Razón y progreso en Rousseau

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Campo temático 1:
Rousseau y la orientación práctica de la filosofía: la crítica a la Ilustración.. Conceptos de razón y progreso.
La filosofía de Rousseau se caracteriza por el giro práctico que dio a la filosofía que había hasta la época. Lector de Descartes, Rousseau se aparta sin embargo del Racionalismo teórico apostando por una filosofía práctica, más cercana a la vida, a la moral y a la política.
La filosofía que contempla Rousseau es fundamentalmente la de los ilustrados y su fe ciega en la razón heredada de Descartes. Esta creencia ciega en la razón es la que originó el movimiento de la ilustración, un movimiento cultural que se desarrolló en Europa desde principios del Siglo XVII hasta la revolución francesa. Se dio en toda Europa pero donde más arraigo tuvo fue en Inglaterra y Francia. 
Los ilustrados tenían a la razón como instrumento para alcanzar el saber y el conocimiento. La razón propició un gran auge en todos los campos de la ciencia donde destacan físicos como Isaac Newton, pensadores como Voltaire, Montesquieu, y el propio Rousseau ideólogos de la revolución francesa. 
El gran desarrollo de la razón y la ciencia dio lugar a un gran progreso. Los ilustrados creían que el progreso seguiría si la ciencia y la razón eran sus motores. Para lograr este progreso los ilustrados creyeron conveniente educar al pueblo, ya que con una mejor educación todo el pueblo podría usar la razón y conocer el mundo que les envuelve sin la superstición y el misticismo del Antiguo Régimen. 
Rousseau no cree que el progreso asegure el bienestar y la felicidad de la sociedad. El creía que cuando más se desarrollaba una sociedad más se corrompía y más se degeneraba. El progreso para él implicaba que la sociedad se degeneraría hasta su completa autodestrucción. Esto se observa en la historia de la humanidad, cuando una civilización llega a su máximo esplendor empieza su declive hasta la autodestrucción completa, un claro ejemplo es el Imperio romano. El progreso no garantiza la felicidad del hombre.
Estas ideas las desarrolla Rousseau en su primer trabajo, Discurso sobre las Artes y las Ciencias premiado por la Academia de Dijon.
Rousseau se preocupo por esta búsqueda de la felicidad para el hombre, el no se preocupo por buscar cuestiones metafísicas, transcendentales o resolver los grandes problemas planteados desde siempre por la filosofía. Rousseau se preocupo de que el hombre fuese feliz y para ello dio un giro hacia lo práctico. 
Rousseau transitó de los grandes problemas de la filosofía tradicional a las cuestiones que de verdad y según él afectan al hombre. Rousseau no se preocupa de intentar comprender cómo es Dios o cómo “funciona”, él se interésó más por demostrar sólo su existencia. Se ocupó por intentar buscar la felicidad del hombre. Para esto no se necesitaba la razón sino los sentimientos y el corazón. El corazón es la manera de encontrar la verdadera felicidad. 
Es en este aspecto se produjo el enfrentamiento con los ilustrados.
Los ilustrados querían conocer todo, adoptado así una actitud totalmente moderna e ilustrada: conocer todo lo que les rodea, para poder conocer todo creyendo que la razón era el único modo de hacerlo posible. Fue la importancia de la razón en la vida lo que la llevó a asumir el papel de diosa y único modo de conocer el mundo. También es ilustrada la idea de un conocimiento del mundo para poder instalarse en él de una forma más adecuada. Rousseau veía que se había entronizado como Dios a la razón siendo ésta meramente un instrumento muy eficaz, pero simple instrumento. La razón, es cierto, es una ayuda insustituible al hombre para el conocimiento del mundo en el que vive y sin embargo, siendo un sencillo instrumento se le había dado mayor importancia de la que tiene al ponerle en el primer lugar. Esta es la fuente de oposición con los ilustrados. 
También se opuso porque Rousseau afirmó que el corazón y los sentimientos son la única manera de conocer lo que nos rodea mientras que los ilustrados creían en el Racionalismo y su fe ciega en la razón apartando los sentidos del modo de conocer.
Otro punto en el que discrepó fue en el progreso. El progreso material y tecnológico sin control alguno lleva a la autodestrucción y al despilfarro. Puesto en positivo, Rousseau cree poder advertir que, si hemos podido alcanzar un nivel óptimo en el desarrollo técnico, por qué no alcanzarlo en el plano moral, es decir, en el plano práctico. Rousseau ve necesario ensanchar el plano moral más que el de la ciencia que ya ha sido suficiente, por no decir, excesivamente desarrollado.
