Lacan y Descartes

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La crítica a la noción de causalidad será utilizada también por Hume en el análisis crítico de otras ideas tradicionales de la metafísica anterior. Así, por ejemplo, en Locke se justificaba la existencia de la realidad exterior por ser causa de nuestras ideas de sensación, pero en Hume el puente (o sea, la idea de causa) entre la realidad exterior y mis impresiones es inutilizable. Si todo lo que conocemos son impresiones e ideas, no podemos en rigor saber nada aparte de ellas, es decir, no podemos saber si provienen o no de una realidad exterior. No podemos saber si las cosas existen o no realmente. Tenemos la creencia de que sí existen, pero el filósofo ha de concluir que no posee medios para justificar racional o teóricamente lo que la vida le impone prácticamente. En lo concerniente a la idea de sustancia, no hay, según Hume, impresión alguna que se corresponda con esta idea compleja. La idea de sustancia es real, pero sólo en nuestra mente. Lo que llamamos “sustancia” es una colección de ideas simples ligadas por semejanza, relaciones de espacio y tiempo, contigüidad, etc. Es un mero nombre, una invención necesaria para justificar la permanencia de las cosas que se nos presentan bajo impresiones cambiantes. En lo relativo a la sustancia, del “no sé qué” de Locke pasamos al “sé que no” de Hume. La crítica a la sustancia la extiende también Hume a la “sustancia espiritual” (el yo o res cogitans de Descartes). La continuidad de las cosas, incluso aunque éstas no estén presentes, la proyectamos también a la existencia de la res cogitans. De esta forma, nos pensamos como una identidad personal, como un yo permanente que pasa por diferentes estados de ánimo y vivencias. Tanto en Descartes como en Locke esa sustancia espiritual era conocida por intuición intelectual, de un modo directo y evidente. Pues bien, según Hume, la existencia del yo como sustancia no puede justificarse por una intuición porque sólo hay intuiciones de impresiones e ideas. La idea del yo sustancial exigiría una impresión constante e invariable, y esto no existe porque las impresiones se suceden la unas a las otras ininterrumpidamente y tiene una existencia discontinua. Nuestro yo consiste únicamente en las percepciones, es decir, en la atropellada sucesión de impresiones e ideas. Tenemos conciencia de nuestra identidad gracias a la memoria, que nos permite recordar la sucesión de impresiones referidas a nosotros mismos. Pero nos equivocamos cuando identificamos estas conexiones de la memoria con la idea de un yo independiente y permanente. De hecho, si perdiéramos la memoria, perderíamos también nuestra noción de una sustancia permanente y estable. Finalmente, Hume criticará también la idea de Dios (o res infinita de Descartes), a la que considera algo imaginario. Si las ideas provienen de las impresiones y no hay impresión alguna de Dios, tampoco hay idea legítima de Dios. En otro autores la existencia de Dios se justificaba, o bien mediante un razonamiento causal (Dios como causa de la existencia de mis ideas), o bien, como hace Descartes, mediante la actualización del argumento ontológico de San Anselmo (la idea de un ser perfecto debe incluir necesariamente su existencia pues, de lo contrario, no sería perfecto).

Ya hemos visto que, para Hume, la causalidad no se puede aplicar más allá de ámbito de la costumbre, con lo cual su valor probatorio de realidades objetivas quedaba descartado. Con respecto al argumento ontológico que usa Descartes, Hume afirma que es absurdo definir a Dios como un ser necesario, pues la necesidad es sólo una propiedad de nuestros juicios, en la realidad no hay nada necesario. Además, no podemos pensar que la existencia sea una perfección añadida a la esencia de algo, pues, al concebir una cosa como existente, ni le sumamos nada ni cambiamos la idea primera en nada. En conclusión, frente a la certeza “dogmática” de la razón cartesiana, Hume nos ofrece un modelo de razón en el que es el hábito el que marca nuestro modo de concebir la naturaleza y, por tanto, es la probabilidad de que los hechos ocurran de modo similar lo que determina nuestra “creencia” a suponer que la naturaleza se comporta de modo uniforme y constante. Pero, por otro lado, sería erróneo no reparar también en las coincidencias entre los planteamientos de Descartes y Hume. A pesar de sus claras diferencias, racionalistas y empiristas comparten su preocupación por analizar el problema del conocimiento, y ambos lo hacen desde la perspectiva del sujeto, desde las ideas que éste posee o va elaborando. Y es en este sentido en el que podemos afirmar que Hume lleva hasta sus últimas consecuencias el planteamiento iniciado por Descartes: si éste problematizó la realidad en beneficio de la evidencia del sujeto pensante; Hume, sin hacer ninguna concesión a otros factores que no fueran los puramente subjetivos, declara que sólo conocemos las impresiones y las ideas, pero su probable origen en una realidad exterior nos es totalmente desconocido. Así, la metafísica racionalista iniciada por Descartes (y construida con retales bien diferentes) culmina en el escepticismo y fenomenismo de Hume, que la señala como una explicación que desborda los límites de nuestro conocimiento.

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