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TEMA 7: LA REFLEXIÓN FILOSÓFICA SOBRE EL SER HUMANO Y EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA

ANTIGUA VI a.C

1. Concepciones sobre el ser humano

La pregunta central de la filosofía según el ilustrado Immanuei Kant era la de: ¿qué es el hombre? En la anterior unidad hemos hablado de la antropología filosó­fica como una de las disciplinas fundamentales que se insertan en el ámbito del pensamiento. A continuación nos proponemos indagar cuál puede ser el sentido de la existencia humana, y para ello comenzaremos repasando en este apartado algunas de las respuestas que se han dado históricamente a la interrogación so­bre qué somos nosotros los humanos, en qué consiste nuestra condición.

1.1 La visión griega

En la unidad anterior hemos visto que muchas de las teorías más destacadas que se han dado históricamente acerca del ser humano partían de la distinción entre el alma y el cuerpo.
Veamos cómo se fueron definiendo estos conceptos en el pensamiento griego.

El héroe homérico

En la época griega arcaica todavía no existía la idea del cuerpo como una unidad. El término «sárna» que se traduce como «cuerpo»,se refería entonces al cuerpo sin vida, al cadáver. Mientras vive, las referencias al cuerpo se hacen a partir de una pluralidad de términos correspondientes a sus partes visibles (brazoa,cabeza,pies ….) o a los órganos internos (corazón, pulmones, estómago …). Todo ello se considera que se encuentra bajo el efecto de distintas fuerzas y energías que causan tanto los movimientos corporales como las emociones. No hay aún distinción entre lo realmente físico y lo psíquico.

  • El principio que hace posible la vida y el movimiento. Dicho principio vital es impersonal, es decir, es el mismo en todos los seres vivos, y abandona el cuer­po cuando estos mueren.
  • A la sombra o el doble del muerto, como espectro o espíritu personal, que pasa a habitar el Hades, el reino de las tinieblas. En un famoso pasaje de la Odisea, el espectro de Aquiles le confiesa a Ulises que preferiría ser el sirviente del más pobre de los hombres que ser el gran rey Aquiles en el reino de los muertos.

Para hablar de la voluntad o al carácter de una persona Homero habla de «thy­más», mientras que apunta al «nóos» cuando hace referencia al sentido de la vista y nuestra capacidad para representarnos las cosas. Así pues, no hay un nú­cleo unitario donde se sitúe la clave de la identidad del yo. Y es que en la concep­ción homérica del ser humano, la identidad se contempla como algo que nos viene dado desde fuera, es decir, por los demás. Son los otros los que, al recono­cemos como alegres, tristes, valientes, cobardes, generosos o tacaños, etc., van fijando aquello que somos.

Por ello, desde esta visión, el máximo bien consiste en lograr la aceptación y el  reconocimiento de los demás, mientras que el mayor mal sería cosechar su burla o desprecio. De ahí que el objetivo de la vida pase a ser el alcanzar el honor, la fama o la gloria, gracias a las grandes gestas que uno haya protagonizado. Para ello será fundamental que el héroe homérico cultive la «areté», esto es, la virtud o excelencia que nos capacita para lograr tan altas metas, desafiando, si cabe incluso, a los propios dioses. No obstante, solo los nobles aristócratas dispondrán de las condiciones propicias para el desarrollo de esa «areté» que pueda dar paso a la alabanza pública.

El cuerpo como cárcel

Más adelante, hacia el siglo vi a. C. Los defensores delorfismo y el pitagorismo (movimientos ambos de carácter científico y religioso) pasaron a interpretar la cpsyché• como una sustancia o entidad espiritual, el alma, de origen sobrenatu­ral e inmortal, que estaba en comunicación intelectual con la divinidad, mientras que el cuerpo era simple materia corruptible. En esta concepción el alma repre­sentará la dimensión positiva de la persona, mientras que el cuerpo contendría la parte negativa. Cuando un alma es expulsada del mundo divino por cometer algu­na acción que molesta a los dioses, cae al mundo material y queda encerrada en un cuerpo, del que no se liberará hasta que este muera.
Influido por ellos, Platón recogerá la idea anterior de que el alma es de naturaleza espiritual, hallándose unida temporalmente al cuerpo. Una vez sale del mismo, su futuro dependerá de cómo haya vivido en él. Si ha logrado mantenerse pura y no dejarse contaminar por las tendencias negativas del cuerpo, logrará volver con los dioses. Si se encuentra muy contaminada descenderá al Hades y padecerá casti­gos durante años. En el caso de que no suceda nada de lo anterior, se reencarna­rá en otro cuerpo, para disponer de una nueva oportunidad para limpiarse.
Por los tanto decía que tenemos tres almas que son la inteligencia (cerebro), la pasional (pecho) y la apetitiva (en el abdomen) pero siempre tenemos una predominante .


