Producción de conocimiento en Trabajo Social (Ruth Noemí Parola)
Una mirada sobre la modernidad y los procesos de modernización
Habermas sostiene que la mayor parte de las teorías de la modernidad desgajan a la modernidad de sus orígenes moderno-europeos para esterilizarla y convertirla en un patrón de procesos de evolución social neutralizados en cuanto al espacio y al tiempo. Rompe, además, la conexión interna entre la modernidad y el contexto histórico del racionalismo occidental, de modo que los procesos de modernización ya no pueden entenderse como racionalización, como objetivación histórica de estructuras racionales.
Habermas plantea que fue Hegel el primer filósofo que desarrolló un concepto claro de modernidad; utiliza este concepto ubicándolo en el contexto de la historia universal, considerando la historia como un proceso unitario que recupera el pasado y visualiza el futuro con los problemas generados históricamente y el tiempo para construir sus soluciones. El mundo moderno se nos presenta abierto al futuro: es un nuevo periodo en el cual se rompen ideas y valores existentes porque algo nuevo está comenzando.
Por lo tanto, revolución, progreso, emancipación, desarrollo, crisis, etc., aparecen como términos claves para Hegel, visualizando que la modernidad se torna problema. La modernidad ya no puede ni quiere tomar sus criterios de orientación de modelos de otras épocas; tiene que extraer su normatividad de sí misma.
La modernidad en América Latina
América Latina es una región que ha experimentado prácticas de colonialismo y explotación manifestadas con una violencia arraigada a su historia. Esta violencia no es ajena a la modernidad y a los procesos generados a partir de ella, modernidad que envolverá la gesta emancipadora latinoamericana a principios del siglo XIX. De allí que, en América Latina, la aparición de los Estados nacionales esté inscripta en las necesidades de expansión del sistema capitalista mundial, como una expresión de la modernidad.
En América Latina la constitución del Estado moderno representó la expansión del capital internacional desde un movimiento desde adentro hacia afuera, lo que determina una contradicción básica y estructural. Esto implicó una estructuración social, política y económica altamente compleja y heterogénea, ya que en este movimiento la clase dominante se encuentra articulada, hacia afuera, con el capital extranjero en expansión y, hacia adentro, con las formas pre-capitalistas de producción.
El desarrollo del capitalismo representó para América Latina la constitución del Estado moderno articulado a dicho desarrollo:
- Estado liberal (1800-1930): Estado guardián de las condiciones necesarias para la producción capitalista.
- Estado de bienestar (1930-1970): La intervención del Estado incide en la organización y dinámica económica desde adentro.
- Estado neoliberal (1970 en adelante): Es un Estado mínimo, con pérdida de soberanía, ya que prima el postulado de que el mercado es el mejor mecanismo de asignación de recursos económicos y satisfacción de necesidades individuales.
El desarrollo del capitalismo también implicó la aparición de la cuestión social, para designar aquellos problemas que dicho orden acarreaba. Se consolidó un nuevo orden en el cual lo social y lo político quedan subordinados a lo económico, instituyéndose un proceso que fue generando pobreza.
La cuestión social se expresa en un conjunto de desigualdades y mecanismos de dominación que le otorgan a la sociedad capitalista rasgos de explotación sobre los sectores más desfavorecidos. Asimismo, se refiere a las formas que el Estado adquiere para solucionar dichas desigualdades, en la medida en que no afecten el funcionamiento del sistema.
Las necesidades de expansión del capital más allá de sus fronteras y la necesaria constitución del Estado moderno en América Latina, junto con la aparición de la llamada «cuestión social» como manifestación del conflicto entre capital y trabajo, configuran las formas de acción social pública.
- Capitalismo clásico de mercado o competitivo (1800-1930): Estado liberal cuya acción social se estructura a partir de la beneficencia y la filantropía. Luego surge la asistencia social pública con el higienismo.
- Capitalismo imperialista (1930-1970): Estado de bienestar cuya acción social radica en consolidar la asistencia social pública; surge la previsión social.
- Capitalismo tardío o de consumo (1970 en adelante): Estado neoliberal, cuya acción social pública está caracterizada por la crisis del modelo de bienestar; aparece el recorte del gasto social con la implementación de estrategias de descentralización y focalización de las políticas sociales.
A medida que el desarrollo del capitalismo se fue dando, la cuestión social fue reconocida como tal y se formaron modos y mecanismos integradores que reemplazaron las acciones de represión que la sociedad realizaba para atender los problemas sociales. Dichos mecanismos integradores toman la forma de políticas sociales, cumpliendo funciones de regulación social.
