Para Descartes el conocimiento científico debe fundamentarse

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2) Las dos obras más importantes de Descartes son: el Discurso del método (1637) y las Meditaciones Metafísicas (1641). El punto de partida de la filosofía cartesiana es: ¿cómo asegurarnos de que la moderna ciencia físico- matemática de la naturaleza es verdadera? ¿Es posible establecer alguna verdad absolutamente cierta e indudable sobre la que construir esa nueva ciencia con total seguridad? Para responder a estar cuestiones, Descartes trata de formular un método de investigación que permita avanzar en el conocimiento con seguridad, partiendo de una serie de reglas, que garantice el razonamiento correcto y la reconstrucción de todo el saber humano. Las reglas de dicho método que Descartes elabora tomando como modelo el método de las matemáticas:

Regla de la evidencia, que exige rechazar cualquier idea que no sea clara. Se llega a la evidencia, bien por intuición, o visión intelectual directa de una verdad (como los primeros principios del razonamiento), bien por deducción, que permite derivar una serie de consecuencias necesariamente ciertas de tales principios intuitivamente evidentes

Regla del análisis, que consiste en reducir lo complejo a sus componentes más simples, que pueden conocerse intuitivamente.

Regla de la síntesis, por la cual, partiendo de los elementos simples, conocidos por intuición, se construyen argumentos o deducciones más complejas.

Regla de la enumeración en cuya aplicación se revisan todos los pasos dados para comprobar que no se han cometido errores en el razonamiento.

Seguidamente, Descartes aplica el método a la metafísica, raíz del “árbol de las ciencias”, para averiguar si existe una primera verdad absolutamente cierta, sobre la que elevar el edificio del conocimiento.

Para ello plantea la duda metódica, que consiste en cuestionar todos nuestros conocimientos a fin de hallar alguno que sea seguro e indubitable. La duda metódica tiene cuatro niveles:

Desconfianza del conocimiento aportado por los sentidos: como estos nos engañan muchas veces, suscitando ideas oscuras y confusas, podrían engañarnos siempre.

Confusión entre el sueño y la vigilia: los sueños no se distinguen a veces de la realidad, de manera que toda la realidad muy bien pudiera ser ilusoria (la existencia misma del mundo exterior a nuestra mente es dudosa y ha de ser demostrada)

Hipótesis del “Dios engañador”: los razonamientos matemáticos siguen teniendo validez, incluso en sueños, pero quizá Dios nos ha creado de tal manera que nos engañemos siempre, incluso en los razonamientos más evidentes.

Hipótesis del “genio maligno”: un suponiendo que Dios no puede engañarnos, porque es bondadoso, podría existir un espíritu malvado que se divirtiese haciéndonos errar cada vez que razonamos.

Sin embargo, aunque la duda parece haber eliminado todos nuestros conocimientos, incluidos los matemáticos, en el acto mismo de dudar aparece algo que resiste cualquier duda: si el sujeto duda, es que piensa, y, si piensa, es que existe “Pienso, luego existo” (“Cogito, ergo sum”). Esta proposición usualmente conocida como cogito, constituye la clave de bóveda de la metafísica cartesiana. Se trata de la primera verdad, conocida con absoluta claridad y distinción, cuya certeza permite fundamentar de modo seguro el “edificio de las ciencias”. Se ha señalado que su antecedente directo es la proposición de S.Agustín “Si yerro, existo” (“Si fallor, sum”).

Descartes define el yo como una sustancia pensante “res cogitans”, en la que hay ideas, voluntades y juicios (que son los que pueden conducirnos a error). A su vez, las ideas son de tres clases: adventicias, facticias e innatas. Son adventicias aquellas ideas que parecen provenir de objetos exteriores; las facticias, las crea nuestra imaginación y por último las innatas que parecen ser connaturales al sujeto.

Primera demostración de la existencia de Dios

Entre la ideas innatas encontramos una muy especial: la de un “ser infinitamente perfecto” (Dios), que no puede haber sido creada por el yo, ya que este es finito e imperfecto, de manera que esa idea ha tenido que ser puesta en el sujeto por un ser realmente infinito, con lo que queda demostrado que Dios existe.