Rousseau fue partidario de una filosofía práctica – moral que ayudase al hombre a ser más feliz y a la vez lograr que no se complicase abordando cuestiones que no alcanza. Los asuntos imposibles de alcanzar para el entendimiento humano no sirven más que para perder el tiempo. Hay otros temas que nos afectan de manera más directa y que sin embargo no les prestamos atención por estar viendo otras que nunca llegaremos a entender en su totalidad. Por eso, habría que centrarse en las cosas que podemos comprender y dejar otras que nos sobrepasan. Esos límites de la razón, límites de la Razón pura, apenas esbozados en Rousseau serán mucho mejor descritos en la filosofía crítica de Kant.

Campo temático 3: Los artículos de fe. Dios y la noción de orden.
Durante el Siglo XVIII se desarrolla la física newtoniana que dice que todo el universo es materia y funciona de manera mecánica. No existen ni Dios ni almas que muevan el universo. Rousseau dirige una dura crítica contra este movimiento que considera el progreso científico autónomo respecto de Dios. Para rebatir estas tesis materialistas expone dos argumentos: el de espontaneidad y el de la causa del movimiento. Rousseau adopta una postura teísta por la cual cree que ciertas verdades no se alcanzan por revelación, ni por deducción puramente lógica, sino por una razón que da cabida al sentimiento.
Esto queda reflejado en los artículos de fe del Vicario Saboyano.
Rousseau afirma que todo lo que percibe por los sentidos es materia y por ellos puede percibir las cualidades de las diferentes materias. Él observa que algunas cosas tienen movimiento y otras están en reposo y apunta que el movimiento es la consecuencia de una causa, de manera que el reposo es la ausencia de una causa que produzca movimiento. Es decir, cuando no hay algo que mueve a la materia, esta no se mueve porque su estado natural es estar en reposo. Rousseau entiende por movimiento cualquier cambio de estado o lugar que siempre se hace en una dirección concreta. Rousseau expone que la espontaneidad es el movimiento voluntario que está en el mismo cuerpo y es la causa motriz de que se muevan aquellas cosas que no tienen voluntad por sí mismas. La espontaneidad es una cosa externa a la materia que no la posee. Esto lo afirma porque lo siente. Aquí aplica su razonamiento “siento, luego soy.” Al mismo tiempo Rousseau se da cuenta de que el mundo es materia muerta, por lo que deduce que algún ser, con voluntad propia, debe de moverlo. También cae en la cuenta de que el mundo está demasiado bien ordenado como para que no haya nada que lo ordene. Sin embargo, el movimiento de la tierra es ordenado porque está sometido a unas leyes, siempre funciona igual, por lo que Rousseau deduce que el mundo no tiene la libertad que otorga la espontaneidad. 
Por todo lo anterior, Rousseau afirma que las causas del movimiento no están en la materia, sino que recibe el movimiento y lo comunica, pero no lo produce. Todo movimiento que no es producido por otro, sólo proviene de un acto espontáneo. Los cuerpos inanimados no actúan más que por el movimiento que les infunde una voluntad, y sin voluntad no existe una verdadera acción. De aquí afirma Rousseau su primer artículo de fe: existe una voluntad que mueve el universo y la materia que se encuentra en él. Con esta afirmación rebate a los ilustrados la idea de que el universo se mueve por sí mismo y les dice que si sólo miran lo material se están quedando en los efectos. Y les dice más, si conciben la materia como productora de movimiento, conciben un efecto sin causa, lo que es lo mismo que no concebir nada. Rousseau está seguro de que la materia no pude tener innata la capacidad de movimiento porque si fuese así, no concebiríamos la materia en reposo, pues siempre estaría en movimiento. Todo esto lo percibe por sus sentidos, confirmando la idea de que el sentimiento es garantía de conocimiento. Sobre este artículo de fe, Rousseau alega que le hombre es incapaz de conocer las cualidades de la voluntad y cómo anima a la materia, sólo sabemos que lo hace porque lo percibimos. Pero estas cuestiones metafísicas no preocupan en exceso a Rousseau, porque él no pretende descubrir las últimas verdades del porqué de las cosas. Su interés práctico está muy por encima del teórico. 
