Comentario General de Textos: Política (Libros III, Capítulos 7 y 8)
Referencia Textual
TEXTO 7: Política. Libro III. Capítulo 7, 1279a 1 – 1279 b 55 (ed. Gredos, pp. 171-172).
Una vez hechas estas precisiones, hay que examinar a continuación cuántas en número y cuáles son las formas de gobierno; y en primer lugar las rectas, pues, definidas estas, resultarán claras las desviaciones.
Puesto que régimen y gobierno significan lo mismo, y gobierno es el elemento soberano de las ciudades, necesariamente será soberano o uno solo, o pocos, o la mayoría; cuando el uno o la minoría o la mayoría gobiernan atendiendo al interés común, esos regímenes serán necesariamente rectos; pero los que ejercen el mando atendiendo al interés particular del uno o de la minoría o de la masa son desviaciones; porque, o no se debe llamar ciudadanos a los que participan en el gobierno, o deben participar en las ventajas de la comunidad.
Clasificación de Regímenes Rectos
- De los gobiernos unipersonales, solemos llamar monarquía a la que mira al interés común.
- Aristocracia al gobierno de unos pocos, pero más de uno, bien porque gobiernan los mejores, o bien porque se propone lo mejor para la ciudad y para los que pertenecen a ella.
- Cuando la mayor parte es la que gobierna atendiendo al interés común recibe el nombre común a todos los regímenes: república (o *politeia*). Y es así con razón, pues uno solo o unos pocos pueden distinguirse por su excelencia; pero un número mayor es ya difícil que alcance la perfección en toda clase de virtud, pero puede destacar especialmente en la virtud guerrera, pues esta se da en la masa. Por ello precisamente en este régimen la clase combatiente tiene el poder supremo y participan en él los que poseen las armas.
Desviaciones de los Regímenes
Las desviaciones de los regímenes mencionados son:
- La tiranía de la monarquía.
- La oligarquía de la aristocracia.
- La democracia de la república.
La tiranía es una monarquía que atiende al interés del monarca, la oligarquía al interés de los ricos y la democracia al interés de los pobres; pero ninguno de ellos atiende al provecho de la comunidad […].
Referencia Textual
TEXTO 8: Política. Libro III. Capítulo 8, 1279 b 20-59 (ed. Gredos, pp. 172-173).
La tiranía es, como se ha dicho, una monarquía que ejerce un poder despótico sobre la comunidad política. Hay oligarquía cuando los que tienen la riqueza son dueños y soberanos del régimen; y, por el contrario, democracia cuando son soberanos los que no poseen gran cantidad de bienes, sino que son pobres.
Dificultades en la Definición
Una primera dificultad concierne a la definición. En efecto, si la mayoría fuese rica y ejerciera el poder de la ciudad, y si, igualmente, en alguna parte ocurriera que los pobres fueran menos que los ricos, pero por ser más fuertes ejercieran la soberanía en el régimen, podría parecer que no se han definido bien los regímenes, puesto que hemos dicho que hay democracia cuando la mayoría es soberana, y oligarquía cuando es soberano un número pequeño.
Por otro lado, si se combina la minoría con la riqueza, y el gran número con la pobreza para definir así los regímenes, y se llama oligarquía a aquel en que los ricos, que son pocos, tienen las magistraturas, y democracia a aquel en que las tienen los pobres, que son muchos en número, eso implica otra dificultad. Pues, ¿cómo llamaremos a los regímenes recién mencionados: aquel en que los ricos sean más numerosos y aquel en que los pobres sean menos, pero unos y otros sean dueños de sus respectivos gobiernos, si no hay ningún otro régimen fuera de los mencionados?
Respuesta Cuestión 1 (Sobre Textos 7 y 8)
El tema se centra en el examen de las formas de gobierno y en la distinción entre regímenes rectos y desviados, lo que lleva a plantear la cuestión fundamental de la filosofía política aristotélica: ¿cómo debe organizarse la polis para que los ciudadanos alcancen el bien común y, por tanto, su propia eudaimonía?