La reacción empirista

Aristóteles se mostrará crítico con la idea de la reencarnación del alma de su rnastru Platón. Al interpretar Aristóteles el alma corno aquella organización de la materia que hace posible que un cuerpo tenga vida, desechará la
teoría de que el alma de una persona pueda existir antes que el cuerpo, o que pueda pasar de uncuerpo a otro. Por ello, atribuirá alma a todos los seres vivos, aunque distinguirá entre el alma vegetativa (que es la que posibilita
las funciones de la respiración, nutrición y reproducción), el alma sensitiva (que además incorpora la capacidad de la sensación) y el alma racional (exdusiva de los hombres).

En virtud de su alma racional el hombre dispone de pensamiento y lenguaje. El hombre es el «animal que habla., el animal que se expresa mediante el lenguaje, a través del cual comparte con los demás sus pensamientos y sentimientos. Esto hace igualmente que podamos caracterizar al ser humano corno un animal polí­tico, pues se hace humano en sociedad, en la polis.

A pesar de esta visión dualista del ser humano, que ha predominado y perdurado hasta nuestros días, hubo también en la Antigua Grecia concepciones discrepan­tes como la de losatomistas. Leucipo, Demócrito y Epicuro optaron por una concepción materialista. Para ellos, todo lo que existe, incluidos bs cuerpos y las almas, se componen de átomos y vacío. Por tanto, no consideraban que cuerpo y alma fueran de naturaleza esencialmente distinta, sino que ambos eran materia.

Los atomistas entendían que una persona es una estructura formada por átomos del cuerpo, átomos del alma, y vacío (el espacio libre que hay entre los átomos). Como pensaban que los átomos del alma eran los responsables de la vida, y aso­ciaban la vida con el calor (pues los cuerpos al fallecer se enfrían) llegaron a la conclusión de que los átomos del alma debían ser esféricos, cano los del fuego, piro aún más sutiles y ligeros. Estas estarían repartidos por todo nuestro ser, si bien se concentrarían en mayor número en las zonas más calientes del cuerpo.

Desde este enfoque se rechazaba por completo la posibilidad de existencia del yo después de la muerte del cuerpo. Cuando morimos, la configuración atómica que nos define comienza a desmontarse. Y es que, mientras vivimos, al respirar, comer o beber ganamos átomos, y al sudar o expirar aire, por ejemplo, los perdé­mos. Pero al morir dejamos de ingerir átomos y como solo los perdemos, la es­tructura se va destruyendo. Cada átomo seguirá existiendo eternamente pero no­sotros, no.

MEDIEVAL V-XV

A IMAGEN DE LA DIVINIDAD

En el politeísmo grecorromano, los dioses se parecían a los seres humanos y su comportamiento reflejaba las maldades y virtudes humanas. Por el contrario, el cristianismo creía en un Dios espiritual, todopoderoso y dotado de perfección, que había creado al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de un alma inmortal. Este Dios, que había sido anunciado por los profetas, se encarnará en la figura de Jesucristo y vivirá (y morirá) humanamente para traer un mensaje de salvación.

El cristianismo incorpora el concepto de un Dios personal, con el que el hombre puede mantener una relación de intimidad a través de la oración. No obstante, a causa del pecado original de Adán y Eva pa desobedecer la voluntad de Dios, todo ser humano nace con una mancha que deberá limpiar a través del bautis­mo, mediante el cual manifiesta su voluntad de ingresar en la comunidad de vida cristiana. De este modo, se compromete a hacer un buen uso de la libertad que le ha sido otorgada pa Dios, siguiendo los mandamientos y llevando a cabo una vida inspirada por el amor al prójimo.

Este sentimiento de amor universalhacia el resto de los seres hu­manos, que son concebidos ahora como «hermanos» en tanto que todos somos hijos de Dios Padre, dará lugar a una idea altamente novedosa: la necesidad de saber perdonara quienes nos ofenden. De la misma manera que el hombre reco­noce su imperfección y sabe que sin la misericordia divina no sería posible su salvación, debe imitar el modelo de Cristo para perdonar a quienes le causen algún tipo de daño, pues todos nos equivocamos, y está claro que si respondemos sistemática­mente al mal con el mal, no haremos posible que se instaure el Reino de Dios en la tierra.

