actitud desvergonzada de la secta, acabó por convertirse en emblema.

Crates

Crates fue discípulo de Diógenes y una de las figuras más significativas del cinismo. Reafirmó la noción de que las riquezas y la fama no son bienes positivos, sino males para el sabio. Procedía de una familia distinguida, pero vendió su patrimonio. Diógenes lo convenció de abandonar sus campos y arrojar el dinero al mar. Finalmente entregó su dinero a un banquero con la condición de que, si sus hijos permanecían profanos, se lo devolviera, y si se convertían en filósofos, lo distribuyera entre el pueblo.

Crates era de Tebas. Alejandro le ofreció reconstruir la ciudad, a lo que Crates respondió que no serviría de nada porque podría volver a destruirla. Contrajo matrimonio con Hiparquia, que había abrazado el cinismo, y juntos vivieron la vida cínica. Hiparquia amenazó con suicidarse si sus padres no la dejaban casarse, y Crates se desnudó y le dijo que eso era lo único que tenía; Hiparquia permaneció a su lado.

Los epicúreos y Epicuro de Samos (341–270 a.C.)

Epicuro nació en Samos y llegó a Atenas a la edad de treinta y cinco años. Fue fundador del epicureísmo y basó su filosofía en un atomismo cercano al de Demócrito y en un hedonismo racional. Murió en Atenas a los setenta años, donde fundó una escuela filosófica llamada El Jardín, que constaba de una casa y un huerto: un espacio retirado de la ciudad donde Epicuro escribió lo más importante de su producción. En esta escuela se aceptaba a todos los ciudadanos que quisieran formar parte, incluidos esclavos y mujeres; existía un clima de amistad y sororidad. Vivían de forma austera. Epicuro se afanaba, tanto en la teoría como en la práctica, en abogar por un modo de vida determinado y era considerado por sus seguidores como un «salvador», el portador de la luz.

Disciplina y objetivos

Epicuro deseaba persuadir y granjear adeptos mediante argumentos y testimonios, rastreando las causas de la infelicidad humana en creencias erróneas sobre los dioses, el destino del alma y los objetos verdaderamente valiosos de la vida. Las disciplinas que estudiaba eran:

  • La canónica (teoría del conocimiento), para distinguir la verdad del error.
  • La física (visión del mundo como azaroso), entendida como instrumento para la salvación personal.
  • La ética, para esclarecer cómo se consigue la felicidad, basándose en las dos disciplinas anteriores.

Epicuro rechazó muchos principios fundamentales de Platón y Aristóteles y abandonó ciertos conceptos lógicos y metafísicos básicos para esos filósofos. Para Epicuro, la realidad se compone de átomos y vacío; la filosofía carece de valor si no ayuda a los hombres a alcanzar la felicidad, por lo que su teoría moral en ciertos momentos carece de conexión intrínseca con su metafísica. No obstante, aseguró poder mostrar la validez de su hedonismo recurriendo a la experiencia inmediata.

Diógenes Laercio recoge hasta cuarenta aforismos atribuidos a Epicuro conocidos como las Máximas Capitales. Las cuatro primeras forman el llamado «tetrafármaco», el remedio cuádruple contra el temor y la angustia existencial:

  1. No temer a los dioses. Los dioses, al ser perfectos, felices e inmortales, no se ocupan personalmente de los asuntos humanos; por ello no debemos temer un juicio divino ni un castigo eterno. Los dioses son modelos de felicidad y amistad que, en ocasiones, envían señales mediante los sueños.
  2. No temer a la muerte. Cuando la muerte está presente, nosotros ya no lo estamos; cuando nosotros estamos presentes, la muerte no lo está. La muerte es ausencia de sensación y, por tanto, no puede causarnos dolor.
  3. Lo bueno es fácil de conseguir. Para ser feliz basta con una vida moderada y la compañía de amistades. La naturaleza ha hecho las cosas necesarias fáciles de conseguir y las innecesarias difíciles.
  4. Lo malo es fácil de soportar. El dolor y la enfermedad suelen ser temporales; el dolor intenso y crónico es raro. Si el dolor es intenso, normalmente no es duradero, y viceversa; después del dolor suele seguir el placer.

Ética epicúrea

El bien primario es lo que causa placer; a diferencia de Platón y Aristóteles, Epicuro entiende la virtud como necesaria para lograr la felicidad, pero no como ingrediente esencial. La virtud permite discernir los placeres que conducen a la vida feliz: sencillez, moderación y templanza son virtudes connaturales al vivir placentero. La prudencia (phronesis) es la más importante porque permite discernir qué placeres acercan a la vida feliz.