Es así como el Estado se propone intervenir sobre la cuestión social, llevando a cabo intervenciones técnicas e intencionales para contrarrestar la conflictividad social que el mismo capitalismo acarrea. Las políticas sociales no solo permiten la incorporación de los intereses materiales de las clases subalternas, sino que también se materializan en un aparato jurídico, administrativo y prestador de servicios que da cuerpo a la ampliación y modernización del Estado.
El positivismo: una tradición muy fuerte en la producción de conocimientos
El positivismo fue una corriente en las ciencias sociales que intentó modernizar el pensamiento científico y las diferentes disciplinas específicas. Inundó a todas ellas y sirvió como fundamento teórico para asignarles estatus científico y justificarlas en el plano metodológico.
Según Jeffrey C. Alexander, la corriente positivista de las ciencias sociales se basa en cuatro postulados básicos:
- Existe una ruptura epistemológica entre las observaciones empíricas, que son específicas y concretas, y los planteamientos no empíricos, que se consideran abstractos y generales.
- Los planteamientos abstractos y generales no tienen una importancia clave para la práctica de una disciplina empírica.
- Las teorías generales, abstractas y teóricas sólo pueden ser evaluadas en relación con las observaciones empíricas, por lo que la teoría debería, en lo posible, ser planteada proporcionalmente en función de las posibilidades de contrastaciones empíricas y experimentos clave.
- El desarrollo científico es acumulativo y progresivo, es decir, lineal. Esto supondría que la diferenciación de un campo científico es el resultado de la especialización empírica en dominios científicos.
Estos postulados reducen la teoría a los hechos, presentan los hechos como si tuvieran una referencia epistemológica u ontológica en sí mismos y hacen que lo científico sólo se legitime por la evidencia empírica.
Habermas sostiene que el positivismo elimina la posibilidad de reflexionar acerca de las condiciones de reconocimiento posible y de la explicación del sentido del conocimiento en general, ya que dogmatiza la creencia de las ciencias en sí mismas y obstaculiza una investigación dirigida hacia una autorreflexión de la misma. Para esta corriente, el sentido del conocimiento es definido por lo que las ciencias hacen y puede ser explicitado a través del análisis metodológico.
El positivismo de Auguste Comte
Auguste Comte (1798-1857) quiso fundar la creencia cientificista de las ciencias en sí mismas, a través del «establecimiento del espíritu positivo».
Comte realiza un análisis semántico sobre la palabra positivo a través de un juego de oposiciones cuyos términos marcarían lo que es científico y lo que no:
- Oposición entre real y quimérico: Lo que es frente a lo meramente imaginado. Proporciona el criterio para una separación entre la ciencia y la metafísica.
- Oposición entre cierto e indecidible: El positivismo acepta como regla fundamental que todo conocimiento ha de apoyarse en la «certeza sensible» de una observación sistemática. La certeza del conocimiento que el positivismo exige se refiere a la certeza empírica de la evidencia sensible y a la certeza metódica del proceder obligatoriamente unitario.
- Oposición entre preciso y vago: Lo rigurosamente preciso frente a lo indeterminado. La precisión del conocimiento estará dada por la constitución de teorías que permitan la deducción de hipótesis.
- Oposición entre lo útil y lo ocioso: Lo útil frente a lo vano. El conocimiento puede ser utilizado técnicamente.
- Oposición entre relativo y absoluto: El conocimiento científico no es un saber de orígenes o de génesis (como el metafísico); no puede pretender conocer al ser en su esencia.
Con este juego de opuestos, el positivismo se declara en contra de las esencialidades, siendo el campo de los fenómenos el objeto de la creencia.
La crítica a Comte desde la pragmática y el historicismo: Peirce y Dilthey
Charles S. Peirce critica a Comte desde la pragmática e intenta superar la actitud objetivista del primer positivismo proponiendo la dimensión de la teoría de la ciencia que reflexiona sobre sí misma.
Para Peirce, las teorías científicas sólo pueden ser llamadas así cuando alcanzan su validez a través de un consenso no coactivo y permanente que apunta a ser lo más cercano posible a la realidad: la suma de los estados de cosas sobre los que podemos obtener concepciones plausibles y sostenibles.
Peirce distingue tres formas de inferencia que ayudan al proceso científico:
- Deducción: Prueba que algo debe comportarse de una forma determinada. Estas hipótesis son aplicadas a casos particulares y deducimos previsiones de acontecimientos que deben producirse si la hipótesis es correcta.
- Inducción: Prueba que algo se comporta fácticamente de ese modo. Se verifica si se confirman los pronósticos y con qué probabilidad. Es la forma lógica del proceso de investigación propiamente dicho en la medida en que examina la validez fáctica de una hipótesis.
- Abducción: Prueba que probablemente algo se comporta así. Es la forma de argumentación que amplía nuestro saber; es la regla mediante la cual introducimos nuevas hipótesis. Sólo este tipo de pensamiento hace avanzar el proceso de investigación.