Segunda demostración de la existencia de Dios

Descartes añade otras dos demostraciones de la existencia de Dios. La primera es una variante del argumento ontológico de San Anselmo: dado que el yo tiene en su mente la idea de un ser infinitamente perfecto, ese ser tiene que incluir entre sus perfecciones la de existir necesariamente.

Tercera demostración de la existencia de Dios

La segunda variante de la vía tomista de la contingencia: si el yo se hubiese dado a sí mismo la existencia, se habría dado todo tipo de perfecciones, entre ellas, la de existir necesariamente, pero se sabe finito, imperfecto y contingente; por tanto, ha tenido que haber sido traído a la existencia por otro ser, que puede ser contingente o necesario. La cadena de seres contingentes no puede ser infinita, pues entonces el yo no existiría actualmente, pero como sí existe, ha de haber un ser necesario, Dios, que lo ha creado y lo mantiene en la existencia.

Demostración de la existencia del mundo exterior

Dios, como ser infinitamente perfecto, tiene que ser bondadoso y no puede engañarnos: Él garantiza que el mundo exterior existe y que la ciencia matemática que se ocupa de él es verdadera (siempre que sus razonamientos se ajusten a las reglas del método).

La metafísica cartesiana distingue tres sustancias: la infinita (Dios), la pensante (almas) y la extensa (cuerpos físicos)

En la metafísica cartesiana la sustancia se define como “aquello que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir”. Según esto, solo Dios (la sustancia infinita) es propiamente sustancia; pero Descartes distingue otras dos sustancias finitas: la sustancia pensante (res cogitans) y la sustancia extensa (res extensa); el atributo carácterístico de la primera es el pensamiento, y sus modos son las almas y el atributo carácterístico de la segunda es la extensión y sus modos son los cuerpos físicos.

Antropología

La antropología cartesiana es dualista. En el hombre hay que distinguir el alma (inmortal), caracterizada por el pensamiento y el cuerpo (que es material y se caracteriza por la extensión). Son independientes, no se necesitan para existir.

El cuerpo es una máquina compleja, construida por Dios. La separación entre el alma y el cuerpo plantea el problema de la comunicación entre las dos sustancias, resuelto por Descartes mediante la glándula pineal, punto de contacto entre ambas


3) Descartes vivíó en el contexto de la guerra de los Treinta Años (1618 – 1648), conflicto en el que se decidíó la hegemonía europea, pues tras la Paz de Westfalia (1648), España inició un proceso de irreversible decadencia frente a Francia, que se fue imponiendo como el Estado más influyente de Europa hasta alcanzar el apogeo de su poder con Luis XIV, el “Rey Sol” que accede al poder en 1661.

Desde el punto de vista socioeconómico, las consecuencias de la guerra fueron devastadoras: la población se redujo drásticamente y los Estados europeos tardaron décadas en salir de la profunda crisis causada por el conflicto.

En el plano político. Se impuso el Estado absolutista, que concentra todo el poder en el rey, a quien se considera designado por Dios. La organización social era estamental: en la cúspide se situaba el rey; después, la nobleza y el alto clero, y en el tercer nivel el “tercer estado”, en el que comienza a destacar la burguésía comerciante.

En el terreno religioso, se produjo un enfrentamiento entre la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, destacando la orden de los jesuitas, dedicados a fortalecer la fe católica frente al protestantismo, y el jansenismo (movimiento religioso inspirado en S. Agustín y fundado por el teólogo Jan Senius) que se fundó en Francia a través de los escritos de Arnauld y Pascal (1623-1662).

En las artes dominaba el Barroco (movimiento artístico afín a la Contrarreforma católica, que acentuaba los efectos escenográficos, a fin de promover la fe de los fieles y para exaltar el poder de los monarcas de la época. Los dos grandes artistas del Barroco son Velázquez (1599-1680) activo en la corte española de Felipe IV y Bernini (1598-1680) arquitecto y escultor. Activo en la Roma Papal. La literatura manifiesta una concepción pesimista del hombre, resaltando la fugacidad y la vanidad de la vida, y muestra gran preocupación por la muerte (así sucede por ejemplo con las poesías de Quevedo y el teatro de Calderón de la Barca, cuya obra La vida es sueño trata cuestiones muy afines al pensamiento cartesiano como la confusión entre el sueño y al realidad. Por su parte en Francia destaca en el teatro Pierre Corneille:

Le Cid

Descartes es el primer gran filósofo de la Edad Moderna que está marcada por el humanismo renacentista y la Revolución científica Moderna.

