Introducción
La salvación no es un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable. Pero, ¿de qué tipo debe ser esta esperanza para justificar que a partir de ella somos redimidos? ¿De qué tipo de certeza se trata?
La fe es esperanza
La esperanza es una palabra central de la fe bíblica. Fe y esperanza parecen intercambiables. En Hb 10, 22-23 se une la “plenitud de la fe” con la “confesión de la esperanza”. En la 1 Pedro 3, 15, se exhorta a los cristianos a dar respuesta sobre el logos, el sentido y la razón de su esperanza. De este modo, esperanza equivale a fe.
Pablo, en Ef 2, 12, recuerda que antes de su encuentro con Cristo no había en el mundo “ni esperanza ni Dios”. De este modo, la esperanza aparece como elemento distintivo de los cristianos porque les otorga un fundamento, sabiendo que la vida no acaba en un vacío. Esto ayuda a la consideración del presente, ya que el mensaje cristiano no es “informativo” sino “performativo”; es decir, no es solo comunicación, sino hechos que cambian la vida. Al cristiano se le da una vida nueva.
El encuentro con Dios como fuente de redención
Pero, ¿en qué consiste la esperanza, en cuanto esperanza, es “redención”? Está claro que llegar a conocer a Dios significa recibir esperanza, ya que esta deriva del encuentro real con Dios, lo que para el cristiano es casi imperceptible.
El concepto de esperanza en el Nuevo Testamento y la Iglesia primitiva
Debemos tener claro que el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario, como algunos personajes del mundo romano. Cristo, habiendo muerto en la cruz, nos da algo muy diferente: el encuentro con Dios vivo y, en consecuencia, con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, que transforma desde dentro la vida y el mundo.
La novedad la explica San Pablo en la Carta a Filemón 10-16. Los hombres que se relacionan entre sí como dueños y esclavos, miembros de la única Iglesia, se convierten en hermanos unos de otros, que es como se consideran los cristianos.
La superación del cosmos y la libertad personal
En la 1 Cor 1, 18-31 se muestra que los primeros cristianos eran de clase baja, que ya estaban preparados para la esperanza, aunque también hubo conversiones entre las clases más altas, ya que la religión estatal se había esclerotizado, siendo un simple ceremonial o “religión política”, relegando los dioses al ámbito de lo irreal.
En el caso de los cristianos, no son los elementos del cosmos, las leyes de la materia, lo que gobierna el mundo, sino un Dios personal. No son las leyes de la materia, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona que, si la conocemos bien, nos libera de las leyes del universo y nos hace libres. La vida no es solo producto de las leyes y de la causalidad de la materia, sino que, por encima de todo, hay una voluntad personal, un Espíritu que se revela como Amor en Jesús.
Cristo: El Filósofo y el Pastor
Este Cristo Jesús se representa en los sarcófagos antiguos con dos imágenes: la del filósofo y la del pastor:
- El filósofo: Era el que enseñaba al hombre a ser hombre de manera recta, el arte de vivir y morir. Tiene el Evangelio en una mano y en la otra el bastón del caminante. Con el bastón vence la muerte y con el Evangelio lleva la verdad que los filósofos habían buscado en vano.
- El pastor: Expresaba el sueño de una vida serena y sencilla en el arte romano. Ahora, esta imagen adquiere un nuevo escenario (Sal 23, 1-4): el pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte. Él mismo ha recorrido este camino, lo ha vencido y ha vuelto para darnos la certeza de que, con Él, hay una vía abierta.
La fe como hypostasis y elenchos
En el Nuevo Testamento, en Hb 1, tenemos la definición de la fe que une esta virtud con la esperanza: “La fe es la hypostasis de lo que se espera y prueba (elenchos) de lo que no se ve”.
- Para los Padres y teólogos de la Edad Media, hypostasis se traducía como substantia.
- Sto. Tomás dirá que es un habitus, una constante disposición del ánimo.
- La fe no es solo un tender hacia lo que ha de venir; la fe nos da algo “ya, ahora”, una realidad esperada que es para el cristiano una prueba de lo que aún no se ve.
La nueva base de la vida
Esta explicación se conecta con la vida concreta en Hb 10, 34. Se utiliza el término hyparchonta (propiedades/sustento). Los cristianos soportaban la pérdida de sus bienes porque habían encontrado una “base” más perdurable. La fe otorga a la vida un nuevo fundamento donde la renta material queda relativizada.
Paciencia y perseverancia: Hypomone e hypostole
Para comprender esta reflexión, debemos analizar dos palabras de Hb 10, 36 y 39:
- Hypomone: Se traduce por “paciencia”, perseverancia o constancia. Señala la necesidad del creyente de soportar pruebas para alcanzar la promesa.
- Hypostole: Expresa el retraerse de alguien que no dice la verdad, lo cual lleva a la “perdición”.
Como dice la 2ª carta a Timoteo: “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio”.
La vida eterna: ¿Qué es?
Hay que preguntarse si la fe cristiana es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida. En el rito del Bautismo, cuando se preguntaba qué pedían a la Iglesia, la respuesta era: “la fe”. Y ¿qué da la fe? “La vida eterna”.
Existe una contradicción en nuestra actitud: no queremos morir, pero tampoco deseamos existir ilimitadamente. Agustín escribió: “En el fondo queremos solo una cosa, la vida bienaventurada”. Existe en nosotros una docta ignorantia (sabia ignorancia); no conocemos esta “verdadera vida” y, sin embargo, sabemos que debe existir algo hacia lo que nos sentimos impulsados.
