Concepto de sustancia hume

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Aunque nuestro pensamiento parece poseer una libertad ilimitada, en realidad está reducido a límites muy estrechos. Todas nuestras ideas son copias de nuestras impresiones, es imposible pensar algo que no hemos sentido previamente con nuestros sentidos. La razón no puede engendrar por sí sola una idea original. No existen las ideas innatas.

Para demostrar esto Hume nos da dos argumentos. En primer lugar, todas nuestras ideas, por complejas que sean, están formadas a partir de ideas más simples cuyo origen último es una impresión.
Así ocurre hasta con la idea de Dios, que se forma aumentando al máximo características que nosotros poseemos como la bondad y el conocimiento. Si alguien quisiera poner en duda la universalidad de este argumento, Hume señala un “método de refutación”: que se muestre una sola idea que no provenga de alguna impresión previa.

El segundo argumento señala que cuando el ser humano no es capaz, debido a algún defecto sensorial, de poseer algún tipo de impresión, tampoco es capaz de poseer la idea correspondiente. Así un ciego no podrá llegar a conocer el color azul. La ausencia de una impresión previa impide a un invidente formarse la idea de lo que es un color.

Las impresiones son los átomos que conforman la materia del conocimiento. Sin ellas, no podríamos conocer nada, ni siquiera lo ficticio e imaginario. Cuando una idea es ambigua, siempre se puede recurrir a la impresión correspondiente que la puede convertir en clara y precisa. Si un término filosófico no puede remitirse a ninguna impresión, carece de significado.

El principio de copia establece una frontera entre el conocimiento y la metafísica. La metafísica no aporta conocimiento, sus ideas son falsas, confusas y dogmáticas. En este sentido, el principio de copia se convierte en el criterio empirista del conocimiento. De acuerdo con él, cualquier afirmación que hagamos sobre el mundo ha de estar apoyada en el testimonio de los sentidos y guardar con ellos una estricta correspondencia, en caso contrario habría que declarar esa afirmación como metafísica, como un intento frustrado de hablar sobre la realidad.

Hume emplea el principio de copia para desenmascarar la falta de significado de ciertos términos metafísicos.

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Hume es absolutamente contrario a la metafísica entendida como un saber que pretende ir más allá de la experiencia. El escepticismo radical llega a negar la posibilidad de cualquier conocimiento de la realidad exterior. Hume adopta un escepticismo moderado: nada nos asegura racionalmente la existencia del mundo, pero la viveza de las impresiones basta para fundar la creencia de un mundo exterior. Este escepticismo moderado nos cura del dogmatismo metafísico, el reconocer las limitaciones de nuestro entendimiento nos impide abordar cuestiones que no tienen su fundamento en la experiencia, como las metafísicas.

Cuando Hume aborda el conocimiento de la realidad, lo primero que hace es preguntarse por la validez de la idea de sustancia, y para ello recurrirá al criterio de verdad empirista: una idea es verdadera si le corresponde una impresión; pero, no hay ninguna impresión que corresponda a la idea de sustancia, ya que esta idea no contiene nada sensible. Lo que sentimos son los accidentes de la sustancia, pero no la sustancia, y una idea a la que no le corresponde ninguna impresión es una idea falsa. La idea de sustancia es producida por la imaginación; no es más que una colección de ideas simples unificadas por la imaginación bajo un término que las designa, una colección de cualidades que están relacionadas por contigüidad y causación.

Tenemos una tendencia natural a creer en la existencia de cuerpos independientemente de nuestras percepciones. Creemos que los objetos y las percepciones de ellos son una sola cosa, o que nuestras percepciones están causadas por los objetos, y que las percepciones nos pertenecen y los objetos están fuera de nosotros, perteneciéndoles un tipo de existencia continuada e independiente de la nuestra. Hume dice que tal creencia se encuentra infundada. En realidad estamos encerrados en nuestras percepciones, y no podemos ir más allá de de ellas, ya que son lo único que se muestra a nuestra mente. Las percepciones son de dos tipos: impresiones e ideas. Las ideas se producen en nuestra mente como copia de las impresiones. Pero ambas son solo contenidos mentales que se diferencian por su intensidad y no podemos nunca ir más allá de nuestras impresiones e ideas.

Si intentásemos aplicar el principio de causalidad para demostrar que nuestras impresiones están causadas por objetos externos, incurriríamos en una aplicación ilegítima de tal principio, ya que tenemos constancia de nuestras impresiones, pero no la tenemos de los supuestos objetos externos que las causan, por lo que rebasaría el ámbito de la experiencia, el único en el que podemos aplicar el principio de causalidad. La creencia en la existencia independiente de los objetos externos la atribuye Hume a la imaginación, debido a la constancia y a la coherencia de las percepciones. No se puede justificar tal creencia apoyándose en los sentidos ni apelando a la razón. No puede proceder de los sentidos, ya que estos no nos ofrecen nada distinto de nuestras perfecciones. Tampoco la razón podría ser la base de tal creencia, ya que no es posible recurrir al principio de causalidad, ni a la idea de sustancia para justificar la existencia de objetos externos e independientes de mis percepciones. No hay justificación racional alguna de dicha creencia, por lo que Hume dice que se basa en la imaginación. Aunque es imposible eliminar dicha creencia de nuestra vida práctica.

Para la metafísica, la existencia del alma, una sustancia subsistente y causa o sujeto de todas las actividades mentales era uno de sus pilares. Habiendo rechazado la validez de la idea de sustancia, no podemos seguir manteniendo la idea de alma, de un sujeto que permanece idéntico a sí mismo, pero que es simple y distinto de sus percepciones. No existen impresiones constantes e invariables entre nuestras percepciones de las que podamos extraer la idea del alma. Las pasiones y sensaciones se suceden unas tras otras y nunca existen todas al mismo tiempo. Luego la idea de alma no puede derivar de estas impresiones. En consecuencia, a tal idea no corresponde realidad alguna. Lo que nos induce a atribuir simplicidad e identidad al yo, a la mente, es una confusión entre las ideas de “identidad” y “sucesión”, a la que hay que sumar la acción de la memoria. Ésta, al permitirnos recordar impresiones pasadas, nos ofrece una sucesión de impresiones que terminamos por atribuir a un sujeto, confundiendo a sí la idea de sucesión con la idea de identidad.

Teniendo en cuenta las críticas realizadas a la idea de sustancia y al principio de causalidad, Hume no reconocerá validez alguna a las demostraciones metafísicas de la existencia de Dios, considerando que no es demostrable racionalmente. Es inútil partir del análisis y las determinaciones de la sustancia para intentar demostrar la existencia de una sustancia infinita, de Dios. Los argumentos que se basan en el principio de causalidad incurren en un claro uso ilegítimo del principio, ya que éste solo se puede aplicar a la experiencia, y no tenemos experiencia alguna de Dios.

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