Durante la Edad Media grandes teólogos como San Agustín de Hipona (354-430) o Santo Tomás de Aquino(1225-1274) destacaron en la elaboración de una filosofía cristiana. El objetivo de la misma era hacer más comprensibles cuestiones controvertidas como, pa ejemplo, de qué manera había que entender la relación entre la razón y la fe, o cómo hacer com­patibles la libertad humana y el hecho de que Dios lo sepa todo. En esta época, según expresión de Juan Damasceno •philosophia anilla theologiae» (la filosofía tiene como función estar al servicio de la teología).



MODERNA XVI-XVIII

1.3. El humanismo renacentista

Entre los siglos XIV y XVItiene lugar un movimiento artístico y cultural denominado Renacimiento que se origina en Italia y desde allí se expande al resto de Europa. Los artistas e intelectuales renacentistas hallan su inspiración en el legado de la antigüedad grecorromana. Tanto a nivel estético como filosófico se vive un graninterés por recuperar las fuentes clásicas, dada la admiración que despertarán de nuevo en esta época.

El movimiento intelectual más destacado que surge durante el Renacimiento es el Humanismo, donde se pasa de una cultura medieval de corte teccéntrico (todo gira en torno adiós y la relación del hombre con El), a una cultura antropo-

céntrica (el punto de partida de toda reflexión es el hombre mismo). El ser humano se muestra ahora más optimista respecto a la posibilidad de disfrutar de la vida terrena, a la vez que sitúa como valor supremo su capacidad de pensamiento.
Los humanistas exaltaron la autonomía intelectual y moral del individuo, sin renunciar a las creencias de la religión cristiana.

En esta exaltación entusiasta presente en el antropocen­trismo renacentista, Giovanri Pico della Mirándola (1463­-
1444) destacará por reivindicar que todo ser humano está dotado de una dignidad esencial. Porque ha sido creado por Dios cano un ser libre por naturaleza, lo cual le permi­te elegir el tipo de vida que más le satisfaga, a diferencia de los animales, que permanecen sujetos a los mandatos del instinto.

Así pues, si el pensamiento cristiano medieval concibió la vida como un simple trámite hacia la salvación o la condena etema, los pensadores renacentistas reivin­dicaron el valor intrínseco de la existencia y, dentro de esta, la capacidad creativa del ser humano, es decir, sus dotes artísticas e intelectuales. De este modo, se defendíó el valor de la conciencia subje­tiva, es decir, la condición de todo sujeto para emplear su capacidad crítica en el análisis de la tradición y los valores sociales.

1.4. La emancipación del ser humano

Entre los siglos XVI y XVIII tuvo lugar un gran desarrollo de las ciencias, que dio lugar a una concepción mecanicista del cosmos, ya que pasea verse el un/remo corno una gran máquina. Este princtio se aplicó también al set humano, pues, en lo que se refiere al cuerpo, se consideró que funcionaba según esas mismas leyes físicas que se aplicaban a toda la materia. Así, el cuerpo humano era concebido como una má­quina. De todos modos, numerosos filósofos de este período afirmarán que, al estar el crispo en contacto con el alma y ser esta de naturaleza no material, sino esPri­tual, el ser humano era un ser dotado de entendimiento y ltertad

Los avances cientlficos y técnicos que se lueron produciendo en la Modernidad fueron aumentando progresivamente la confianza en la capacidad de la razón para poder explicar la realidad a todos los niveles. La invención del microscopio y el telescopio haba ampliado enormemente nuestra mirada sobre el mundo, Wi. Iliam Harvey descubría la circulación de la sangre, las leyes de Newton lograban dar cuenta de los movimientos tanto a nivel terrestre como celeste, y Lavoisier sentaba las bases de la química moderna en la segunda mitad del siglo zwii. En este clima intelectual, la Ilustración se constituirá como in movimiento que reí­vindica que el ser humano va camino de alcanzar »la mayoría de edad•.

Los ilustrados afirmarán que todo el saber heredado de la tradición debe ser so­metido a la critica de la razón, que pasa a constitrirse ahora en el tribunal que establecerá qué creencias y qué valores se mantendrán, y cuáles deben ser des­echados o eliminados. Su lema será Sapere mide. que suele traducirse por »atré­vete a saber», aunque más bien cabe entenderlo como .Atrévete a usar tu propia razón», es decir, piensa por ti mismo, utiliza tu razón para llegar a tus propias conclusiones. Con ello se invitaba a la gente a no dar por válida una afirmación solo porque siempre se haba creído que era así. De este modo el hombre se emancipaba de los falsos saberes y reclamaba su autonomía como librepensador.

