Sociedad ilustrada

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En primer lugar hay que considerar la distancia temporal de más de dos milenios que les separan, con lo que eso implica a nivel de influencias personales y de la forma de plantear los problemas. Finalmente, hay que considerar también que la propia inclinación personal de cada uno de estos autores es muy diferente entre sí.  La relación entre estos dos filósofos la analizaré atendiendo los siguientes ámbitos: – A nivel ontológico. Para Platón, la realidad se halla dividida en dos niveles: el del ser y el de la apariencia. Es decir, el de las ideas y el de lo material o sensible. De esta forma, su filosofía es de carácter trascendente e incide en que el ámbito real por excelencia es el de las ideas, el alcanzable por la razón.
Sin embargo, Ortega y Gasset va a discrepar de este planteamiento trascendente. Para él, la realidad no se divide en dos niveles, uno de los cuales carece de sustantividad en la medida en que es “irracional”. La realidad, por el contrario, es una sola. Y es que para Ortega lo único real es la vida individual y concreta, con sus problemas y avatares siempre de carácter personal. Lo real no es lo objetivo porque imaginar la realidad como algo desvinculado de mi vivir implicaría hurtarla de su raigambre vital, de su auténtico ser. La trascendencia implica negar la sustancia misma del ser, que en definitiva es devenir, cambio, concreción.   – A nivel gnoseológico. El conocimiento si quiere ser considerado como tal conocimiento, digno de ese nombre, ha de ser, según Platón, universal y objetivo, desvinculado del sujeto que lo piensa, puramente racional. Tiene, por tanto, el filósofo ateniense una concepción de la razón como si se tratara de una cualidad superior al propio ser humano y que, por tanto, exige sumisión de todas las demás potencialidades. No es así en Ortega. La razón no es para él algo superior y casi exterior al hombre que le obliga a enajenarse hacia una realidad pura y sublime. Por el contrario Ortega afirmará rotundamente que “la razón es una función de la vida”, es decir, que es una herramienta que sirve para “saber a qué atenerse” en la confusión de la existencia. Es por ello que habla de “raciovitalismo”, de una nueva concepción de la razón por la que esta deja de ser considerada como una cualidad pura y divina y pasa a considerarse en su relación con el hombre en su conjunto. -A nivel antropológico. La concepción del hombre de Platón es fija e inamovible. Cuerpo y alma luchando siempre entre sí por imponer sus respectivas e incompatibles tendencias. Ortega, sin embargo, realiza un planteamiento historicista, como su época le exige. Para él, el hombre no tiene naturaleza como hubiera defendido Platón, sino historia. La propia historia personal y familiar, pero sobre todo la historia de la sociedad en la que se vive es lo que determina el horizonte de problemas que el ser humano se plantea y la manera de afrontarlos. 


– A nivel ético. La moralidad de Platón se basa en su concepción de la naturaleza humana. En consecuencia es fija para todo tiempo y lugar, en línea con el objetivismo que Sócrates le inculcó. Por su parte, Ortega apenas se ocupa de la moral en el sentido de Platón. Él habla más bien de autenticidad. Se trata de que el ser humano lleve una vida auténtica, es decir, leal a su historia y a su proyecto vital. Engañarse a sí mismo, no ser capaz de asumir los retos que le toca asumir, vivir inauténticamente, sin responsabilidad, es una traición a la propia vida, a la faceta moral del hombre. Ahora bien, no existe un solo tipo de vida auténtica o moral sino tantas como circunstancias históricas y proyectos personales puedan señalarse. – A nivel político. Platón propone una utopía que considera que puede aplicarse a todos los hombres de todas las épocas y de cualquier sociedad, ya que se basa en la naturaleza inmutable de lo humano. Pero nada hay más lejano del planteamiento orteguiano. Para él, no existe un sistema político preferible a los demás. De hecho, él no entra en consideraciones de modelos de gobierno (como sí hace Platón). Más bien, pone el énfasis en lo social 


