La democracia ateniense y el auge de los sofistas
La democracia es, sin duda, uno de los grandes inventos griegos. El enriquecimiento de las clases medias (artesanos, comerciantes), las Constituciones que pretendían igualar a todos los ciudadanos ante la ley (isonomía), así como el papel de los tiranos que arrebatan el poder a los nobles con la ayuda del pueblo al que luego favorecen, darán lugar a la aparición de esta forma de gobierno «del pueblo».
Pero es necesario tener en cuenta otro factor fundamental: la presión de los persas, en las llamadas Guerras Médicas, obligó a los aristócratas a recurrir al pueblo para contenerlos; consecuentemente, el pueblo reclamó luego, con todo derecho, su participación en la vida pública de la polis.
Pericles y el esplendor ateniense
El estadista por excelencia del esplendor ateniense de la época clásica griega es, sin duda, Pericles. Éste conduce a Atenas a la plena realización de la democracia y a una situación de holgura y bienestar. Las reformas políticas de Pericles, orientadas a alcanzar una mejora en el gobierno, fueron espectaculares y le reportaron un gran prestigio. A costa del tesoro de la Liga (que Atenas termina apropiándose) realizó importantes obras públicas, con lo que erradicó el paro y la miseria. Su prestigio a nivel popular solo comenzó a sufrir un revés cuando comenzó la guerra del Peloponeso, que Esparta libró contra Atenas, en lucha por la hegemonía entre las ciudades de Grecia y como réplica a los ideales imperialistas de Pericles.
Del linaje a la capacidad de persuadir
A partir del final de las guerras médicas ya no es la herencia o la familia el valor determinante, ni el único que da derecho a participar en la vida pública. Esta se abre ahora a todos los ciudadanos. El liderazgo político no se establece ya por linaje sino por la capacidad de convencer en la asamblea. Pero el hombre que quiera tener una presencia relevante en la toma de decisiones de la polis necesita prepararse, adquirir unas artes que le permitan desenvolverse en esa nueva actividad que se desarrolla en el ágora de la ciudad. El saber se convierte en una fuerza social. Es importante saber para dominar, para convencer de las propias opiniones. Aprender estas artes prima sobre cualquier otro tipo de saber.
El sabio y el filósofo, que hasta entonces habían desempeñado una labor restringida a la pura especulación teórica, hacen su entrada en la vida social como hombres capaces de prevalecer sobre el contrario gracias a su ciencia, a su arte de la oratoria y el discurso. Se empieza a reflexionar más sobre las cuestiones humanas de la ética y la política (interés en las cuestiones antropológicas). Interesa estudiar la sociedad, el hombre mismo como sujeto activo de la sociedad concreta en que vive (¿qué educación ha de darse a los ciudadanos? ¿Cómo debe organizarse la sociedad? ¿Qué…?).
Los sofistas
Se llama así (sofós, sabios) a un conjunto de pensadores griegos que destacan en el siglo V a. C. y que vinieron a cubrir las necesidades de enseñanza de la nueva Atenas. Así, enseñan (cobrando): oratoria, política, derecho, moral, historia… es decir, imparten una formación humanística necesaria para desenvolverse en la polis democrática. La educación tradicional, sin embargo, estaba restringida a la nobleza y consistía en el dominio de la equitación y las armas, el respeto a los dioses y a los antepasados.
Como gentes procedentes de otros puntos de la Hélade y en su condición de viajeros, tuvieron la oportunidad de comprobar las diferencias existentes en cuanto a creencias, valores morales y leyes, según los pueblos y las circunstancias. Esta perspectiva les permitiría posicionarse críticamente frente a las tradiciones y valores morales, al considerarlas como fruto de un acuerdo o convención.
Los sofistas se presentan como maestros de la virtud política, pues sus enseñanzas pretenden convertir a los hombres en ciudadanos excelentes, es decir, aquellos capaces de destacar en el gobierno de la polis, aconsejando a la Asamblea y dirigiendo los asuntos de Estado. Respecto a la filosofía de la naturaleza se muestran escépticos y defienden el relativismo: el patente desacuerdo entre los primeros filósofos es la prueba de que la verdad absoluta no puede ser conocida y de que lo que se considera verdad es siempre relativo a una cultura; es, por tanto, una convención.