Aristóteles sostiene que el ser humano es, por naturaleza, un zoon politikon, es decir, un animal social y político cuya realización plena solo puede darse dentro de la ciudad. Por ello, entender la política no es solo cuestión de poder o de leyes, sino de orientar la vida de los ciudadanos hacia la excelencia y la felicidad. La idea principal del texto gira en torno a la relación entre la forma de gobierno y la finalidad de la polis: los regímenes son rectos cuando buscan el bien común y desviados cuando persiguen intereses particulares, ya sea del monarca, de la minoría rica o de la mayoría pobre.
Clasificación y Corrupción
Aristóteles clasifica los gobiernos rectos en monarquía, aristocracia y politeia (república), siendo esta última la forma correcta de democracia, en la que gobierna la mayoría de acuerdo con la justicia y en beneficio de todos. A diferencia de las desviaciones de estos regímenes que son la tiranía, la oligarquía y la democracia degenerada que se caracterizan por la búsqueda del interés particular en lugar del bien común.
Aplicación del Hilemorfismo a la Política
Esta diferenciación refleja el hilemorfismo aplicado a la política: la materia sería la estructura social concreta, mientras que la forma sería la virtud que guía el gobierno hacia su telos, que no es otro que la felicidad y el bien de la comunidad. Así, la ciudad se convierte en un organismo teleológico, donde cada ciudadano, mediante la práctica de virtudes éticas y dianoéticas, contribuye a la perfección del conjunto, alcanzando su propia realización.
Además, también se ve la importancia de la prudencia práctica (*phronésis*), que permite a los gobernantes tomar decisiones ajustadas a la justicia y al interés común. La virtud ética en los ciudadanos y la virtud política en los dirigentes se relacionan, ya que solo en un Estado virtuoso puede darse la vida contemplativa y la vida activa, necesarias para alcanzar la eudaimonía. Aristóteles, al igual que en la *Ética a Nicómaco*, plantea que la felicidad no es un don externo ni un placer pasajero, sino la actualización de todas las potencialidades humanas mediante hábitos de virtud, tanto éticos como intelectuales. La ciudad, por tanto, no es solo un contexto de seguridad, sino un espacio que permite desarrollar la excelencia moral y racional, siguiendo la teleología de la naturaleza humana: cada individuo y cada institución tiene un fin que debe perseguir para realizar su potencia.
Complejidad de la Aplicación
Al mismo tiempo, trata sobre cómo se definen los regímenes: cómo distinguir la oligarquía de la democracia cuando el número de ricos o pobres varía, lo que evidencia la complejidad de aplicar la teoría aristotélica a la realidad. Aristóteles reconoce que la perfección política no reside en la igualdad numérica, sino en que el poder se ejerza conforme a la justicia, al hábito y a la finalidad de la ciudad. Esto se relaciona con el concepto de acto y potencia: la ciudadanía tiene el potencial de participar en la vida política, pero solo en acto si se respeta la justicia y el bien común. La política se convierte así en la ciencia práctica que permite equilibrar los intereses individuales con la finalidad suprema de la comunidad.
En conclusión, Aristóteles entiende la política como un conocimiento práctico relacionado con la ética y la teleología humana, pues solo los regímenes que orientan la vida de los ciudadanos hacia el bien común permiten que cada individuo alcance su propósito y, por tanto, la eudaimonía. La distinción entre gobiernos rectos y desviados, la función de la prudencia práctica y la centralidad de la justicia, manifiestan una gran relación entre ética y política en su pensamiento, mostrando que la perfección del ser humano y de la polis son inseparables. La ciudad es, en definitiva, el escenario en el que se actualizan las potencialidades humanas, donde la vida racional y virtuosa se pone en acto y donde se puede aspirar a la felicidad plena según la naturaleza de cada uno.