Epicuro distingue entre placer y dolor: la ausencia de uno implica la presencia del otro. El dolor es una perturbación del estado natural y el placer se experimenta cuando los átomos se restablecen en su posición apropiada en el cuerpo.

Se debe encontrar un equilibrio entre placer y dolor: no hay que volcarse ciegamente en el placer, ya que de muchos placeres puede surgir mayor incomodidad, ni huir siempre del dolor, pues soportar ciertos dolores puede producir un placer mayor. Conviene juzgar con medida lo útil y lo inútil.

Los epicúreos clasificaron los placeres en:

  • Placeres naturales y necesarios (alimento y refugio).
  • Placeres naturales e innecesarios (comidas refinadas, placeres espirituales y sexo) que se han de perseguir sin exceso.
  • Placeres innaturales e innecesarios (fama, riqueza y poder) que conviene evitar porque generan desasosiego.

Respecto al tipo de placeres, distinguen entre placeres estáticos —caracterizados por la ausencia completa de dolor y disfrute de esa condición— y placeres cinéticos —caracterizados por el proceso de eliminación del dolor que culmina en sensaciones placenteras. Los placeres estáticos incluyen la ataraxia (ausencia del dolor del alma) y la aponía (ausencia del dolor corporal); la primera es superior, porque los males del alma pueden ser presentes, anteriores o futuros. Un gran bien para Epicuro es la autosuficiencia y la libertad entendida como no tener ataduras económicas: conformarse con poco. La felicidad no está supeditada a lo material ni al reconocimiento exterior; se halla ligada al placer moderado, la amistad, la vida examinada (filosofía) y la autarquía personal.

Por ello, Epicuro aconseja vivir alejado de la ciudad y de toda actividad política: acatar las leyes para no ser perseguido, vivir en lo oculto y pasar desapercibido.

Sobre la amistad

Para Epicuro, la amistad es el camino privilegiado para lograr la perfección personal. Es una relación natural basada en el amor mutuo e indispensable para la identidad personal. No es un intercambio de favores, sino amistad por la amistad. La compañía ayuda al hombre en un mundo hostil y facilita el examen de la vida y la confesión pública de errores. La amistad es un bien inmortal y esencial para llevar una vida feliz.

Sobre el amor

Epicuro distinguió entre un eros apasionado y otro más desapasionado, inclinándose por un amor controlado. Rechazaba el enamoramiento ardiente y veía el matrimonio como fuente de perturbaciones; solo lo aconsejaba si no existía pasión desordenada.

Los estoicos

Zenón de Citio y la escuela estoica

La escuela estoica, fundada por Zenón de Citio, fue la más consagrada de la época helenística. Zenón nació en Citio (Chipre) alrededor del 333–332 a.C. y se trasladó a Atenas entre 321 y 311 a.C. En un principio tuvo relaciones con Crates y asistió a clases de Jenócrates y Polemón. Al igual que Epicuro, tendía a renovar la filosofía práctica, pero no compartía la solución epicúrea a los problemas de la vida. Mientras que Epicuro minimiza ciertas necesidades, los estoicos proponían adecuar los deseos de la voluntad a la providencia racional del cosmos.

Zenón, no siendo ciudadano ateniense, no pudo comprar un edificio y por eso impartía sus enseñanzas en un pórtico decorado por el pintor Polignoto; de ahí el nombre de la escuela: el Pórtico (Stoa).

Desarrollo y periodos

La escuela estoica experimentó innovaciones y evolución interna, a diferencia del Jardín epicúreo. Se distinguen tres periodos:

  • Periodo antiguo (finales del siglo IV a finales del III a.C.): sistema desarrollado por Zenón, Cleantes y Crisipo.
  • Periodo medio (siglos II–I a.C.): figuras como Panecio introducen modificaciones.
  • Periodo nuevo (era cristiana): con Séneca, la doctrina adquiere tonos morales y religiosos.

Lógica, física y ética estoica

Los estoicos siguieron al platónico Jenócrates al tratar la filosofía bajo tres ámbitos: lógica, física y ética. Por lógica entendían teoría del conocimiento, semántica, gramática y lógica formal, todos unidos por el interés por el logos. Por física entendían la naturaleza y el mundo físico. La ética era moral práctica y no meramente teórica: ofrecía un análisis de conceptos morales cuyo fundamento es el bienestar humano. Estas disciplinas están interrelacionadas y la ética informa todas las partes de la filosofía estoica.