Si la verdad no puede ser conocida, o es relativa a los sujetos o a una cultura, la palabra se convierte en un arma, en un instrumento de manipulación. Por medio de la palabra utilizada con maestría se puede impresionar a las masas, imponerse a los demás: si la verdad absoluta no existe, debemos aprender a convencer a los otros de que crean nuestra verdad.
Pese a su condición de «sabios», entre sus prioridades no está enseñar la «verdad o la bondad». Protágoras, por ejemplo, no pretendía hacer «buenos» a sus discípulos, sino «hacerlos mejores». Su preocupación pasa por enseñar a manejar el logos y, de este modo, triunfar en la vida política, algo que se concreta en estar lo suficientemente cualificado como para hacer discursos atractivos y convincentes, dominar el arte de argumentar en las situaciones más complicadas (haciendo más fuerte el argumento más débil) o rebatir todo tipo de razonamientos.
Protágoras
Natural de Abdera, se hizo famoso en Atenas, pero tuvo que escapar a Sicilia acusado de ateísmo y blasfemia. Respecto a los dioses afirmaba que «no es posible saber si existen, ni cuál es su forma ni su naturaleza». Y pensaba que la vida era muy breve para afrontar con éxito un problema tan oscuro. Criticó también los usos y ritos religiosos, y quizás por eso le consideraron peligroso. Existen dudas sobre si hubo juicio o no, así como cuál fue la condena concreta (destierro o pena de muerte). El caso es que se ordenó que sus obras fueran quemadas.
Protágoras defendió un relativismo del conocimiento y de los valores, esto es, negó que existieran valores y verdades universales para todos los hombres; esto implica que una misma cosa o acción puede ser buena para un sujeto y mala para otro. Es más, una acción puede ser mala o buena para un mismo sujeto dependiendo de cada circunstancia, y en la medida en que él lo crea así. «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en tanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son». No hay verdades objetivas, absolutas y universales, sino que las cosas son tal y como son percibidas por cada uno de nosotros. Este relativismo se aplica a todos los ámbitos de nuestra existencia.
El sabio es aquel que conoce aquello relativo que es más útil, y que sabe convencer a los demás para que también lo reconozcan y lo pongan en práctica. En definitiva, el bien y el mal son respectivamente lo útil y lo perjudicial. Las normas ético-políticas son, pues, modificables; ahora bien, ¿en qué sentido se producen estas modificaciones? Ciertamente, no en el sentido de la verdad, porque desde el punto de vista de la verdad todas las opiniones son equivalentes; se producen y se orientan en el sentido de la utilidad privada y pública.
Gorgias
Gorgias (c. 490 – c. 380 a. C.) procedía de Leontinos, en Sicilia, y fue uno de los maestros de retórica más influyentes de la época. En el 427 a. C. acudió como embajador a Atenas. Según una cita del Menón (95c), Gorgias negaba ser un «maestro de virtud» y tan sólo prometía hacer a sus discípulos «hábiles en el hablar»:
«La palabra es un poderoso tirano capaz de realizar las obras más divinas, a pesar de ser el más pequeño e invisible de los cuerpos. En efecto, es capaz de apaciguar el miedo y eliminar el dolor, de producir la alegría y excitar la compasión».
En su escrito Acerca del no ser, defiende un escepticismo radical, atacando directamente (mediante la reducción al absurdo) las tesis de Parménides acerca del Ser: «No existe nada. Si algo existe será incognoscible. Y si existiera algo cognoscible, sería indemostrable a los demás». No cabe duda de la habilidad de Gorgias, quien ataca directamente la tradición filosófica y plantea, a modo de juego dialéctico, cuestiones que la enfrentan a graves aporías.
Physis y nomos
El término nomos significa «ley», es decir, el conjunto de normas por las cuales se rige una comunidad. Los sofistas se preguntaron por el origen y la naturaleza de las leyes y, en general, defendieron que las instituciones políticas y las normas jurídicas y morales vigentes son el producto de una convención.
En la época mítico-religiosa, en cambio, se afirmaba que la ley y las instituciones procedían de los dioses (unas leyes que solían defender los derechos de los aristócratas). Pero contra el origen divino de las normas reaccionaron los filósofos en general: los contactos con otras culturas (las leyes y las costumbres son distintas en las distintas comunidades humanas), la fundación de colonias (que permite redactar nuevas constituciones) y los cambios sucesivos de constitución llevan a los sofistas a desvincularse de la idea de que el nomos está ligado a un orden universal (un logos) que es preciso descubrir y aplicar a las sociedades humanas.