Esta confianza en las posibilidades del ser humano para alcanzar cada vez un mayor conocimiento de la naturaleza, junto al desarrollo creciente de la técnica, alimentó la idea de que la Humanidad se habla situado definitivamente en la vía de un progreso que prometía ser ilimitado. Se esperaba que la ciencia y sus apli­caciones en la sociedad dieran lugar a un mundo mejor para todos, si loen para que fuera realmente mejor para todos y no solo para una minoría selecta, habría que promover cambios en la estructura social y reclamar la igualdad de derechos. Oe este modo, las reivindicaciones políticas formarán parte de la lucha por la emancipación humana, al ponerse en cuestión la legtimidad del Antiguo Régi­men y el orden sociopoltico ClUe se había mantenido vigente hasta entonces.

 


COMTEMPORÁNEA

ALGUNAS HUMILLACIONES

El ser humano creyó durante siglos que habitaba un planeta que ocupaba el cen­tro del universo. Hasta que un día descubrimos que no ocupábamos un lugar tan privilegiado, sino que estábamos sobre un planeta que, como otros tantos, gira en torno al Sol. Para algunas, ello supuso una primerahumilación al orgullo huma­no
Durante la segunda mitad del Siglo XIX y la primera del Siglo XX vendrían algu­nas más.

La teoría de la evolución nos enseñó, como hemos visto en la unidad anterior, que nuestra especie procede de los primates, así como que las mutaciones y la selección natural han sido el motor del proceso histórico que explica las trans­formaciones que se han ido produciendo en las distintas especies durante mi­les de años. Por tanto, la separación radical que se habla hecho hasta entonces entre animales y humanos quedaba gravemente cuestionada. La comprensión del ser humano como un mono evolucionado dada lugar a una nueva humilla­ción, sobre todo para quienes verían en dicho origen algo degradante.

Contemporáneo del naturalista Charles Darwin, el filósofo y economista Karl Marx asestó otro ataque al orgullo humano en la medida que insistíó en que, si bien a menudo nos creemos que es nuestra manera de pensar la que determina nuestra manera de vivir, en realidad ocurre exactamente al revés. Como señala en su libro La ideología alemana, “es la vida la que determina la conciencias” es decir, nuestras creencias, deseos, inquietudes. Etc., vendrían fuertemente condicionados por lo que hacemos, lo cual, en última instancia, sería conse­cuencia del lugar que ocupamos dentro del marco socioeconómico en el que nos encontramos.

Una nueva humillación vendrá de la mano de la teoría psicoanalítica formulada por Sigmund Freud. Según el fundador del psicoanálisis, hasido un error histórico identificar la mente con la conciencia, pues en realidad esta no recoge más que una pequeña parte del contenido de nuestra men te, ya que la mayor parte de la misma tendría un carácter inconsciente, el cual nos resulta inaccesible. De este modo, si hasta entonces era común pensar que uno mismo es quien mejorsabe lo que piensa o siente, el psicoanáli­sis trata de hacemos ver que buena parte de nuestros impulsos, motivaciones e in­cluso creencias se hallan en nuestro in­consciente, por lo que ni siquiera somos conocedores de lo que hay en nuestra pro­piá mente ni somos del todo dueñosde nosotros mismos.

Diversidad de perspectivas

Durante el Siglo XX el movimiento existencialista se caracterizará por subrayar que lo que caracteriza fundamentalmente a los seres humanos no es el hecho de poseer una esencia común o una naturaleza que todos compartimos, sino el he­cho de que cuando nacemos somos un ser dotado de una gran indetemtinación. En palabras de Sartre, en el ser humano «la existencia precede a la esencia», por lo que es en nuestra particular manera de existir o actuar que vamos definiendo aquello que sanos.

El hecho de estar dotados de conciencia y ser libres hace de cada uno de noso­tros in ser abierto a múltiples posibilidades, de manera que cada uno construye su propia identidad a medida que va tomando decisiones y llevando a cabo accio­nes concretas en el día a dia. Sin embargo, el hecho de tener que elegir constan­temente qué hacemos con nuestra vida y asumir la responsabilidad de nuestros aciertos y errores, sin que valgan excusas de ninguna clase, puede generar sentí­mientos de angustia ante la sensación de inseguridad que uno puede albergar cuando no logra dotar de sentido a su existencia.