La conexión de los tres modos de inferencia representa las reglas de cómo debemos proceder para que el proceso de investigación cumpla con el fin que lo define: conducir a largo plazo anuncios más próximos a la realidad.
Este autor sostiene que no es la inducción la única forma de llegar a nuevas síntesis cognitivas, sino que existe la inferencia que él llama abducción, mediante la cual mostramos que las hipótesis infieren del descubrimiento o acto de reconocimiento de que un cierto patrón observable en los hechos es análogo a un patrón general. La abducción es el proceso de conectar modelos preexistentes con configuraciones de hechos y, de este modo, acortar los espacios de búsqueda.
Los planteos de Peirce, más allá de querer ser una crítica al primer positivismo, no dejan de contener elementos positivistas en la medida en que el interés del conocimiento se centra en la manipulación técnica posible, terreno de la acción racional respecto a fines. Por lo tanto, Peirce no tiene plenamente en cuenta la intersubjetividad sobre la que se apoyan los investigadores cuando intentan llegar a un consenso sobre problemas meta-teóricos.
Wilhelm Dilthey intentó criticar al positivismo de Comte desde una perspectiva historicista, sosteniendo que las ciencias del espíritu tienen una posición metodológica distinta a las ciencias de la naturaleza. Se centró en una lógica de las ciencias del espíritu en las relaciones entre vivencia, objetivación y comprensión. Su crítica radica en oponerse a la epistemología positivista, que subordinaba las ciencias históricas a las ciencias de la naturaleza. No obstante, Dilthey no siempre considera que las experiencias biográficas se constituyen en comunicación con otras experiencias biográficas.
La teoría crítica en la versión habermasiana
Las ciencias de la naturaleza hacen referencia a un contexto vital objetivo, al igual que las ciencias hermenéuticas; pero, en el caso de las ciencias de la naturaleza, ese contexto vital representa la técnica, y en el caso de las ciencias hermenéuticas representa la praxis.
Las ciencias hermenéuticas tienen un interés cognitivo-práctico en la medida en que aprenden interpretaciones de la realidad con vistas a la intersubjetividad posible en un acuerdo orientador de la acción.
Según Habermas, los intereses del conocimiento se miden en aspectos que tienen estrecha relación con la subsistencia; por eso el trabajo y la interacción son fundamentales para la reproducción de la especie humana, ya que incluyen procesos de comprensión y aprendizaje.
La autorreflexión y el interés emancipatorio del conocimiento
La reflexión se entiende como movimiento de emancipación que tiene como meta la realización de la reflexión como tal.
En Kant ya aparece el concepto de interés de la razón: distingue entre interés empírico e interés puro al hablar de la razón práctica; para que ésta sea práctica, tiene que ser capaz de afectar la sensibilidad.
Habermas nos proporciona elementos conceptuales que nos permiten posicionarnos críticamente frente al positivismo como pensamiento dominante en la profesión y considerar la autorreflexión crítica en su potencialidad cognitiva. Sin embargo, la teoría crítica no nos aclara por sí sola la lógica constitutiva de las prácticas humanas, y para ello necesitamos categorías teóricas que nos permitan entenderlas e interpretarlas. En consecuencia, recurrimos a Pierre Bourdieu, quien nos proporciona elementos conceptuales para tal fin.
Repensando la práctica desde Pierre Bourdieu
En las ciencias sociales ha existido una gran discusión, aún vigente, que consiste en priorizar, privilegiar y/o separar el objeto y el sujeto de conocimiento, la intención y la causa, lo material y lo simbólico.
La propuesta de Bourdieu ha intentado marcar la ruptura con este pensamiento al asignar un lugar central a la práctica, entendida como «la relación activa y creadora con el mundo».
Bourdieu propone una teoría de la práctica para dar cuenta de la lógica real de la misma. Plantea que los objetos de conocimiento son construidos. El principio de esta construcción es el habitus, un sistema socialmente constituido de disposiciones estructuradas y estructurantes, adquiridas mediante la práctica y siempre orientadas hacia funciones prácticas.
Bourdieu plantea que no es posible entender las prácticas si se desconocen las condiciones económicas y sociales de producción y realización de los habitus que las originan.
Hablar de habitus es plantear que lo individual, incluso lo personal y subjetivo, es social, es decir, colectivo.
Para el autor, campo es una red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones están definidas por su situación actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder y por sus relaciones objetivas con las demás posiciones.
Con este concepto de campo el autor quiere marcar:
- Por un lado, la existencia de lucha por las posiciones en su interior; por lo tanto, la existencia de historia: es decir, cuando los individuos se rebelan, resisten y se relacionan.