Respuesta Cuestión 2 (General 4, 5, 6, 7 y 8)
Este texto gira en torno a la naturaleza de la polis, el carácter social del ser humano y la finalidad del poder político, que debe dirigirse siempre al bien común. La tesis fundamental es que la ciudad no es una convención artificial, sino una realidad natural que surge según la *phýsis* humana, cuyo fin último es hacer posible el vivir bien, es decir, la eudaimonía de los ciudadanos.
Relación entre Teleología, Naturaleza Humana y Política
Esta idea política solo se entiende correctamente si se relaciona con las ideas del pensamiento aristotélico. En primer lugar, Aristóteles parte de una visión teleológica de la realidad: todo ser natural tiende a un fin (*télos*), a un fin propio, cuya naturaleza no actúa al azar, sino orientada a la realización plena de las potencias de cada ser. Así, lo que una cosa es en acto, una vez que completado su desarrollo, da lugar a su verdadera naturaleza. Esta idea, aplicada a la política, establece que la ciudad es el fin natural de las comunidades humanas más simples, como la familia y la aldea. Aunque cronológicamente la ciudad aparezca después, ontológicamente es anterior, porque es el lugar en el que el ser humano puede realizar plenamente su naturaleza humana.
Por ello, Aristóteles plantea al hombre como zoon politikon, un animal social por naturaleza. El ser humano no se basta a sí mismo viviendo aislado, ya que solo en la comunidad política puede desarrollar sus capacidades racionales y morales. A diferencia de otros animales gregarios, el hombre posee logos (palabra y razón), que no le sirve no solo para expresar placer o dolor, sino para reflexionar sobre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo. Esta capacidad racional le ayuda en su vida ética y política, ya que permite establecer normas, leyes y acuerdos orientados al bien común.
Vínculo entre Ética y Política
La política aristotélica está muy relacionada con su ética, ya que parten del conocimiento práctico, teniendo como finalidad el bien humano. La ética se ocupa de la acción individual y la formación del carácter mediante las virtudes éticas y dianoéticas, mientras que la política se ocupa del bien colectivo. Sin embargo, Aristóteles plantea que la ética depende de la política, porque solo dentro de una ciudad bien organizada pueden los ciudadanos adquirir hábitos virtuosos. La función del Estado no es solo garantizar la supervivencia, sino crear las condiciones para una vida buena, según la virtud y guiada por la prudencia (*phronésis*), de ahí que se entienda la clasificación de las diferentes formas de gobierno.
Clasificación y Justicia
Aristóteles distingue entre regímenes rectos y desviados teniendo en cuenta si el poder se plantea en beneficio del bien común o de los intereses de cada individuo. Así, la monarquía, la aristocracia y la politeia son formas justas cuando buscan el bien de todos, mientras que la tiranía, la oligarquía y la democracia degenerada son corrupciones, ya que gobiernan en favor del gobernante, de los ricos o de los pobres. Esta clasificación plantea la importancia que Aristóteles le da a la justicia, considerada la virtud política por excelencia y la suma de todas las virtudes.
Visión Hilemórfica de la Ciudad
Además, la concepción aristotélica del Estado se apoya en su visión hilemórfica de la realidad. La ciudad no es una simple suma de individuos, del mismo modo que una sustancia no es una simple suma de materia y forma. Es un todo, en el que cada parte cumple una función teniendo en cuenta la comunidad. Esta idea explica por qué Aristóteles se niega a relacionar el gobierno político con el dominio del amo sobre el esclavo o del padre sobre la familia, pues cada relación responde a una naturaleza y a unos fines distintos.
En conclusión, la política se basa en su idea de la naturaleza, del ser humano y de la finalidad de la acción. La ciudad es una realidad natural orientada al bien común, y el hombre solo alcanza su perfección y su felicidad viviendo conforme a la virtud dentro de una comunidad justa. De este modo, Aristóteles relaciona ética y política en su concepción teleológica de la realidad, en la que todo tiende a actualizar plenamente sus potencias y a realizar su fin propio.