Sin embargo, el estructurabsmo preconizó que el ser humano no es el creador de las normas, valores y estructuras culturales, sino el producto de todo ello. Según Lévi-Strauss, destacado estructuralista, el hombre obra según los patrones socia­les y culturales que le han otorgado su identidad. Así pues, quedaba en entredí­cho el enfoque existencialista que supónía una amplia autonomía por parte del sujeto para construirse a sí mismo en un sentido u otro. Y es que ya nacemos dentro de una determinada estructura familiar, social y cultural, de tal modo que nuestra individualidad no puede sustraerse de todos esos elementos,pues ellos han contribuido decisivamente a que seamos lo que somos ahora.

La sociobiologla defendíó una tesis similar a la estructuralis­ta, pero basada en las ciencias naturales. Tomando como base una teoría darwiniana ampliada con las aportaciones de la genética, pretendíó explicar todos los comportamientos sociales e individuales -incluida la dimensión ética del ser humano- a partir de patrones de conducta innatos. Para los sodobiólogos, la cultura desempeñaba un papel secundario, como simple práctica perfeccionadora de tales patrones. El etólogo británico Richard Dawkins llegó a afirmar en El gen egoísta que los humanos eran .Máquinas de supervivencia de genes•.


2. El sentido de la vida humana

La pregunta sobre el sentido de la existencia ha sido un punto de coincidencia habitual entre el pensamiento académico y la reflexión cotidiana de todas las personas. ¿Quién no se ha planteado alguna vez cuestiones como: qué hago en este mundo, qué sentido tiene mi vida, qué importancia tienen las alegrías, las penas, el trabajo, la bondad o la maldad si todo se acaba con la muerte?

Estos interrogantes han dado lugar a diferentes respuestas, quizá tantas como perso­nas hay en el mundo, y seguirán vigentes mientras exista una conciencia que re­flexione sobres( misma. El sentido de la existencia es un problema filosófico y huma­no sin resolver, siempre unido a la experiencia del dolor y la certeza de la muerte.

2.1. La cuestión del sentido

Ahora bien, ¿a qué nos referimos exactamente cuando preguntamos por el sentí­do de la vida? En el caso de que alguien haga alguna cosa, podríamos decir que si le preguntamos cuál es el sentido de lo que hace, lo que estamos pidiendo es que nos diga qué finalidad espera lograr con dicha acción. Ya sea una acción concreta y puntual, o se trate de una empresa mayor, una actividad que pueda llevar semanas, meses o incluso años, la pregunta por el sentido remite al «para qué» estamos haciendo eso.

No obstante, la cuestión del sentido puede plantearse aludiendo a una formulación más gbbal. Esto es b que sucede cuando la nterrogación no se limita a preguntar qué nos mueve a hacer esto o b otro, o a desernpenar este proyecto o tal otro, sino que va más allá e inquiere cuál sera d sentido de nuestra vida, o ncluso más en general, ya no de nuestra vida exactamente, sino cuál sería el sentido de la vida humana en general, o si se quiere, cuál es el sentido de la vida n incluso del univer­so entero. Así pues. Cabe observar que la cuestión del sentido se puede plantear a distintos niveles (que, evidentemente, no son excluyentes).

Al hablar, sin embargo, del sentido de la vida, conviene distingiir dos significados básicos para el término •vida». El prime­ro ataña a las ciencias de la naturaleza, que la definen como el conjunto de Pro­piedades que diferencian a los organis­mos de la materia inerte. Estas propieda­des son: nacimiento, crecimiento, reproducción, nutrición, sensibilidad, autonomía motriz y muerte. Por tanto, este significado comprende por igual a un árbol, una bacteria, un perro, un ser humano…

El segundo significado tiene que ver con la psicología y. Por consiguiente, solo es aplicable al ámbito humano: la vida es un periodo temporal de actividad cons­ciente durante el cual la persona desa­rrolla sus capacidades físicas y psicológicas. Necesariamente concluye con la muerte, has la cual se abre la incógnita de si existe otra forma de vida —como postulan las religiones y otras creencias espiritualistas— o si cuerpo y mente se diluyen para siempre.

 

EL DOLOR

Todos hemos tenido alguna vez experiencia del dolor. Ya sea un dolor de muelas, ya sea el dolor por la pérdida de alguien, nadie puede eviar padecerlo a lo largo de su vida. En todos los casos hablamos de dolor si existe sufrimiento;
sin embar­go, hay algo que distingue las distintas experiencias del dolor.