Continuando con lo dicho antes, dar movimiento a la materia es otorgarle una causa. Rousseau no se imagina un universo sumido en el caos, le es más fácil sostener su orden por lo que sigue pensando que hay algo que es la causa de esa armónía. Este es su segundo artículo de fe: “Si la materia movida me muestra una voluntad, la materia movida según ciertas leyes me muestra una inteligencia”. En otras palabras, dice que la voluntad que mueve el universo y anima a la materia es una voluntad inteligente. La materia se mueve según unas ciertas normas a las que están sometidas siempre. En otras palabras, lo que está claro es que el universo no ha surgido por azar. Esas normas que rigen el universo habrán sido puestas por alguien que tiene voluntad y, por tanto, puede transmitir movimiento. Partiendo de la base de que la causa es mayor que el efecto, Rousseau afirma que la voluntad que ordena el universo es Dios. Rousseau vuelve a decir que el porqué y el para qué del universo no podemos llegar a comprenderlo porque nuestro conocimiento es limitado y esa cuestión nos supera, al igual que la naturaleza de Dios. Pero no nos debe importar porque no es necesario para lo realmente importante de la vida humana que es la moral. Sólo con saber la existencia de una voluntad inteligente que organiza todo, es suficiente para garantizar nuestra estructura moral y nuestra libertad. En este punto se mantendrá posteriormente Kant con sus postulados de la razón práctica. 
De aquí, enuncia su tercer artículo de fe: “El hombre es libre en sus acciones, y como tal está animado de una sustancia inmaterial.” El hombre tiene un cuerpo material, que al ser materia no tiene voluntad propia ni libertad pero, podemos el hombre sí la tiene, por lo que debe tener una parte inmaterial que le confiera estas cualidades. Si el hombre obra por sí mismo y obra fruto de la libertad que le ha dado Dios esos hechos no entran en el sistema ordenado de la Providencia. Esta no puede obligar al hombre a hacer el bien porque iría en contra de nuestra naturaleza, ya que Dios nos ha hecho libres para que elijamos el bien. Pero Dios limitó las repercusiones de las acciones malas de los hombres para que no afectasen a otros, sólo a ellos, y no alterasen así el orden general de todo. Como consecuencia de nuestra naturaleza, el bien no nos esclaviza porque es lo que Dios quiere para nosotros, mientras que el mal sí que lo hace y nos degrada. Así pues, se da la circunstancia de que la libertad humana es limitada y no altera la providencia de Dios. Dicho de otra manera, con su libertad el hombre se hace a sí mismo y adquiere mérito pero por mucho que se lo llegara a proponer nunca podría variar ese orden querido por Dios. Existen pues, leyes fijas para las cosas materiales y una providencia, una atención más flexible por parte de Dios hacia su criatura más querida, el hombre, y que éste no puede romper.

Campo temático 4.

Los sentimientos naturales y la universalidad moral


Los sentimientos naturales hacen al hombre en estado natural armónico y pacífico como el resto de la naturaleza. El hombre natural sólo posee la libertad y dos sentimientos innatos:amor de sí y piedad natural. El amor de sí supondría un sentimiento de autoprotección y conservación, de evitar el peligro. Los psicólos actuales la llamarían probablemente autoestima. Es una forma de egoísmo bien entendido, que nada tiene que ver con el propio de hombre civilizado que le lleva a la exclusión de los demás y a la competitividad agresiva. La piedad natural es un sentimiento humano que nos impide desear para los demás lo que no deseamos para nosotros mismos. Algo de eso podemos ver en los animales que cuando no son atacados no atacan a no ser por alguna necesidad perentoria. Nos identificamos con el que sufre y sentimos un rechazo hacia el mal ajeno. Llevaría al hombre natural a calmar sus pasiones y suavizar los conflictos.
Coherentemente con la hipótesis del hombre en estado de naturaleza, el hecho de que ese hombre natural no viva en sociedad le convierte en un ser ajeno a la moral, previo a cualquier moral pues al carecer de razón, no siente responsabilidad, es como un bebé, libre, sin remordimientos ya que al no elegir sus acciones no puede ser responsable moralmente de ellas. El buen salvaje u hombre de naturaleza no es racional, -aunque pueda desarrollar esta capacidad en el futuro-, y como la racionalidad es también una condición necesaria de la moralidad y la responsabilidad, podemos decir que el hombre natural no es un agente moral propiamente dicho. Y por tanto, el hombre natural es bueno, pero no hay que entender «bueno» como lo entiende el hombre civilizado que vive respecto a la virtud, sino que es una bondad ingenua y primaria de quien obra casi por instinto ajustando su libertad a los sentimientos naturales que dirigen su acción y que no diferencia entre justo e injusto.
