Cuadro comparativo entre los sofistas y Sócrates

2. EL giro ANTROPOLÓGICO DE LA FILOSOFÍA


El espectáculo del universo natural, armónico, organizado, eternamente recurrente, motivó el asombro de los primeros filósofos griegos. Desde entonces, todo fueron intentos por descubrir las claves que regían el comportamiento de la realidad. Comprender esas claves para prever los acontecimientos futuros y proveer al hombre de los recursos necesarios para afrontarlos, tal fue el camino que alumbró la ciencia jónica, empedrado por una perfecta combinación de teoría (contemplación) y praxis (conocimiento destinado a la acción). En la Atenas el siglo V a. C. El centro de la preocupación filosófica de los griegos se traslada desde la Naturaleza al Hombre, producíéndose el primer gran giro antropológico de la historia del pensamiento occidental. Este cambio de objetivo en el pensar filosófico supone el planteamiento de una serie de interrogantes en torno a la conducta moral humana, la política, la sociedad y la educación que no sólo marcaron la época sino el pensamiento occidental a partir de entonces. Como referencia nos puede servir tener presentes los siguientes: ética,política, sociedad y educación

.¿QUIÉNES FUERON LOS SOFISTAS?

Los sofistas son probablemente los pensadores con peor fama de la historia. Se ha dicho hasta la saciedad que, en realidad, no hacían filosofía ya que nunca se propusieron distinguir lo verdadero de lo falso. También se les ha reprochado que se llamaran a sí mismos “maestros de la sabiduría” y cobraran por sus lecciones, que su única afición verdadera fuese el dinero y el poder, incluso se les ha acusado de pragmáticos y amorales. Más allá de estos prejuicios, más o menos justificados, la sofística resulta interesante como movimiento cultural, siendo muchos de sus representantes pensadores originales y profundos. Los sofistas no constituyen una escuela de filosofía. Más bien son una serie de pensadores mal conocidos (sabemos de ellos sobre todo a través de sus adversarios) que tienen entre sí ciertas semejanzas. Representan, como tantas veces se ha dicho, la “Ilustración” de la Grecia clásica y, por tanto, la desmitifiacón de la vida griega, la crítica atrevida de las costumbres y de las creencias, y la secularización del pensamiento (no en vano fueron los primeros en defender ideas tan revolucionarias para su época como la inexistencia de los dioses, la igualdad de sexos o la abolición de la esclavitud). Son la manifestación (también una de sus causas) de una situación espiritual inédita en la que los atenienses habían dejado de creer en sus tradiciones, en sus dioses y en su pasado. En la obra de los sofistas es el ser humano quien va a ocupar el centro de todas las cosas. No hay ninguna verdad, ningún principio superior, por encima del ser humano; ninguna medida a la que deba ajustarse, nada ante lo que esté obligado a inclinarse. Estos maestros del arte de hablar en público enseñaban a una juventud deseosa de éxitos políticos a desenvolverse ante las asambleas y los tribunales. Para ellos el pensamiento se daba en la polémica, en la discusión y en el enfrentamiento verbal, con el público como juez a quien correspondía la última palabra. La vida intelectual parecía tomar para ellos el cariz de una competición deportiva para la que, deseosos de vencer siempre, no repararon en los medios empleados. Unidad nº 2: Los sofistas y Sócrates.

PROBLEMA DEL RELATIVISMO

El más famoso de los sofistas es sin duda Protágoras de Abdera (480-415 a. C.). Se dice que fue el fundador de la gramática. Amigo de Pericles, fue enviado como legislador a la recién fundada Thuri, donde establecíó una especie de democracia moderada en la que la enseñanza era obligatoria y gratuita. Acusado y condenado al final de su vida por impiedad, sus escritos fueron quemados y él mismo debíó huir a Sicilia, pereciendo en un naufragio. Del conjunto de su obra hay algún elemento que la historia ha colocado en dura pugna con las ideas de Sócrates y su discípulo Platón.
Nos referimos a la archiconocida frase de Protágoras según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”. Tratando de no forzar demasiado sus palabras, la frase de Protágoras es la afirmación de un relativista. En efecto, si el ser humano es la medida de todas las cosas, parece que éstas han de carecer de medida, de ser propio, de realidad independiente del sujeto que las conoce, valora o determina. Sin el juicio humano, las cosas quedarían indeterminadas y carentes de identidad propia. Así, no estamos autorizados a decir que “tal cosa es bella o buena” sino sólo “esto me gusta o lo deseo”. De aquí se deriva que todo aquello que consideramos bueno o malo, justo o injusto, deseable o repudiable, loable o reprensible, no es absoluto, universalmente válido, sino que está totalmente condicionado por “cada uno y sus circunstancias”. La frase de Protá- goras da pie a múltiples interpretaciones sobre el alcance del término “hombre”:  Una primera interpretación haría de Protágoras un relativista sociológico. En tal caso, “hombre” significaría, una sociedad. Las cosas sólo reciben sus determinaciones de un grupo de hombres, de una sociedad. Nada habría bueno o justo en sí mismo, sino en referencia, por ejemplo, a los atenienses actuales, lo que está en función de la idiosincrasia de este pueblo, de su historia, costumbres, etc.  Según una segunda interpretación, “hombre” podría tener otro sentido: que las cosas son lo que son tan sólo para el género humano y que en ello se agota su ser. Es decir, que todas las caracterizaciones de la realidad están hechas por los hombres y sólo para ellos. Fuera de su sentido para el hombre, entendido como “género humano”, las cosas, simplemente, no son o no significan nada.  Hay aún una tercera interpretación posible: quizá en la intención de Protágoras estaba el defender un relativismo individual y radical: no una sociedad concreta, ni tampoco el género humano en su conjunto, sino que cada hombre singular es la medida de las cosas. No habría así nada objetivo, ninguna verdad universal. Las cosas son sólo lo que a cada uno de nosotros nos perece que son, tienen el valor que cada uno les quiere conceder. Cada uno de nosotros tiene derecho a su propia concepción de las cosas y ninguna vale más que las otras.