— O dolor físico.
Cuando hablamos, por ejemplo, de dolor de muelas, nos refe­rimos a una sensación determinada, caracterizada por su naturaleza desagra­dable Este tipo de dolor, al que llamaremos dolor físico, incluye las más varia­das sensaciones (en intensidad, duración, cualidad…), pero todas ellas tienen un destacado componente físico. Cuando hablamos, por ejemplo, de dolor por la pérdida de alguien, no nos referimos a una sensación de este tipo, sino a una experiencia de tipo espiritual o moral. Y, aunque este tipo de sufrimien­to puede ir acompañado de sensaciones físicas como sudor, temblor, náusea, debilidad…, no se puede identificar con ellos.

— El dolor espiritual o vital es una experiencia de aflicción o angustia que puede estar producida por innumerables causas:
pérdida de alguien (por separación, abandono, muerte, indiferencia…), insuficiencias afectivas (fal­ta de amor o amistad…), insuficiencias materiales (ausencia de bienestar económico, social, laboral…), problemas de salud (enfermedades, discapa­cidades…), insatisfacción con uno mismo (infravaloración de la propia per­soná, no consecución de los propios deseos, no aceptación de uno mis­mo…). En todos estos casos, se producen estados de desánimo o sufrimiento, que denominamos de varias maneras: depresión, tristeza, me­lancolía, angustia, ansiedad… En este apartado vamos a agruparlos bajo la etiqueta de dolor vital.

Este dolor se considera, a veces, efecto de la finitud humana y otras, en cam­bio, como la causa de esta. Por una parte, se puede considerar efecto, puesto que, a menudo, es consecuencia de las limitaciones que nos impone la vida. Como ya hemos dicho, se da como reacción natural a acontecimientos des­graciados: padecer una enfermedad, ser traicionados por un amigo, ser aban­donados por un ser querido…

Pero también se puede considerar de manera inversa. Cuando no hay una causa aparente que justifique este dolor intenso, podemos pensar que este es natural o inherente a la vida misma. En estos casos, el dolor vial no parece un efecto de las limitaciones de la vida, sino causa de ellas.

Carácterísticas del dolor espiritual

Para poder caracterizar este dolor espiritual que acompaña nuestra existencia (pa eso lo hemos llamado dolor vital), vamos a diferenciarlo del dolor físico.

Dolor físico

  • Momentáneo o accidental. Padecer dolor no es nuestro estado natural, sino la señal de que algo no funciona o está dañado.
  • Ha de tener necesariamente una cau­sa, normalmente física: un golpe, una herida, urt vtrus…
  • Es de naturaleza física, por lo que es localizable en una parte del cuerpo. Tiene sentido preguntar: ¿qué te duele?

Dolor vital


  • Puede ser momentáneo o accidental, pero hay pensadores que lo conside­ran un acompañante inseparable de nuestra existencia.
  • Aunque suele tener una causa, puede
    ser una actitud ante la vida misma.
  • No es localizable. Porque no tiene na­turaleza alca. No tiene sentido pre­gunlar: ¿qué te duele?

Hay pensadores para los que el dolor espiritual no es una simple reacción ante las desgracias que nos ocurren en la vida, sino un rasgo inherente a nuestra existencia. Para algunos de ellos, la vida es un •valle de lágrimas» en el que es inútil rebelarse contra el dolor y el sufrimiento. A esta vida venimos a sufrir, por­que es lo propio de nuestra condición finita Esta concepción de la vida como sufrimiento se da, aunque a veces anecdóticamente, en toda nuestra historia del pensamiento.

A pesar de que la concepción de la vida como dolor pueda parecer pesimista y derrotista, paradójicamente es la que suele aportar, al mismo tiempo, una reivin­dicación de la esperanza como forma de superación de este dolor. La esperanza como confianza en un futuro mejor solo tiene sentido desde el dolor y el sufrí­miento. Para el que sufre, la esperanza es un consuelo; para el que está satisfe­cho con la vida, la esperanza no es nada, no tiene ningún sentido.

2.5. La muerte

La toma de conciencia de la ausencia de sentido de la existencia humana tiene lugar, sobre todo, al reflexiona sobre la muerte. Mientras que en las plantas y en los animales la muerte es rn hecho, en el ser humano es un elemento constituti­vo de la propia vida. El ser humano es consciente de su propia muerte: saber que inevitablemente ha de morir conlleva que la muerte condicione toda su existencia; pa eso. Puede considerarse un elemento fundamental de la propia vida. Aunque parezca paradójico, sabernos mortales puede dar sentido a nuestra vida y a lo que sucede en ella. De otra fuma, quizá nada nos afectarla del modo en que lo hace; quizá no sentiríamos la necesidad de actuar y hacer, ya que dispondríamos de un tiempo indefinido para ello; quizá no valoraríamos nada, pues todo se diluí­ria en la inmensidad del tiempo.