La ley humana, así concebida, se opone a las leyes de la physis, que son ajenas a toda convención ya que tienen su origen en la propia naturaleza. Del mismo modo, las normas morales son producto de una convención, como muestra el desacuerdo entre los individuos y las comunidades sobre qué sea bueno o malo, justo o injusto, adecuado o inadecuado. Deben ser respetadas, piensa Protágoras, por pura utilidad, no por su procedencia divina o por ser parte del logos o ley universal.
Calicles, Trasímaco y Antifón
Calicles protagoniza el diálogo Gorgias de Platón. Defiende que no sólo las leyes y las normas de la polis no proceden de la naturaleza, sino que van contra ésta. Entiende que la naturaleza humana es lo que resultaría de eliminar de un ser humano todo lo que ha aprendido (de su cultura): el comportamiento del niño y el animal, no contaminados por la educación, nos permiten deducir los dos únicos modos de comportamiento naturales: la búsqueda del placer (niño) y la ley del más fuerte (animales). Las leyes y las normas morales son, en definitiva, antinaturales porque defienden el derecho de los débiles (iguala a débiles y fuertes) y coartan la búsqueda del placer.
Trasímaco aparece en el libro I de la República de Platón, enfrentándose a Sócrates y defendiendo que la justicia no es otra cosa que lo que le conviene al más fuerte, al poderoso. Su visión pesimista acerca de la moral y la política está fundada en una experiencia real; según ella, la justicia no es más que violencia e imposición (ya sea tiránica, oligárquica o democrática) y la ley una trampa del poderoso para dominar al débil.
Antifón apuesta por un cumplimiento formal de las leyes de la polis cuando nos encontramos en el ámbito público (cuando nos ven), aunque en privado sólo habrá que atender y cumplir los preceptos de la naturaleza. Otra idea es la que defiende la igualdad de todos los hombres, al margen de las convenciones sociales basadas en la ley y las costumbres.
Sócrates: pensamiento y método
A diferencia de otros filósofos, Sócrates no tiene un cuerpo de pensamiento en cuanto tal. Nunca tuvo el menor interés en fijar sus ideas en fórmulas más o menos enseñables. Su pensamiento consistió, ante todo, en un método de cuestionar las opiniones e ideas dominantes y en una inquietud intelectual sin límites en su búsqueda de respuestas firmes y absolutas a sus cuestiones morales.
Aunque a los ojos de la mayor parte de sus contemporáneos Sócrates pasó como un sofista más, hay algo que le diferencia de éstos: mientras ellos ofrecen «sabiduría (sofía)», Sócrates la busca (filo-sofía) mediante el diálogo común (método dialéctico). Su objetivo es indagar a fondo qué es el hombre, cuál es su bien, qué son las virtudes y qué los vicios, cuál es el mejor camino hacia la felicidad en el ámbito de la polis.
Contra el escepticismo y el relativismo sofista, Sócrates cree que en los asuntos morales existe una verdad, y que esta verdad es universal, es decir, válida para todos los seres humanos. El objetivo filosófico que persigue Sócrates es convertir la ética en ciencia. A diferencia de los sofistas, que relativizaban las costumbres y negaban la posibilidad de un conocimiento objetivo de los asuntos humanos, Sócrates está convencido de que esos asuntos pueden ser objeto de saber, y que ese saber ha de ser la base de la convivencia. El ciudadano debe recuperar el compromiso con la ciudad. La degeneración social, política y moral que mina el tradicional respeto a la ley que sentían los griegos es producto de una democracia mal entendida, de la actividad de políticos educados en la sofística que buscan su propio interés antes que el de la polis.
El «intelectualismo» ético
Para Sócrates el «bien» y la «verdad», la «ciencia» y la «virtud» están unidos indisolublemente, hasta el punto de llegar a identificarse. Sócrates está convencido de que aquel que conoce lo que está bien no puede menos que obrar bien. En otras palabras: nadie obra mal a sabiendas o adrede; si alguien obra mal, es porque no conoce el bien. A esta manera de entender la vida ética se la conoce con el nombre de «intelectualismo ético».