Para los estoicos existe una razón universal divina que infunde orden, vida, movimiento y racionalidad: el Logos. Identificaron ese Logos con la divinidad y lo equipararon al fuego (siguiendo a Heráclito). El Logos es inmanente al mundo: el hombre es parte del cosmos y los sucesos cósmicos y las acciones humanas son manifestaciones del Logos.

De este modo, el mundo está estructurado racionalmente y dirigido por el Logos; el cosmos no es azaroso, sino que todo lo que ocurre tiene sentido y contribuye a nuestro aprendizaje. El hombre puede descifrar el código racional del cosmos porque el logos existe dentro y fuera de él; por ello, la ética estoica consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza: armonizar deseos y acciones con la razón que gobierna el mundo.

Libre albedrío, razón y formación moral

El hombre tiene libertad y solo puede actuar libremente cuando obra conforme a la razón. Las pasiones son impulsos excesivos que deben ser dominados, no extirpados. La presencia de lo malo en un mundo ordenado se explica porque el hombre, a diferencia de los otros seres, está dotado de logos y tiene la capacidad de obrar en contra de la razón. Estas facultades antitéticas hacen al hombre un agente moral. La educación y el entrenamiento riguroso son fundamentales para formar un carácter que opere en armonía con el Logos. La ética estoica, acorde con el ideal autárquico helenístico, busca dotar al hombre de autonomía mediante la razón.

Según la ética estoica, el sabio es un experto moral que conoce infaliblemente lo que debe hacerse en cada situación y actúa en el tiempo y la forma adecuados. Es libre de pasiones y no considera el placer como bueno ni el dolor como malo; su alma no se conmueve en exceso. Su disposición se caracteriza por estados emocionales equilibrados —benevolencia, alegría, complacencia en acciones virtuosas, vida tranquila, buena conciencia—. Es autárquico y espera todo beneficio o perjuicio de sí mismo, alineando su razón con el Logos cósmico.

La amistad, para los estoicos, es preferible y conveniente, aunque no constituye una virtud por sí misma; solo puede darse plenamente entre sabios, que colaboran en el orden racional del universo. En política, los estoicos fueron más abiertos que los epicúreos: fueron cosmopolitas y defendieron un humanismo social. Algunos estoicos fueron consejeros de monarcas y aristócratas y promovieron la cooperación humana en la construcción social.

Lucio Anneo Séneca: De la brevedad de la vida

Séneca (1 d.C.–65 d.C.) fue un estoico representante de la etapa nueva del estoicismo. Hijo de un rico provincial de la clase de los caballeros, marchó con su familia a Roma y recibió formación con los mejores maestros, oradores, juristas y filósofos. Una de sus obras más importantes es De la brevedad de la vida. En ella sostiene que no recibimos una vida corta, sino que nosotros mismos la acortamos: poseemos tiempo pero lo desperdiciamos. La vida es lo bastante larga para realizar las cosas más importantes si se emplea bien; si no, al final percibimos que ha pasado una vida de la que no fuimos conscientes.

Séneca afirma que vivimos como si fuéramos a vivir para siempre, olvidando nuestra fragilidad y mortalidad; pretendemos empezar a vivir justo cuando ya es tarde para hacerlo. La razón por la que perdemos el tiempo es porque no sabemos aprovecharlo: estamos siempre atareados o holgazaneando mientras la vida se apresura hacia la muerte. Para Séneca el tiempo se divide en tres momentos: el que fue, el que es y el que será; el que recorremos es corto, el que vamos a recorrer es incierto y el que hemos recorrido es seguro. El ocupado no dispone de tiempo para pensar el pasado; el holgazán desaprovecha el presente. Los únicos que no están desocupados son los que dedican su tiempo a la sabiduría: son los únicos que verdaderamente viven.

El sabio recuerda bien el pasado, sabe aprovechar el presente y prepara el futuro. Estos añaden tiempo, alargan la vida y la enriquecen, además de enseñar a morir. Según Séneca, ocuparse de la filosofía y relacionarse con los sabios es el único método para extender nuestra condición mortal e incluso transformar parte de ella en inmortalidad: la larga vejez no perjudicará los bienes consagrados por la sabiduría.

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