Es habitual contraponer el estado de naturaleza que hemos visto al que concibió Hobbes, donde el ser humano se encuentra en un estado de guerra perpetua contra sus semejantes y la vive en un caos violento y terrible. «Homo homini lupus» El miedo que produce vivir en tal contexto es el motor que hace posible la sociedad civil, en este caso el absolutismo monárquico, que tiene la finalidad esencial de proteger las vidas de los súbditos y mantener el orden, objetivo por el que los individuos ceden la libertad de que gozaban en el estado natural, fundamentalmente la de resolver sus conflictos sin recurrir a mediador alguno, llámese magistrado, juez etc. Estas dos perspectivas contrapuestas a propósito del estado de naturaleza responden a dos concepciones antropológicas antagónicas: pesimismo y optimismo antropológico.
El pesimismo antropológico concibe al hombre como innatamente egoísta y violento, acercándose más al mal que al bien, donde la virtud es un esfuerzo porque ha de reprimir sus instintos naturales egoístas. El vicio no es sacrificio pues simplemente consiste en dejarse llevar por las tendencias innatas.
Al contrario, el optimismo antropológico, considera que el hombre tiende a evitar el dolor ajeno y preocuparse si sufren los demás, es decir, la piedad natural.
El sentimiento es considerado una intuición que nos permite aprehender, sin intermediarios racionales, los principios innatos: libertad, igualdad, piedad… Que son fundamentos de la moralidad, pues cumplen las carácterísticas de la universalidad derivada de la naturaleza humana, que es única. Estos principios son evidentes, pues son captados inmediatamente.
La universalidad moral afirma que los seres humanos participamos de una estructura de sentimientos innatos y libertad, que nos hacen iguales a nuestros semejantes. Por ello Rousseau considera al derecho naturalderivado de estos sentimientos originarios pues al participar todos de la misma naturaleza, se superan las diferencias culturales, todos somos hombres poseedores una moralidad universal. Ya que el derecho natural es aquello que se nos puede exigir porque es inherente a nuestra naturaleza, invariable en la continuidad histórica y las diferencias culturales. En cambio, el derecho positivo de los códigos civiles se diferencia del natural en que son leyes humanas, meros productos históricos que pueden cambiar y que de hecho cambian, por ejemplo: la constitución espartana de Licurgo o la española de 1978. Como consecuencia, el universalismo moral no es compatible con la concepción convencional de la moralidad (sofistas) porque si la moralidad dependiera de los hombres, podría variar según distintas multitudes sociales. No se puede acusar a Rousseau de relativista moral.
El optimismo antropológico nos lleva al humanitarismo y a la virtud, inherentes a nuestra naturaleza, así pues, podemos adentrarnos en las actitudes morales.
Podemos percibir que en el egoísmo, en la codicia y demás vicios late una inmoralidad reprobable, al contrario de lo que observamos al actuar solidariamente, de manera altruista etc., pues son fundamento de conducta virtuosa y justa.
En conclusión, el universalismo moral de Rousseau es contrario al relativismo moral si bien, es compatible con un relativismo cultural siempre que estas culturas se atengan a dicha universalidad moral. Sus manifestaciones culturales son irrelevantes si conservan ese fondo común. Es decir, toda cultura es aceptable siempre que no quiebre los fundamentos de la universalidad moral.

Campo Temático nº 5: Ser y parecer. Amor de sí, amor propio y armónía.
Entendiendo como parecer el hecho de aparentar o dar a entender algo que no se es o no se posee, observamos que en el estado de Naturalezaen el que el hombre apenas interactúa con sus semejantes, carece de previsión, propiedades, afán competitivo etc., cosa que sólo se da al relacionarse con sus semejantes. El estado de naturaleza no es ninguna etapa histórica antigua sino que es la hipótesis que maneja Rousseau para mostrar qué degradado está el hombre en el estado actual refiriéndose a la ilustración y ampliando la crítica asimismo nuestros días.
