Lacan y Descartes

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La tesis doctrinal que abordaremos a continuación es la teoría del conocimiento en Kant.
Así pues, debemos saber que en la inversión del papel que juegan el sujeto y el objeto en el conocimiento radica la llamada «revolución copernicana» de Kant. La necesidad y universalidad del conocimiento no puede proceder de la experiencia, el conocimiento científico no puede explicarse como una adecuación del sujeto, a los objetos.  Por el contrario, hemos de suponer que son los objetos quienes tienen que adecuarse a nuestro conocimiento. El entendimiento no es una facultad pasiva, que se limite a recoger los datos procedentes de los sentidos, sino que configura la realidad. 
A diferencia de lo que habían afirmado los racionalistas y los empiristas, quienes concebían o la razón o la experiencia, respectivamente, para Kant el conocimiento es el resultado de la colaboración entre ambas: por la sensibilidad recibimos los objetos, por el entendimiento los pensamos.
Centrándonos en su obra Crítica de la razón pura, explicaremos las diferentes facultades del conocimiento, en relación a las diferentes partes dela obra. 
Así, en la Estética trascendental, estudia la facultad de la sensibilidad, la cual, es la fuente de todas nuestras intuiciones. Si prescindimos de la sensibilidad no podemos tener intuición alguna. El entendimiento no es una facultad que nos permita intuir, nos permite pensar, es un conocimiento conceptual. La sensibilidad suministra las intuiciones del conocimiento; el entendimiento suministrará los conceptos. La sensibilidad tiene las formas a priori del espacio  y el tiempo (aquí y ahora).
Las intuiciones sensibles, si no son pensadas a través de un concepto, no nos ofrecerían conocimiento alguno: equivaldrían a un torrente inconexo de sensaciones. Los conceptos, por su parte, si no se remiten a una intuición sensible, nos ofrecerían un conocimiento vacío de contenidos. «Las intuiciones, sin conceptos, son ciegas; los conceptos, sin intuiciones, son vacíos». 
En la Analítica Trascendental, estudia la facultad del entendimiento, el cual forma conceptos, crea formas bajo las cuales se pueden ordenar diversas representaciones bajo una sola común a todas ellas.


Unifica bajo el concepto la multiplicidad de la sensibilidad. Cuando decimos que esto es una casa, o una mesa, lo que ocurre es que bajo el concepto «casa» o «mesa» el entendimiento ha unificado una pluralidad de elementos procedentes de la sensibilidad, así se produce el conocimiento. 
Si realizamos con el entendimiento la misma operación que hemos realizado con la sensibilidad, es decir, separar la materia de la forma, podremos distinguir dos tipos de conceptos: los conceptos empíricos y los conceptos puros o categorías. (tipos de categorías) Los primeros son el resultado de generalizaciones tomadas de la experiencia. Los segundos no dependen en absoluto de la experiencia: son a priori, y son puestos directamente por el entendimiento, a modo del espacio y el tiempo en la sensibilidad. Son las estructuras a partir de las cuales se generan los conceptos empíricos y podemos, por lo tanto, formular juicios.
Pensar equivale a formular juicios, por lo que todos los actos del entendimiento pueden ser, reducidos a juicios. Ahora bien, si determinamos cuáles son las formas del juicio, podremos identificar cuáles son las funciones de unidad que operan en los mismos, que serán las categorías. A esta operación la llamará Kant deducción trascendental de las categorías. 
Hay doce categorías que corresponden a otras tantas formas de juicio. Tales categorías en sí mismas no proporcionan ningún conocimiento, sino simplemente la forma trascendental, a priori, de todo conocimiento. 
Si el entendimiento limitase su acción a la producción de conceptos a partir de las categorías, sin aplicar esos conceptos a los contenidos que suministra la sensibilidad, tales conceptos estarían vacíos y no nos proporcionarían ningún conocimiento. 
En la Dialéctica Trascendental, estudia la facultad de la razón, ésta es la capacidad suprema de pensar, elabora razonamientos, es decir, relaciona juicios. La razón busca la construcción de juicios cada vez más generales, en busca de principios o leyes que abarquen el mayor número posible de fenómenos.