la muerte, de entrada. Parece ser algo personal, algo intimo de Cala uno. Nuestra muerte nos pertenece de la misma forma que nos pertenece nuestra vida. Y nadie puede .Vivirla• pa nosotros. Sin embargo, ¿significa esto que nosotros podemos vivir nuestra muerte. Que podemos experimentarla? Intuitivamente, parece que no. Para nosotros mismos nuestra muerte es un misterio, algo que podemos esperar, prever…, pero no sentir. La muerte solo existecuando deja de haber vida, al menos biológica. En este sentido, está más allá de la vida y es imposible vivirla, sentirla. Parece que la propia naturaleza de la muerte hace que esta sea inexperimentable (en el sentido habitual de experimentar como ‘conocer o vivir directamente algo’).

Ante la imposibilidad de experimentar la propia muerte, parece que lo único que queda es la posibilidad de experi­mentarla a través de la muerte de los otros. Para algunos autores, creer que podemos experimentarla a través de la muerte ajena es una ilusión. En sedado estricto, solo po­demos asistir corno espectadores, más o menos compun­gidos, más o menos afectados. Pero, pa muy doloroso que sea ver morir a seres queridos. Incluso a desconocidos, el verdadero carácter de la muerte queda vela­do, oculto, inaccesible para nosotros.

Solo vivimos directamente, íntimamente, lo que la muerte ajena produce en noso­tros. D Salo en que nos deja la no existencia del otro:
la soledad. D desamparo. el carácter definitivo e irremediable, la desesperación la sensación de injusticia y de falta de sentido… Pero, estrictamente, todos esas sentimientos no son expe­riencias de lo que es la muerte, sino de lo que esta produce en los demás y no en el que fallece.

Concepciones de lo muerte

La muerte definitiva

A pesar de que nadie puede asegurar en qué consiste M muerte, muchas peno­nas se inclinan a pensar que esta supone el final definitivo de toda forma de vida. Suelen mantener esta postura, aunque ro exclusivamente, los que conciben al ser humano como un ser íntegramente material. Es lógico, desde el materialismo, sostener que la destrucción del cuerpo es la destrucción completa del ser huma­no, pues, para estos, el ser humano no es otra cosa que cuerpo físico. Ante esta concepción de la muerte, son posibles distintas actitudes:

Resignación Y ACEPTACIÓN


Esta actitud es propia de los que rechazan cualquier tipo de temor o rebelión ante el hecho de la muerte. Aquí va­mos a centrarnos en el epicureísmo. Para esta corriente, una reflexión detenida acerca del carácter de la muerte nos ayudará a comprender lo absurdo que resulta temer algo que nunca vamos a sentir. De esta forma lo expresa Epicuro en la Carta a Meneceo: «Acostúmbrate a conside­rar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación, y la muerte es pérdida de la sensación». La muerte no existe para los seres humanos, pues mientras vivimos no estamos muer­tos, y cuando estemos muertos ya no existiremos. Por tanto, lo único que de verdad existe para nosotros es el vivir, ya que solo de la vida tenemos experiencia.


RECHAZO


La aceptación de la muerte como algo que inevitable­mente nos va a suceder y que, por tanto, es inútil temer suele resultar difícil para muchas personas. A pesar de su carácter inevitable, la mayoría de nosotros suele rebe­larse contra su carácter definitivo. No nos resignamos a que sea el limite total a nuestra existencia. Ejemplo de do puede ser el pensamiento de Miguel de Unamuno. Según él, la creencia de que nuestra mente, con sus re­cuerdos, creencias y experiencias personales, sobrevive a la muerte es necesaria para poder vivir. Pero, además, no basta con sobrevivir en la fama, en la obra, en los hi­jos… La única perduración satisfactoria —capaz de satis­facer las esperanzas humanas— es la resurrección del ser humano total, tal como promete el cristianismo. El problema, lo que hace de la existencia humana una tra­gedia, es el hecho de no tener ninguna certeza de que esto vaya a ser así

 

La muerte como tránsito

Para mucha gente, aunque la muerte es pérdida de vida, lo es solo en sentido bidógico. Así, la destrucción del cuerpo causada por el cese de las funciones vi­tales no tiene por qué significar una destrucción total de la persona. Desde una perspectiva espiritualista, por ejemplo, es posible aceptar que la mente, o el alma, continúa viviendo a pesar de la muerte del cuerpo. Para los espiritualistas, el ser humano es la uníón de la mente y el cuerpo como dos realidades distintas e inde­pendientes y, por tanto, separables. Para ellos, entonces, la muerte no es un dejar de existir definitivo, sino el tránsito de nuestra mente o alma a una vida distinta y, para la mayoría, mejor.