Al poner en relación la filosofía de Descartes con la de Ortega y Gasset destacan ante todo los contrastes. Es natural. Descartes vive en una época deslumbrada con la nueva ciencia y, en consecuencia, confía en su poder. Cree que hallará en ella la solución a los problemas del hombre.  A Ortega le parecería que los racionalistas son, en el fondo, unos ingenuos, que la realidad de la vida no puede cosificarse en las reglas de carácter matemático. — A nivel ontológico,  Para Descartes la realidad es la sustancia, es decir, el pensamiento, Dios y la materia. Estas son las verdades indudables para él, aquellas a las que ha llegado de manera deductiva y necesaria. Incuestionables y productoras de certeza. El fundamento de lo que será el “gran sistema del mundo”. Pero Ortega consideraría que este planteamiento es una tanto primitivo, como las pinturas de los primitivos medievales que más que manifestar la realidad en su profunda radicalidad, expresan la ingenuidad de la mirada de quien cree en lo absoluto. La razón no es absoluta, sino parcial, perpectivista. No por ello deja de ser objetiva, pero no es excluyente. — El nivel gnoseológico Para Descartes la respuesta es clara: desde la objetividad de la razón y desde el método matemático. En la universalidad y la objetividad se encuentra la verdad ya que solo estas dos carácterísticas son capaces de ofrecernos la ansiada certeza de la ciencia matemática. Se refería a una visión “sub specie aeternitatis”. ? Lo real no son los conceptos —diría—, la verdad no está en ellos, se escurre por sus entresijos como el “agua por una canastilla”. Lo real es la vida. En la vida individual y concreta de cada cual, en la propia circunstancia individual e histórica, está lo auténtico… Introduce aquí Ortega un cierto irracionalismo heredado del vitalismo. Y este irracionalismo es completamente antagónico al planteamiento de Descartes. — El nivel antropológico también está marcado por sus grandes diferencias. Descartes es sustancialista. Habla del cuerpo y del alma como de dos realidades independientes cuya conexión por la glándula pineal no deja de ser un misterio. Ortega no entra en este juego. De hecho, no concibe la realidad humana de una manera sustancial sino personal, biográfica e histórica. El hombre es su historia y su proyecto tanto a nivel personal como social. 


 — A nivel político, Descartes apenas se manifestó. En un siglo como el suyo, lleno de persecuciones religiosas y de opinión, era más prudente guardar silencio. Pero qué duda cabe de que se puede deducir que al igual que la moral llegaría a ser de carácter matemático y científico, por los mismos derroteros acabaría la política cartesiana. Si uno se apura, se podría reconocer en su silencio un antecedente del positivismo comtiano. Pero para Ortega este planteamiento sería estéril. Lo importante no son los sistemas políticos ni las decisiones puntualmente acertadas o erróneas de los gobiernos sino el proyecto histórico de la sociedad. La sociedad debe ser fiel a ese proyecto para no caer en la inautenticidad. La razón histórica debe hacernos descubrir el itinerario más adecuado conforme a la idiosincrasia de nuestro pasado. Solo así podremos llevar una vida social auténtica y plena y pasar el testigo a nuestros descendientes.  Es lógico que para Descartes este planteamiento fuera irrelevante (si es que lo hubiera podido oír): lo filosófico para él se centraría en lo puramente intelectual, en lo objetivo y racional, como para cualquier persona anterior al Romanticismo. Fundamentalmente el valor que ambos conceden a la razón aunque, eso sí, en un sentido muy diferente. Para el francés más que imponerse a la vida la ignoraría porque ésta —la vida— no es filosóficamente relevante. Para el madrileño, la razón sería una función de la vida, la herramienta que orienta y clarifica nuestro existir. Vivir es un estar pensando para saber a qué atenerse. Ambos también creen en la verdad. Pero mientras para uno la verdad es objetiva y universal, para el otro la verdad es múltiple, diversa y perspectivista. 

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