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1- El hombre es el animal que tiene «logos». Esta formula de Aristóteles, distingue al ser humano como el único poseedor de lógos, que suele traducirse como razón, pero también significa «palabra» o «lenguaje», la unión de estas dos características aparentemente contradictorias es lo que le confiere al ser humano una especial posición, pues al tener logos es superior cualquier animal, cuando una posición intermedia entre las bestias y los dioses. En cuanto lenguaje, el logos nos permite pensar y comunicarnos; en cuanto razón, es un poderoso instrumento con el podemos representarnos al mundo, es decir, conocerlo. Sin embargo, no siempre se ha valorado así la racionalidad. Friedrich Nietzsche consideraba que por ser la razón la característica que nos hace diferentes y siendo los únicos que disponemos de ella, somo la excepción. La razón es, en realidad, una enfermedad que aqueja a los seres humanos. La importancia de que exista un animal dotado de facultades racionales en el contexto de la inmensidad del universo es mínima. Nietzsche entiende al hombre como el animal fantástico, es decir, un animal en el que el impulso básico es la imaginación, la fantasía. La fuerza de esta impulso es tan grande que nos lleva a inventar ficciones en las que luego creemos como si se tratara de realidades y de verdades. En eso consiste nuestra enfermedad.  

2- Una de las carácterísticas más discutidas del ser humano es si tiene o no libertad.
Entre los que defienden que el hombre es libre se encuentra JeanPaul Sartre, que llega a afirmar que «el hombre es libertada. No se trata de que tenga la capacidad de elegir, sino de que el hombre consiste en libertad. En el momento de nuestro nacimiento, no tenemos todavía una naturaleza: no somos generosos ni egoístas, no somos héroes ni cobardes. En ese momento no somos más que un proyecto que se irá concretando en función de las elecciones que realicemos. Esto es, nos hace mas solidarios o valientes según la trayectoria de nuestras elecciones. Por eso Sartre entiende que estamos condenados a ser libres, pretendiendo indicar que el hombre no puede evitar la libertad. Aun cuando alguien decidiera someterse a los deseos o la voluntad de otra persona, estaría eligiendo libremente hacerlo así. Nuestras decisiones pueden estar condicionadas, es decir, influidas por muchos factores, pero siempre disponemos de un mar gen de libertad ya que, según Sartre, la libertad es nuestro componente mas esencial y básico. Otros pensadores, desde puntos de vista diferentes, entienden que la libertad humana es una ficción. Así pensaba, por ejemplo, Baruch Spinoza (Holanda, 1632-1677). Al menos en determinadas ocasiones, nos parece que hemos realizado una opción con libertad. Pero lo que en realidad ocurre es que no sabemos cuales son las causas que nos han determinado a actuar de esa manera. Si pudiéramos conocer con absoluta precisión todas las causas, motivos y estímulos que afectan a una persona, podríamos conocer que va a elegir en cada momento de su vida con la misma claridad con la que sabemos que el lápiz caerá al suelo al soltarlo. Estamos determinados, es decir carecemos de libertad para elegir: Lo único que podemos hacer es ser conscientes de nuestra carencia de libertad.
 

3- La dimensión corporal del hombre es tan evidente que apenas puede ponerse en duda. Pero también parece claro que no somos un cuerpo como los demás cuerpos, aunque no hay acuerdo acerca de en qué estriba la diferencia. Utilizaremos el término alma para referirnos genéricamente a esa otra dimensión del ser humano que no es la corporal. La tradición dualista, según la cual los seres humanos somos alma y cuerpo. Arranca ya desde los antiguos filósofos griegos. Con diferentes matices, ha predominado la idea de que lo más genuino y propio del hombre es el alma y no tanto el cuerpo, ya que este está sujeto a cambios y transformaciones y finalmente muere, mientras que el alma es inmortal. Así, por ejemplo, Platón consideraba que el alma está encerrada en el cuerpo como en una cárcel. De esa forma, la muerte es, en realidad, la liberación del alma y el sentido de la vida consiste en procurar que el alma se contamine lo menos posible de las influencias del cuerpo, de sus pasiones, instintos e impulsos. En la Antigüedad griega encontramos también una concepción iniciada por Aristóteles, que considera al ser humano como una unidad indisoluble entre cuerpo y alma, y no una uníón coyuntural y transitoria. La doble dimensión corporal y anímica del hombre invita a preguntarse por en futuro después de la muerte. Se dan dos posiciones principales: la existencia humana es inmanente: no hay ninguna forma de exista posterior, pues todo lo que es el ser humano desaparece al morir; y la existencia humana es trascendente: por tener una dimensión anímica o espiritual, el ser humano no se agota en el cuerpo, lo que abre la posibilidad de una forma de existencia diferente de la que informan las distintas religiones.

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