Problema fundamental de las leyes


En su acepción más general, el término griego nomos significa la ley, el conjunto de normas (polí- ticas, morales) e instituciones establecidas por las cuales se rige una comunidad humana. Toda comunidad humana posee unas leyes, unas instituciones, y es perfectamente comprensible que los humanos nos preguntemos por su origen y naturaleza. La primera respuesta a esta cuestión la había proporcionado el pensamiento mítico-religioso al afirmar que las leyes proceden de los dioses. El testimonio clásico y más antiguo al respecto es, sin duda, la Antígona de Sófocles, la tragedia en la que se plantea el conflicto entre un deber impuesto por la ley de los hombres y la ciudad y otro dictado a la conciencia por la ley superior de los dioses. Antígona, hija de Edipo, rey de Tebas, y de la reina Yocasta, acompañó a su padre en el exilio pero volvíó a Tebas después de su muerte. En una discusión sobre el trono, sus hermanos Eteocles y Polinices perdieron la vida uno a manos del otro. El nuevo rey, Creonte, dio honrosa sepultura a Eteocles pero ordenó que el cuerpo de Polinices, a quien consideraba un traidor, permaneciera donde había caído. Antígona, creyendo que la ley divina debía ser anterior a los decretos terrenales, enterró a su hermano. Creonte la condenó a ser enterrada viva.
el escepticismo,El relativismo defendido por los sofistas desemboca en una postura claramente escéptica en cuanto a las posibilidades cognoscitivas del ser humano: si el hombre (género, grupo o individuo) es quien determina lo que es verdadero, bueno o valioso, la verdad o el valor en sí mismos no existen o, en todo caso, si existen nos resulta inaccesible su conocimiento
.Sócrates,talmente por la obra de sus discípulos Platón, Jenofonte y Antístenes. Pero es Platón quien hace de Sócrates la figura histórica que todos conocemos en la actualidad. El gran filósofo ateniense hace de su maestro el personaje fundamental de sus diálogos filosóficos, el eje central de las discusiones que en ellos se desarrollan, aunque, si no faltamos a la verdad, el Sócrates de Platón es cada vez más Platón y menos Sócrates a medida que se suceden los diálogos.De joven Sócrates fue discípulo de Diógenes de Apolonia y de Arquelao, de quienes se dice que aprendíó la filosofía natural de su tiempo: Sin embargo, pronto se dio cuenta de la imposibilidad de avanzar en los temas referentes al Universo. En el diálogo Fedón, Platón nos relata el desengaño que Sócrates se llevó con la lectura de la obra de Anaxágoras: ninguno de los filósofos de la naturaleza hablaba de fines, de que el Universo tendía a una meta de perfeccionamiento. Desalentado por el mecanicismo de las explicaciones de los filósofos, Sócrates destínó toda su vida al estudio del Hombre con el fin de descubrir el camino de una conducta recta y virtuosa, antesala de una vida plena y feliz. En ese empeño por hacer mejores a los demás reconocemos la figura del Sócrates más clásico: incansable conversador cuyas argumentaciones tienen un fino toque de ironía; polemizador impenitente con las cabezas biempensantes de su Atenas natal; maestro de un nutrido grupo de jóvenes, alguno de los cuales tuvo un relevante papel en la política y en la cultura de su tiempo; figura popular y querida, raro era quien no se disputase la presencia de Sócrates en banquetes, reuniones y todo tipo de celebraciones; “tábano de la polis”, siempre espoleando las conciencias a pesar de su “escasa talla”; “docto ignorante”, incapaz de considerarse a sí mismo sabio sino eterno aprendiz de la virtud, y virtud para Sócrates era sinónimo de sabiduría.

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