Entre los siglos XV y XVI se desarrolló primero en Italia y luego en el resto de la Europa, el humanismo renacentista que coincidíó con la crisis de la filosofía escolástica. Los humanistas trataron de recuperar  la filosofía grecorromana coinciliandola con el pensamiento cristiano en el marco de una concordatio, que se extendía a todos los planos del saber. Los humanistas recuperaron el interés por el ser humano y la naturaleza y desarrollaron un pensamiento antropocéntrico frente al teocentrismo medieval. Por tanto, si la filosofía medieval había girado entorno a Dios, la moderna va a estar centrada en los problemas relacionados con el hombre, especialmente, el problema del conocimiento humano y el problema de la libertad.

Paralelamente entre los siglos XVI y XVII la Revolución Científica Moderna impulsada por Copérnico, Galileo, Kepler y Newton entre otros. Esta revolución comenzó la teoría heliocéntrica del sistema solar introducida por Copérnico y culmina con la fundación de la física moderna por Galileo y Newton. Al ciencia moderna se va a caracterizar por dos rasgos que la diferencian de la ciencia antigua: en primer lugar es una ciencia mecanicista, es decir, una ciencia que suprima la causa final de sus explicaciones y que interpreta todos los fenómenos de la naturaleza en términos de partículas materiales extensas que se mueven en el espacio vacío interactuando entre sí mediante cheques mecánicos; por otra parte, es también una ciencia matematicista, porque una vez recuperado el pensamiento de Pitágoras y Platón durante el Renacimiento, la naturaleza se entiende como un conjunto de fenómenos analizables mediante leyes matemáticas. La revolución científica acabó con la concepción tomista y aristotélica del universo pero al mismo tiempo planteó nuevos problemas filosóficos. El primero y más importante fue el problema del escepticismo. Se denomina escepticismo a la posición que mantiene que no existe ningún criterio de certeza absoluto, dado que la antigua imagen del universo y de la ciencia había mostrado falsa e incorrecta ¿que garantía existe que la nueva ciencia es más verdadera que la anterior? Esto hizo que en el Siglo XVI, Pierre Charrón y sobre todo Montaigne que en sus Ensayos manténía la imposibilidad de encontrar ningún conocimiento absolutamente verdadero: todo puede ser puesto en duda y nada es absolutamente evidente. Otros dos problemas que planteaba la ciencia moderna eran el problema del método y el problema del fundamento del conocimiento científico ¿qué método garantiza el avance seguro de las ciencias sin temor a nuevas equivocaciones?; u por otra parte ¿sobre qué debe fundamentarse el conocimiento científico, sobre la razón o sobre la experiencia?

Los filósofos racionalistas encabezados por el fundador de esta corriente: Descartes va a tratar de encontrar un método de investigación capaz de descubrir con seguridad nuevas verdades científicas y van a considerar que la fuente de todos los conocimientos humanos es la razón, que posee lo que  llaman ideas innatas. Esas ideas las conoce la razón por sí misma, están en ella”a priori” y no proceden de la experiencia

 1) Descartes señala que la idea de Dios, es decir, de un ser o sustancia infinita no es una idea adventicia porque no parece provenir de la experiencia; tampoco es una idea facticia porque el sujeto siendo finito e imperfecto es capaz de crearla. Por tanto, solo queda una posibilidad: que sea igual que el “Yo” una idea innata que ha sido puesta en la razón por el propio Dios, el ser infinito, al crear al sujeto. Descartes señala incluso que la idea de “infinito” nos permite reconocer al creador del sujeto (Dios) igual que la marca impresa en un objeto o artefacto nos permite reconocer a su artífice. Concluye el texto señalando que Dios por ser infinitamente perfecto no puede ser engañador y por tanto, garantiza que nuestros conocimientos matemáticos acerca del mundo exterior son válidos y se refieren a objetos reales (siempre que se emplee bien el método)

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