Por esto el hombre en estado de naturaleza no concibe la distinción entre ser y parecer. Dicha distinción es absurda para un hombre que no piensa porque no le hace falta. En ese estado el hombre no puede aparentar, pues un ser que carece de racionalidad, ambiciones, codicia etc. No es capaz de defender ante nadie una apariencia que no es real. No necesita aparentar. En cambio, el hombre civilizado, dice Rousseau, vive de “la opinión de los demás” pues al verse reflejado en los ojos ajenos concluye que “lo que es, no es nada, y lo que parece, es todo”. Esto hace al hombre un ser hipócrita, y le lleva a crear desigualdades con sus semejantes.
En el estado natural el hombre vive en un estado de armónía, logrado por dos sentimientos: el amor de sí y la piedad. En otras palabras, el instinto de auto conservación, y la identificación con el que sufre y rechazo al dolor ajeno. Estos dos sentimientos puros llevan al hombre a vivir de forma totalmente pacífica en el Estado de Naturaleza, pues la piedad le impide obtener beneficios en detrimento del resto. Sin embargo, al entrar en civilización el hombre crea un sentimiento de amor propio, una corrupción del amor de sí, en el que ve a sus semejantes convertidos en instrumentos con los que satisfacer su deseo de aparentar. Esta corrupción, este cambio del amor de sí al amor propio se da, según Rousseau, por la manera de entrar en la cultura, la instauración definitiva de la propiedad privada, que destruye el “todo es de todos” natural, y le lleva a degenerar este sentimiento de amor de sí (amor a si mismo) a la vanidad (amor propio) fundamento de sentimientos ruínes como la vanidad, el egoísmo, la codicia y la lujuria…
Cuando este sentimiento aparece, la armónía y la paz que existían en el estado de naturaleza se diluyen, pues el hombre actúa de una manera y su conciencia, que aún conserva del estado natural, le reprocha su conducta pues le hace ser consciente de la posibilidad de haber actuado de otro modo. Es decir, pese a que podamos actuar de un modo u otro, y el amor propio nos lleve a consideraciones egoístas e individualistas, todavía, mediante la conciencia podemos conducir racionalmente los sentimientos naturales para alcanzar la felicidad. Pues como hemos dicho, el hombre en estado natural vive en armónía y el acuerdo que establece consigo mismo el hombre civilizado al decidir actuar racionalmente respecto a los sentimientos naturales le lleva a sentir la armónía de quien está en paz consigo mismo y con su naturaleza.
Habría que señalar, por ultimo, la diferencia entre la armónía existente de forma espontánea en el estado de naturaleza, con la propia del hombre civilizado que se ajusta a los sentimientos naturales mediante la razón, pues esta última tiene el mérito de quien decide ajustarse a estos sentimientos puros.

Campo temático nº 6: La teodicea, la historia y el problema del mal.
La teodicea es la parte de la filosofía que estudia a Dios. Este término se debe a Leibniz que en 1710 escribíó una obra con ese título queriendo además decir algo sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el problema del mal. Etimológicamente “theós” significa Dios, y “diké” puede traducirse como justificación. Así pues, teodicea significa justificación de Dios o, dicho de otro modo, el discurso filosófico sobre Dios. No hay que confundirla con el término teología que se aplica al estudio de Dios pero a través de una religión, por lo que habría tantas teologías como religiones. Y en cambio, sólo existe una teodicea que trataría de hacer pruebas racionales sobre Dios, y tratar de razonar si están justificados dichos ensayos.
El problema de fondo, tanto en Leibniz como ahora en Rousseau y los ilustrados, es cómo puede compaginarse el problema del mal que se hace evidente a lo largo de la historia del hombre y la sociedad, con la existencia de un Dios todopoderoso y bueno. Para los ilustrados, la respuesta a este problema es su postura deísta que consiste en suponer que, si Dios puede en efecto haber creado el mundo, no parece que se ocupe en este momento de él. Dios habría dejado que fueran los hombres con su libertad los que se ocuparan de mejorar un mundo y una sociedad claramente deficientes. Los ilustrados niegan la providencia de Diospensando que de este modo el protagonismo humano es mayor. No se puede echar las culpas a Dios de lo que ocurre porque somos los hombres los que con nuestra libertad hacemos el mal, siendo el principal de esos males, la ignorancia. Los ilustrados quieren promover una educación universal que llegue a todos pensando que el conocimiento lleva aparejada la felicidad y el bien, prolongando de esta forma el conocido intelectualismo ético: si sabemos más, seremos mejores. Y para eso, se han de desterrar los conocimientos inútiles como son los derivados de las religiones que constituyen, según los ilustrados, supersticiones que alejan del verdadero conocimiento a muchas personas. De algún modo, piensan que todo el esfuerzo que emplean las personas para estudiar las religiones es tiempo perdido para el desarrollo del verdadero conocimiento que serían las ciencias y las artes aplicadas a la mejora de nuestra vida. El laicismo actual y la fe en un progreso indefinido son claramente herederos de la Ilustración. También el esfuerzo de lograr una educación que llegue a todos. 