Esta búsqueda de los principios últimos es llamada por Kant:  la búsqueda de lo incondicionado, supone que ese principio último es la condición de todos los fenómenos y, a su vez, no depende de ninguna otra causa. A estos conceptos puros a priori de la razón, les llamará Kant ideas trascendentales. 
Si analizamos las formas del silogismo podremos deducir los conceptos a priori de la razón. Para Kant razonamiento equivale a silogismo, la lógica apenas había avanzado desde Aristóteles. Concluye que hay tres ideas trascendentales: alma, mundo y Dios. Mediante la idea de alma, dice Kant, unificamos todos los fenómenos del psiquismo; es la condición incondicionada de todos los fenómenos psíquicos. Mediante la idea de mundo unificamos todos los fenómenos de la experiencia; la idea de mundo es la condición incondicionada de todos los fenómenos de la experiencia. Mediante la idea de Dios unificamos la totalidad de los fenómenos psíquicos y de la experiencia en una única causa de la que dependen y por la que son explicados .
Estas ideas trascendentales nos ayudan a unificar en el pensamiento la totalidad de los fenómenos, sin 
embargo, al no poseer intuición ninguna de estas realidades esas ideas trascendentales no nos ofrecen ningún conocimiento. Son conceptos puros, sin ningún contenido. 
La razón se cree capaz de alcanzar el conocimiento de esos principios últimos, incondicionados, de todo lo real; y cae en todo tipo de contradicciones: son las antinomias y paralogismos de la razón pura. 
Como resultado se sigue la distinción de todos los objetos en fenómenos y noúmenos. Por fenómeno entiende Kant el objeto tal como es percibido por nosotros una vez que los contenidos de la sensación han sido sometidos a las formas trascendentales del espacio y el tiempo, por lo que respecta a la sensibilidad, y a las categorías por lo que respecta al entendimiento. La única forma posible de conocimiento, para nosotros, es el conocimiento de la realidad como fenómeno. Lo que sea esa realidad considerada «en sí misma», en cuanto noúmeno, es decir, independientemente de nuestro modo de conocerla, es algo que está fuera de nuestro alcance. Las categorías del entendimiento sólo se pueden aplicar a contenidos procedentes de la intuición sensible, ya que no hay ningún tipo posible de intuición intelectual.


Pero para fundar la filosofía hay que basarse únicamente en evidencias absolutas. Descartes usa la duda metódica, duda de todo para ver si queda algo indubitable y cierto. Pero advierte en seguida que, aun queriendo pensar que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. 
El cogito es la primera verdad en el orden del conocimiento;
Y ello en dos sentidos: por una parte porque es la primera verdad a la que llegamos cuando hacemos uso de la duda metódica, y en segundo lugar porque a partir de ella podemos fundamentar todas las demás. En relación con la famosa frase “pienso, luego existo” es necesario hacer las siguientes precisiones: 
Aunque Descartes presenta este conocimiento en forma de razonamiento (“luego…”) no llega a esta verdad a partir de una demostración. No llega de esta manera porque la duda metódica (particularmente la hipótesis del genio maligno) pone en cuestión precisamente el valor de la razón deductiva. Además, si esta proposición fuese la conclusión de algún silogismo, habríamos necesitado conocer previamente la mayor “todo lo que piensa es o existe” la cual se fundamenta precisamente en la observación de que uno mismo no puede pensar si no existe, puesto que las proposiciones generales las obtenemos del conocimiento de las particulares. El “cogito, ergo sum” es una intuición. 
En Descartes pensar tiene un significado genérico y viene a ser sinónimo contenido psíquico. El propio Descartes nos dice que con la palabra “pensar” entiende “todo lo que se produce en nosotros de tal suerte que lo percibimos inmediatamente por nosotros mismos. El rasgo común a entender, querer, pensar, sentir es  que todas estas vivencias tienen el atributo de la consciencia. Todo acto mental presenta la carácterística de ser indudable, ninguno de ellos puede ser falso.
El cogito se va a convertir en criterio de verdad: en la proposición “pienso, luego existo” no hay nada que asegure su verdad . Por eso podemos tomar como regla general que “las cosas que concebimos más claras y más distintamente son todas verdaderas”.


Descartes obtiene el criterio de verdad a partir de la primera verdad descubierta con el ejercicio de la duda metódica. 
Como ejemplo de claridad y distinción, y de sus opuestos, oscuridad y confusión, cabe poner ejemplos tomados de la percepción. Cuando decimos “el gato está encima de la cama” mi conocimiento es “claro” si estoy viendo al gato encima de la cama; es “oscuro” si hago dicho juicio sin tener delante de mí a dicho gato. Si miro por la ventana al último árbol del jardín, las ramas que tiene se me presentan de forma “confusa”, ya que no soy capaz de ver con precisión cada una de ellas, las percibo mezcladas unas con otras, no veo con distinción los límites de cada una de ellas. Desde el punto de vista cartesiano también cabe claridad y distinción de conocimientos intelectuales.
Respecto de la proposición “pienso, luego existo”, se tiene un conocimiento “oscuro”, pues, nos limitamos a repetir sin evidencia la frase cartesiana. Si conocemos cada uno de los pasos de la duda metódica, tenemos un conocimiento “claro”. Si no podemos separar nuestros estados emocionales de nuestros pensamientos, tenemos un conocimiento confuso.
Descartes llama intuición a todo acto mental que capta una realidad con claridad y distinción.  Si sólo aceptásemos como verdadero aquello que se presenta con claridad, nunca nos equivocaríamos. Las demostraciones geométricas tienen precisamente certidumbre porque se fundan sólo en la evidencia, en la claridad. Tenemos evidencia plena de las nociones comunes  y de las naturalezas simples
 Este “criterio de verdad” no tiene total garantía hasta que no se demuestra la existencia de Dios y su bondad . La hipótesis del genio maligno pone en cuestión incluso la veracidad de aquello que parece mostrarse como más evidente  y llega a cuestionar la propia matemática.  Podemos llegar a la demostración de la existencia de Dios si vemos con “claridad y distinción” que cada uno de los pasos que seguimos en la argumentación es verdadero. Pero, a su vez, la claridad y distinción como criterio de verdad para conocimientos  sólo queda suficientemente justificada si Dios existe
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