Existen muchos tipos de creencias y teorías acerca de la muerte como tránsito. Para algunos, esta consiste en la inmortalidad de nuestra mente (con los recuer­dos y las experiencias personales); para otros, en la supervivencia de un alma universal en la que, de alguna manera, estamos incluidos todos; para otros, en las sucesivas reencarnaciones del alma en distintos cuerpos… En definitiva, son con­cepciones de la muerte en las que no se supone que esta comporte una destruc­ción completa, sino el paso hacia otro tipo de realidad.

3. El anhelo de trascendencia

La problematización del sentido de la existencia a causa del dolor y la muerte se resuelve o traduce, para muchos pensadora, en un anhelo o deseo de trascen­dencia.

Este anhelo de trascendencia no es otro que una apertura o relación con lo Abso­luto. Sin embargo, la existencia del Absoluto, las distintas concepciones y la posi­bilidad de acceso a una realidad trascendente de este tipo constituyen un autén­tico problema filosófico.

3.1. El Absoluto

Cuando hablamos de la necesidad esencial que siente la persona de abrirse y acceder a algo superior que dé sentido a su existencia, hemos de aclarar en qué consiste ese algo que rebasa las dimensiones de lo humano, pero que hace lo humano comprensible y valioso. Este algo superior, dador de sentido, ha sido lla­mado por diversos pensadores lo Absoluto.

A pesar de que a lo largo de la historia han variado las concepciones acerca de lo Absoluto y de su naturaleza, parece que este posee una serie de rasgos que casi todos los pensadores coinciden en aceptar. Se considera lo Absoluto aque­llo que es:

  • Incondicionado e independiente


    No necesita de algo distinto a si mismo para ser. Su existencia no depende de nada ni de nadie y, sin embargo, es causa y razón de la existencia de todo lo demás.

  • Infinito e ilimitado

    No está sujeto a las limitaciones del espacio ni a los ava­tares del tiempo.

  • Sobrehumano

    Los anteriores rasgos se resumen en este, pues su carácter incondicionado e ilimitado hace que lo Absoluto sea una realidad que sobre­pasa las dimensiones de lo humano.

Concepciones del Absoluto

Estas carácterísticas que hemos señalado son las que se atribuyen, normalmente, a Dios. Por esta razón, cuando se habla de lo Absoluto, se suele dar por sentado que se habla de Dios. Asl, se entiende la necesidad de la persona de salir de si misma como la búsqueda y el anhelo de este ser superior. Sin embargo, esta bús­queda ha seguido caminos muy diferentes, pues son distintas las concepciones que se tienen de Dios. Veámoslo.


Panteísmo: Lo Absoluto es una realidad divina inmanente al mutuo.

Creen en un Dios que se identifica con la unidad de todo lo existente, es decir, con la naturaleza. Dios y naturaleza serían b mismo.

Estoicos
Nícolás de Cusa Giordano Bruno Spinoza Budismo
Hinduismo

Teísmo:

Lo Absoluto es una realidad divina trascendente al mundo.

Creen en un Dios crea­dor del universo, que, además, puede interve­nir en los acontecimien­tos que suceden en él. Es un Dios personal oon cualidades como la bon­dad, la inteligencia, el poder… Como ser per­sonal puede revelarse a los hombres, que así pueden acceder a él.

Santo Tomás
Descartes
Cristianos
Judíos
Mahometanos

Daismo:


Lo Absoluto es una realidad trascendente al mundo.

creen en un Dios que es la causa y el fundamen­to del mundo, pero que no interviene en él. No es un Dios personal y revelado con cualidades como la bondad. El ser humano puede acceder a él de turna exclusiva­mente racional.

Voltaire

M. Rinda!

H. De Cherbury Toland

Panteísmo, teísmo y deísmo, a pesar de ser concepciones distintas de Dios, acep­tan su existencia como explicación del mundo y del ser humano. También tienen en común la creencia de que este acceso es posible racionalmente. Para los tefs­las, además, también es posible llegar a Dios gracias a la revelación. Para los defstas, en cambio, solo es posible acceder a lo Absoluto por medio de la razón. En cualquier caso, no todos los pensadores se han inclinado por acuna de estas posturas. Algunos dudan e, incluso, niegan la existencia de Dios o, al menos, la posiblidad de acceder a él.

Trascendente:


en sentido filosófico, es todo aquello que w3 más allá de lo sensible o natural y, que por tanto, escapa a las famas usuales de co• nccimiento.

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