Parte del enfrentamiento de Rousseau con los ilustrados se produce por las ideas anteriormente expuestas. En concreto, un buen representante ilustrado como Voltaire cree que el problema del mal es absolutamente incomprensible y quizá por ello este autor es escéptico como también otros ilustrados. Según él, no podemos conocer nada de la esencia divina y mucho menos entender algo sobre la existencia real del mal en el mundo, incompatible pues con la justicia de Dios. De posturas como esta se deriva la conocida tesis sobre Dios y su justicia y omnipotencia que suele formularse del siguiente modo: Si Dios es justo no debería permitir el mal y si no puede evitar el mal, entonces no es Dios. 
Rousseau aborda el problema de la siguiente forma: la providencia de Dios es inherente a su esencia, lo cual significa que Dios sí se ocupa de la creación y de los hombres. Y lo primero que aclara Rousseau es que existen dos tipos de mal: el mal físico y el mal moral. El primero se corresponde con las condiciones de la materia. La materia es como es y obedece unas leyes que es tanto como decir que por ejemplo, las piedras caen y si cae una en la cabeza de alguien es muy posible que lo mate. Pero esas son las condiciones de la vida. Otro ejemplo muy actual: un terremoto de la misma intensidad acarrea muchos más desastres allí donde las viviendas están peor hechas. Pero el hombre aprende a mejorar sus propias construcciones convirtiendo un mal físico en ocasión para perfeccionarse perfeccionando lo que hace. Respecto del mal moral, Rousseau acepta que Dios nos ha dejado la libertad, no para hacer el mal sino para hacer el bien con responsabilidad, con mérito. La corrupción generalizada que observamos no se le puede atribuir a Dios pues es obra nuestra. Citando libremente a Rousseau este sostiene que de Dios todo sale bien, pero todo se corrompe en manos de los hombres. Y es esto mismo lo que hace una vida interesante. De la misma manera que los hombres pueden y de hecho hacen el mal, también pueden y deben hacer el bien. Eso significa que, ciertamente los hombres son libres. Se podría decir también que Dios no quiere esclavos y se ha«arriesgado» a esa libertad humana. Pero también pide cuentas y la principal es que la vida humana virtuosa tiene el premio de la misma satisfacción de las buenas obras y, al contrario, los malos y viciosos pagan en su misma vida licenciosa todo el mal que hacen. Rousseau no termina de decidirse sobre la cuestión de si hay un infierno para los malos y un cielo para los buenos porque supone que ya en esta vida todo quedaría justificado. De esa forma, el bueno viviría bien y por el contrario el malo viviría mal. Esa sería una justicia divina lógica.
La verdadera felicidad del hombre justo se alcanza en una vida social virtuosa, en una libertad civil muy superior a la abandonada libertad natural y salvaje. Nunca abogó Rousseau por una vuelta a la naturaleza en sentido histórico como tratando de forma nostálgica a recuperar algún paraíso perdido. Lo que quería el ginebrino es “humillar” a una civilización muy pagada de sí misma por los indudables avances científicos, pero que había conseguido sólo una apariencia de virtud. Y no le parece posible a Rousseau proponer al hombre alguna virtud sin contar con que Dios habla al corazón humano y le dicta cómo debe comportarse. Sin Dios no cree posible que el hombre se proponga ninguna mejora.
Así pues, el hombre es el verdadero autor del mal coincidiendo en esto con los ilustrados. Sin embargo, no confía como ellos en que serán las leyes y una simple mejora en los conocimientos científicos lo que nos harán mejores. Para lograr un desarrollo moral de la sociedad es necesario confesar a Dios y educar al hombre moralmente para que no desoiga lo que en su conciencia puede escuchar. Esa educación deberá buscar el freno de las pasiones y el desprecio de la artificialidad de una vida fundada en el parecer en vez de en el ser. Parte de esta última crítica la hace Rousseau en el Discurso sobre las Artes y las Ciencias.

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