Que son las virtudes intelectuales

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Las facultades del alma


Por otra parte, al ser definida el alma en términos de vida o también de automovimiento, resulta que todos los seres vivos tienen alma; es decir, tienen vida.

El hombre, alma racional; el animal, alma sensible; y la planta, vegetativa

Se trata no de especies de un mismo género, sino de realidades dis­tintas, cada una de las cuales se caracteriza por sus funciones especí­ficas, teniendo la facultad superior todas las funciones de la inferior, además de las suyas propias.

ABSTRACCIÓN, ENTENDIMIENTO AGENTE Y PACIENTE


De acuerdo con su visión unitaria del hombre, Aristóteles piensa que existe una continuidad total entre el conocimiento sensibley el conocimiento intelectual. Más aún, sólo hay conocimiento intelectual en la medida en que hay conocimiento sensible.

El conocimiento sensible es el origen y el principio de todo conocimiento humano

Lo universal se obtiene de lo particular mediante una operación que recibe el nombre de abstracción, y que consiste en lo siguiente: cuando el hombre capta a través de los sentidos algún objeto, se forma en su fantasía (imaginación) una imagen del mismo. En esa imagen de la fantasía lo que se recoge de manera directa es la individualidad ese objeto, su materia; la for­ma, lo universal, se encuentra en ella sólo en poten­Cía. Pero el entendimiento agente vuelca su actividad sobre esa imagen, que se encuentra en la fanta­sía, y consigue desmaterializarla, descubriendo así la forma. Una vez realizada esta operación, el mismo Entendimiento agente pasa la forma, que se ha abstraído de la imagen, a otro entendimiento pasivo a paciente, y éste, conoce lo universal. El conocimiento intelectual se basa en el conocimiento sensi­ble, que proporciona, por decirlo de alguna manera, los materiales que van a servir para elaborar el conocimiento intelectual; éste se alcanza después de esa compleja operación de la mente que es la abstracción.

Objetos del conocimiento


Entiende Aris­tóteles que el conocimiento o bien lo es de lo necesa­rio e inmutable, o bien lo es de lo contingente.
El primero es siempre un saber teórico (lo que a veces llama sabiduría) que se ocupa del conocí­miento de los principios a través sus causas. El conocimiento de lo contingente puede dirigirse hacia el hacer, el producir, y entonces cons­tituye la técnica. Pero puede además dirigirse hacia el actuar, hacia el vivir individual o colectivamente. En este caso, esta­mos ante un saber práctico, moral o político, un saber vivir con prudencia, cuyo ideal es el conocí­miento de lo inmutable.

(Ética)LA FELICIDAD


En su Ética a Nicóma­co dice Aris­tóteles que cada actividad tiende a un fin que es su bien.
Y como las actividades que realizan los hom­bres son muy variadas y persiguen fines muy diversos, es preciso jerarquizar éstos, siendo la cuestión más importante saber cuál es el fin último del hombre, cuál es su bien supremo. Todo el mundo está de acuerdo en que el bien supremo, el fin último del hombre es la felicidad “eudaimonía”, puesto que la felicidad se busca por sí misma, mientras que las demás cosas se buscan por ella, para tratar de conseguirla. Sin embrago, no hay tal acuerdo cuando se intenta concretar qué sea la felicidad: unos la identifican con el placer, otros con los honores, otros con las riquezas, con la salud…, y así sucesivamente. Pero la felicidad no se encuentra en ninguna de estas cosas, y aceptarlo es confundir medios con fines. Para contestar a la pregunta acerca de cuál es el bien supremo del hombre, y, por lo mismo, a la pregunta de qué es lo que puede hacer feliz al hom­bre, Aristóteles recurre a la natura­leza: el bien de cada cosa sólo puede consistir en la realización de la función que le es propia (el bien del cuchillo consiste en cortar, el del ojo en ver…), por lo que el bien del hombre sólo puede consistir en desarrollar una actividad que suponga la realiza­ción de su función propia.

Así, el hombre será feliz en la medida en que realice adecuadamente la fun­ción que le es propia

Para Aristóteles la felicidad no es una posesión, ni siquiera un ser, sino un saber vivir  conforme a la «areté» -la virtud-, entendien­do por tal la excelencia en la realización de la función propia. Pero, ¿cuál es la función propia del hombre, en cuya realización excelente se encuentra la «areté”? La respuesta a esta pregunta es compleja

La «areté» humana


En primer lugar, el hombre tiene diversas funciones dependiendo de su edad, de su sexo, de su condición, de su profesión…, y según las realice bien o mal poseerá o no las correspondientes excelencias (será un buen profesor, un buen alumno, un buen padre, un buen hijo…). La realización de estas funciones de forma adecuada será fundamental y necesaria para poder ser feliz, pero la felicidad no puede consistir en su reali­zación, ya que ninguna de ellas es la función propia del hombre en cuanto tal hombre. En segundo lugar, por la complejidad del ser humano.
Es un ser compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo, a su vez, está compuesto de órganos cada uno de los cuales tiene unas funcio­nes que cumplir y, por eso, habrá que hablar de exce­lencia en el desarrollo de la función de cada uno de esos órganos.

En cuanto al alma, hay que distinguir en ella tres funciones distintas:
vegetativas, sensitivas y raciona­les, de las que las más importantes son las dos últimas. El alma racional es pensante o cognitiva, mientras que el alma sensitiva es apetitiva o volitiva. Por eso habrá que hablar de virtudes intelectuales cuando haya un buen funcionamiento de la parte pensante del alma, y de virtudes morales, cuando el buen funciona­miento sea de la parte apetitiva o volitiva de la mis­ma.

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