- Por otro lado, se excluye el funcionalismo y el organicismo. El campo es escenario de relaciones de fuerza y de luchas encaminadas a transformarlas y, por consiguiente, el sitio de un cambio permanente.
La relación entre habitus y campo es una relación de condicionamiento. El campo estructura el habitus, que es producto de la incorporación de las necesidades inmanentes de ese campo. Pero también es una relación de construcción cognoscitiva: el habitus contribuye a constituir el campo como mundo significante, dotado de sentido, donde vale la pena desplegar las propias energías.
Bourdieu nos aporta los conceptos de habitus, campo y capital, y la articulación entre los tres para entender las prácticas profesionales al interior del campo del Trabajo Social; de este modo es posible dar cuenta del conocimiento producido a partir de las prácticas profesionales en las diferentes áreas del ejercicio profesional.
Síntesis y articulación de las diferentes perspectivas teóricas desarrolladas
En primer lugar, los procesos de modernización en América Latina nos permiten contextualizar histórica y socialmente la constitución de prácticas profesionales generadas al interior de los procesos modernizadores. Esta contextualización nos da las herramientas necesarias para entender la lógica de configuración de los distintos actores (Estado, sujetos sociales, profesionales).
La modernidad en América Latina fue una dominante cultural, política y social particular de los distintos periodos en los cuales podemos pensar en el desarrollo del capitalismo en la región y, por lo tanto, los rasgos que tuvieron el Estado, las políticas sociales, la demanda social y las profesiones encargadas de accionar sobre ellas nos permiten mirar cada hecho y cada actor interrelacionados, pudiendo revelar la realidad inmediata de los fenómenos, visualizar su lógica constitutiva y descubrir las contradicciones existentes entre ellos.
En segundo lugar, el eje central de nuestro tema es el conocimiento crítico de la realidad social: el modo de conocer, sus principios, intereses e intencionalidades son elementos que ineludiblemente debemos considerar. La modernidad estuvo marcada, en cuanto al conocimiento científico, por el positivismo y su desarrollo posterior.
El positivismo fue el signo de época de la modernización en el pensamiento científico.
La doctrina positivista permitió justificar, desde la ciencia, el status quo imperante en distintos aspectos de la vida en sociedad. La consideración de esta corriente como dominante de las ciencias sociales nos permite entender la racionalidad instrumental de las profesiones sociales.
Por un lado, el positivismo considera a la realidad social como un hecho estático, posible de ser manipulada empíricamente desde la técnica para mantener el orden social.
Por otro lado, genera una mirada dogmática sobre los hechos, reduciendo la teoría a estos últimos, por lo que no es necesaria la autorreflexión de la ciencia ni de la técnica.
En tercer lugar, la consideración de la teoría crítica planteada por Habermas nos da un corpus teórico que abre fisuras y resquebraja los fundamentos teóricos positivistas de muchas profesiones. La teoría crítica no sólo nos permite ver las intencionalidades subjetivas existentes detrás de todo conocimiento, sino que además nos señala cómo es posible aprehender un contexto general a partir del cual se hacen comprensibles las manifestaciones de la vida ordinaria de los sujetos (es decir, lenguajes, acciones y vivencias), si son consideradas interrelacionadas, insertas en una praxis de la vida cotidiana y unidas por un lenguaje subjetivamente válido.
Las profesiones sociales actúan directamente sobre las manifestaciones de la vida cotidiana de los sujetos traducidas en demandas. Detrás de estas demandas existe la complejidad del lenguaje, la acción y la vivencia que sólo puede ser entendida a partir de su consideración como presupuesto de la praxis de la vida cotidiana, fundamental para la profesión del Trabajo Social.
La comprensión rígida y estandarizada del objeto de intervención y el dogmatismo como fundamento de la acción limitan la intervención profesional.
La autorreflexión y el interés emancipatorio del conocimiento son claves para dilucidar la conexión entre conocimiento y acción, y las posibilidades y condiciones de ese conocimiento y de esa acción, ya que ambas incluyen categorías del saber.
Bourdieu y su mirada sobre la práctica nos brindan la articulación entre habitus, campo y capital.
Una profesión social tiene como eje medular de su constitución y de su legitimación social a la práctica profesional que desarrolla. Lo que entendamos por práctica es clave para pensar el sentido de esa profesión y las posibilidades que esta pueda tener en el ámbito del hacer y del conocer.
Los aportes de Bourdieu permiten superar una óptica mecanicista, repetitiva y neutral de la práctica profesional, para ayudar a situarla como producida por y productora de habitus que, en relación con el capital y el campo de esa acción, explican la práctica y el sentido de la misma. El conocimiento crítico de la realidad social sobre la cual la profesión se constituye y desarrolla posibilita luchar por modificar la percepción de la situación y, con ella, las acciones que se llevan a cabo.
Fin del documento.