Respuesta Cuestión 3 (Comparación con Locke)
Origen y Legitimidad del Poder: Aristóteles vs. Contractualismo Moderno
Aristóteles plantea un problema central de la filosofía política como es el origen y la legitimidad de la comunidad política y del poder, así como el criterio que permite distinguir un gobierno justo de uno injusto. Este mismo problema vuelve a aparecer en la Edad Moderna, aunque tratado de forma muy diferente, especialmente en el contractualismo político, cuya finalidad es explicar de forma racional el origen del Estado y justificar su autoridad.
La Perspectiva de John Locke
En la filosofía moderna, el contractualismo parte de una concepción diferente del ser humano y de la sociedad. Locke entiende que los individuos existen primero de forma independiente, en un supuesto estado de naturaleza, y que la sociedad política aparece posteriormente como resultado de un acuerdo voluntario. En este estado de naturaleza, según Locke, los seres humanos son libres e iguales y poseen derechos naturales, como la vida, la libertad y la propiedad, regulados por una ley natural mediante la razón.
Sin embargo, este estado presenta inconvenientes al no haber leyes escritas ni jueces imparciales, provocando inseguridad, sobre todo respecto a la propiedad. Para solucionar estos problemas, los individuos deciden realizar un contrato social mediante el cual crean un Estado. Este pacto no elimina los derechos naturales, sino que busca garantizarlos de manera más eficaz. Por ello, el poder político no tiene un origen natural ni divino, sino convencional y racional, basado en el consentimiento de los gobernados. El gobierno solo es legítimo si protege los derechos naturales y actúa según las leyes; de lo contrario, el pueblo tiene derecho a rebelarse para cambiarlo. De esta manera, Locke establece una idea del poder limitada, sometida a las leyes y a la división de poderes.
Contrastes Fundamentales
Esta forma de entender la política contrasta con la postura de Aristóteles, pues para este, la ciudad es una realidad natural, no algo artificial creado mediante un acuerdo. El ser humano es por naturaleza un zoon politikon, es decir, un ser que solo puede realizar plenamente su naturaleza viviendo en comunidad. La ciudad no aparece para proteger los derechos individuales, sino para hacer posible el bien común y la vida buena, orientada a la eudaimonía. Mientras que Locke parte del individuo y de sus derechos, Aristóteles parte de la comunidad como un lugar necesario para el desarrollo de las virtudes éticas y dianoéticas.
Además, Aristóteles entiende el poder político desde una concepción teleológica: toda comunidad tiene un fin (*télos*), siendo el de la ciudad permitir una vida teniendo en cuenta la virtud. Por eso diferencia entre formas de gobierno rectas y desviadas según si persiguen el bien común o el interés del individuo. En cambio, Locke no clasifica los regímenes por su orientación ética, sino por respetar los derechos naturales y el contrato. La legitimidad política, para Locke, no depende de la virtud de los gobernantes, sino del cumplimiento de la ley y del consentimiento popular.
Otra diferencia es la relación entre individuo y Estado. En Aristóteles, la ciudad es anterior por naturaleza al individuo, del mismo modo que el todo es anterior a las partes. En Locke ocurre lo contrario: el individuo es anterior al Estado, y este existe únicamente como instrumento al servicio de los ciudadanos. Esto explica también que Locke defienda el derecho de rebelión, algo que no entiende Aristóteles, pues para este, la estabilidad del orden político es un bien en sí mismo.
En conclusión, aunque tanto Aristóteles como Locke reflexionan sobre el origen y la legitimidad del poder político, lo hacen de manera opuesta:
- Aristóteles plantea una visión natural, ética y comunitaria de la política que se centra en el bien común y la realización de la naturaleza humana.
- Locke plantea una concepción contractual, individualista y liberal, en la que el Estado es una creación racional dirigida a proteger los derechos individuales.
