El Sistema Filosófico de Descartes: De la Certeza a la Metafísica

EL MÉTODO CARTESIANO

Un problema central para **Descartes** fue la **fundamentación del conocimiento**. Viendo los muchos errores que a lo largo de los siglos habían sido presentados y defendidos como verdades incuestionables, su objetivo era fundar un conocimiento **cierto**, es decir, llegar a la **verdad**.

Frente al clima de **escepticismo** de su época, Descartes supuso que la **razón** goza, por sí misma, de la capacidad natural e infalible de conocer la verdad. Sin embargo, esta capacidad raramente se usa bien. Los prejuicios, las pasiones o la precipitación la conducen al error. Por esto, estimó que necesita ser orientada adecuadamente a través de un **método seguro**: el que conocemos como **método cartesiano**.

Este método, según Descartes, es el instrumento para guiar a la razón y debe consistir en un conjunto de reglas seguras y sencillas, que son las siguientes:

  • 1. Regla de la evidencia: Consiste en admitir como verdadero sólo lo que es conocido evidentemente como tal, es decir, que sólo se han de aceptar aquellas ideas que nuestra mente posea con claridad y distinción.
  • 2. Regla de análisis: Hay que dividir los problemas en tantas partes como sea necesario, con la finalidad de reducir el conocimiento complejo a sus partes más simples y evidentes. Éstas han de servir como punto de partida de todo nuestro conocimiento.
  • 3. Regla de síntesis: Hemos de conducir nuestros pensamientos partiendo de aquellas ideas más simples y seguras, y así podremos pasar de lo conocido a lo desconocido aplicando la deducción, segunda operación de la mente, que consiste en cualquier derivación necesaria de una idea a partir de otra que conocemos con certeza.
  • 4. Regla del recuento: Implica revisar con detalle nuestro proceso, para tener la seguridad de no haber errado en el desarrollo del método. Comprobamos que el análisis ha sido completo y que la síntesis se ha realizado correctamente.

LA DUDA METÓDICA Y LA PRIMERA CERTEZA

Descartes, para afrontar con éxito la búsqueda de la certeza absoluta, supuso que era necesario dudar de todo. No se trata de una duda escéptica, sino **metódica y provisional**; es decir, se considera como condición necesaria poner a prueba los enunciados que son objeto de demostración, con la intención de asentarlos sobre bases exclusivamente racionales.

Esta duda es universal, ya que se extiende a todo conocimiento o creencia, porque supone una actitud consciente y deliberada.

Motivos para la Duda Cartesiana

Descartes juzgó que existían diversos motivos para dudar:

  • La incertidumbre de los datos sensoriales: Porque guiados por los sentidos, durante milenios los hombres afirmaban que la Tierra inmóvil era el centro del universo. Los sentidos nos han engañado muchas veces; por esta razón, Descartes duda de todos los datos que se originan en los sentidos, incluyendo el propio cuerpo y toda la realidad material del mundo.
  • Errores de razonamiento: El ser humano los comete a menudo. Una buena parte del saber tradicional escolástico se fundamenta en la razón y en su poder discursivo, pero en la época de Descartes este saber se ha vuelto confuso e incierto, por lo que es válido dudar de todos los razonamientos que se han tenido por demostrativos.
  • La dificultad para distinguir el sueño de la vigilia: Algunas veces tenemos sueños que son, por sus cualidades, semejantes a las percepciones que tenemos durante la vigilia. Podría ocurrir que estuviésemos soñando cuando nos creemos despiertos, y viceversa.
  • La hipótesis del genio maligno: Podemos formular (como hizo Descartes) la hipótesis de que existe un genio maligno que nos induce a creer que estamos en lo cierto siempre que erramos, y viceversa. Su posible existencia es el motivo más poderoso para dudar, pues afectaría, incluso, a nuestros razonamientos matemáticos.

Tras la duda metódica de Descartes, se dio cuenta de que, cuando se duda de todo, surge una verdad de la que es imposible dudar: la **existencia de un yo que duda**. Podría dudar de la existencia del mundo que me rodea, pero es incuestionable que existe un yo que piensa y que duda sobre ese mundo. Descartes lo expresó con su famoso “pienso, luego existo” (“cogito, ergo sum”). Así, estableció su 1ª certeza, esta idea clara y distinta como el principio y fundamento de su sistema.

LAS TRES SUSTANCIAS

Una vez alcanzada la certeza absoluta del “yo pensante”, Descartes se preguntó: “¿quién soy yo?”. Si lo único que sabemos con seguridad es que el yo tiene que consistir en pensamiento, se concluye que yo soy una cosa o **sustancia que piensa**.

Para Descartes, puedo dudar de mi cuerpo y del mundo que me rodea, ya que la información que tengo de ello me llega a través de los sentidos y estos no son fiables. Sin embargo, no puedo dudar de la existencia de mis pensamientos, de mis ideas, de mi subjetividad. Mi subjetividad es el conjunto de pensamientos, representaciones, ideas, etc. que fluyen en mi yo. Pero no tenemos la seguridad de que estas representaciones subjetivas se correspondan con hechos del mundo exterior. Descartes quiso encontrar la manera de saber si sus ideas sobre el mundo son veraces o no, por lo que realiza un estudio de las diferentes ideas y las clasifica según su origen. Distingue tres tipos de ideas:

Clasificación de las Ideas

  • Adventicias: Proceden de la experiencia sensible, de mi percepción del mundo.
  • Facticias: Invenciones de nuestra imaginación a partir de la experiencia sensible, como “centauro”, ”dragón”, “sirena” etc. Estas dos ideas pueden resultar erróneas.
  • Innatas: Emanan de la razón misma y no de la experiencia sensible. Sólo estas ideas son claras y distintas y, por tanto, principio del conocimiento verdadero.