¿Cómo ha de entenderse esto? Según Sócrates, el que conoce lo que está bien no puede menos de obrar bien, porque todo hombre busca la eudaimonía (felicidad), y sólo del bien nace la felicidad. Consecuentemente, el que obra mal es porque no conoce (ignorancia) o porque está equivocado. Esta es la razón por la que, según Sócrates, al que obra mal no hay que castigarlo sino educarlo.
De lo anterior se deriva la gran importancia de encontrar la definición o el conocimiento de las cosas: si se encuentra la esencia de algo, entonces se puede enseñar y, por tanto, podrá transformar a los individuos. Si puedo encontrar la esencia de la justicia y enseñarla, crearemos personas justas.
El método socrático
El oráculo de Delfos dijo a Sócrates que era el más sabio de los atenienses. Lo es porque es el único que sabe que no sabe, mientras los demás ignoran su propia ignorancia. Todos los que se consideran y son considerados sabios poseen un mero saber aparente, infundado, y no pueden dar razón de sus afirmaciones cuando Sócrates les interroga. Puesto que nada sabe, Sócrates nada puede enseñar. Su tarea se limita a ayudar a parir a sus interlocutores las ideas que se gestan en su interior (mayéutica). Como ignorante reconoce su incapacidad para enseñar: él no introduce conocimientos, ayuda a llegar a la actitud intelectual que permite comenzar a buscarlos y dejarlos brotar: el reconocimiento de la propia ignorancia. Sócrates no hace discursos al modo sofista, sino que entra en diálogo con sus interlocutores. En estos diálogos se aprecian dos momentos bien diferenciados: la ironía y la mayéutica.
Ironía
Todo comienza con un encuentro y una pregunta, en principio ingenua, que parece atormentar la cabeza de Sócrates y no puede esperar más sin respuesta. Para su resolución pide opinión y consejo a un «sabio» (un sofista) o a un personaje significativo de la sociedad ateniense. Las preguntas giran en torno a temas relacionados con el ámbito de la ética o de la estética y siguen una misma estructura: «¿qué es lo bello?», «¿qué es la amistad?», «¿qué es la virtud?».
Sócrates formula su pregunta buscando como respuesta una «definición», pero el interlocutor se conforma con responderla con ejemplos concretos (atendiendo a casos o situaciones particulares, válidos tan sólo para una situación concreta). Ante las carencias, insuficiencias o contradicciones de la respuesta, Sócrates le pone una nueva objeción (una nueva pregunta). El turno de preguntas y respuestas se eterniza, hasta que Sócrates lleva al «pretendido sabio» a un callejón sin salida (aporía). Éste es el momento en el que el interlocutor se da por vencido, reconociendo su propia ignorancia. Sólo reconocida la propia ignorancia, el interlocutor está en condiciones de encontrar la verdad (eso es lo irónico).
Mayéutica
La mayéutica consiste propiamente en «descubrir» o «dejar aparecer» esa verdad, esa definición universal (una verdad que, según Sócrates, llevamos dentro) que rompería con el relativismo. En este segundo momento, Sócrates aplica los conocimientos que obtuvo de su madre, partera, ayudando al interlocutor a «dar a luz» la verdad que lleva en su alma sin saberlo. La verdad no será algo extraño introducido desde fuera, como en el discurso sofista, sino algo que el ser humano ya tiene dentro de sí y que el diálogo puede ir sacando a la luz.
Sócrates estaba convencido de que los conceptos morales pueden ser fijados racionalmente mediante una definición. Se da cuenta de que la aplicación de un predicado general a una pluralidad de individuos supone la presencia en éstos de ciertos rasgos idénticos e identificables. El resultado del laborioso procedimiento de la inducción, llevada a cabo mediante la dialéctica o conversación, era alcanzar las definiciones universales, es decir, la posibilidad de llegar a unos conceptos fijos y precisos.
Sócrates llamó la atención sobre el hecho de que el concepto universal siga siendo siempre el mismo: los ejemplos concretos pueden variar, pero la definición se mantiene invariable. Por ejemplo, aunque cada persona posee distintas dotes racionales, al ser humano se le define como «animal racional». El concepto universal o la definición se nos presenta como algo constante y permanente que le hace destacarse, por la posesión misma de estas características, del mundo de los particulares perecederos. Aun cuando desaparecieran todas las personas, la definición de ser humano como «animal racional» permanecería idéntica.