Descartes sostuvo que las ideas claras y distintas se obtienen mediante la primera operación del espíritu: la **intuición intelectual**. Gracias a ellas, una mente capta de manera inmediata conceptos simples, claros y distintos, sin que quede ninguna posibilidad de duda o error. Por ejemplo, las ideas de triángulo, pensamiento o existencia.

La idea del “yo pienso” —afirmó Descartes— manifiesta mi imperfección y finitud, puesto que en ella advierto mis dudas y carencias. Ahora bien, en contraste, junto a la idea de imperfección encuentro en mi pensamiento la de **perfección**, es decir, la idea de **Dios**. Se preguntó por el origen de esta idea: no puede ser una idea adventicia, es decir, no es posible que provenga de fuera, puesto que no tenemos una percepción sensible De Dios; tampoco puede ser una idea facticia, porque nosotros fabricamos este tipo de ideas y es imposible que seamos capaces de imaginar una perfección máxima, que es ajena a nosotros y no hemos experimentado nunca; por exclusión, sólo puede ser una idea innata, puesta en mi mente por una realidad más perfecta que yo y dotada de la máxima perfección, es decir, por Dios mismo.

Dios como Garantía del Conocimiento

La demostración de la existencia de Dios es una pieza fundamental en la metafísica cartesiana. **Dios es la realidad que permite superar la subjetividad**. Ahora ya sé que fuera de mi yo hay otra realidad, la sustancia perfecta, un ser que no puede permitir, debido a su bondad infinita, que mis ideas claras y distintas sean un engaño. Así, Descartes da un paso más: Dios se convierte en garantía del conocimiento. Los atributos esenciales que definen a Dios son claros para él: perfección e infinitud. Lo describió como una sustancia eterna, inmutable, independiente, omnisciente, todopoderosa y creadora de todas las cosas que existen. Pero, sobre todo, “demostrar” la existencia de Dios elimina la hipótesis del genio maligno.

La duda ha permitido a Descartes afirmar la existencia de una primera sustancia: el **yo pensante o res cogitans**. A su vez, el yo pensante descubre una segunda sustancia: **Dios, la res infinita**, ser con todas las perfecciones, entre ellas la veracidad.

Pero, mi yo tiene plena conciencia de la diferencia entre la idea del yo pensante y la idea del cuerpo extenso. Del yo pensante no puedo dudar; del cuerpo, sí. Pero existe un Dios perfecto y veraz, y este Dios, que nos ha creado como seres racionales, no puede permitir, debido a su bondad, que nos engañemos cuando hacemos un uso adecuado de nuestra razón. Así, la bondad de Dios nos garantiza la existencia de un mundo material, ya que tenemos la idea de que ello existe. Por tanto, la materia o res extensa (esto incluye nuestro propio cuerpo) constituye la tercera sustancia de la metafísica cartesiana.

Cualidades de la Materia

De la materia sólo podemos afirmar con seguridad las llamadas cualidades primarias u objetivas, como son la extensión (en longitud, anchura y profundidad), el tamaño y la figura, también el movimiento. Son precisamente las cualidades de las que cabe un conocimiento «claro y distinto», ya que se puede expresar en términos matemáticos.

Por su parte, las cualidades secundarias son aquellas que no existen en las cosas mismas, y que, en cierto sentido son subjetivas, puesto que aparecen en nosotros como consecuencia de la influencia de las cosas físicas sobre nuestros sentidos.

Ahora bien, para explicar la relación y la comunicación del yo pensante y la materia, Descartes postuló que hay un punto en nuestro cerebro, llamado glándula pineal, que se encuentra en medio del cerebro. En esta glándula se aloja el alma; desde allí conecta con el cuerpo y modifica los movimientos de éste.

LIBERTAD Y MECANICISMO

Como vemos, Descartes reactiva el **dualismo antropológico** que defendía Platón, dejando de lado la visión integracionista aristotélica. La razón principal de ello es la defensa de la libertad humana.

El Cuerpo como Máquina

El cuerpo, al formar parte de la res extensa, está gobernado por las leyes mecánicas que lo determinan. Esta concepción mecanicista lleva a una visión determinista, postura que afirma que todo lo que hacemos está prefijado y sucede de un modo inevitable. Si todo estuviera determinado, la libertad no tendría lugar.

Si el yo pensante no fuera una sustancia completamente separada y desligada del cuerpo, el ser humano no sería libre, sino que se comportaría como una máquina, algo inaceptable para Descartes. La libertad es un bien que Descartes proclamó, ya que esa misma libertad era la que le había permitido dudar de todo. Por tanto, el alma es una sustancia que de ninguna manera se puede someter a las leyes mecánicas y deterministas.

Este determinismo en el aspecto corporal promovió un estudio del cuerpo humano en los aspectos biológico, fisiológico y médico. Si el cuerpo es como una máquina que se puede desmontar, éste puede diseccionarse para ser estudiado, lo que ayudó al avance de la medicina. Por otro lado, al considerar que la realidad material es de orden inferior, la naturaleza y los animales quedan a disposición de la voluntad del ser humano, postura bastante contraria al ecologismo de nuestros días.

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