Filosofía

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San Agustín nacíó a mediados del siglo IV en Numidia. Llevó en Roma la juventud despreocupada y escéptica que era común a los romanos de su época, es uno de los pensadores más grandes y representativos del cristianismo. En cuanto a su familia, residían en Tagaste, una pequeña ciudad Numidia. Estaban fuertemente romanizados, y hablaban solo latín en casa como una cuestión de orgullo y dignidad. Su padre Patricio, era un pequeño propietario pagano y su madre, la futura santa Mónica, es puesta por la Iglesia como ejemplo de mujer cristiana, de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia. Años más tarde Agustín conocíó a una mujer con la que mantuvo una relación estable de catorce años y con la cual tuvo un hijo: Adeodato. 

San Agustín profesó en un principio la filosofía gnóstica del persa Maní (maniqueísmo), que defendía la existencia de dos principios, uno del bien y otro del mal, que contienden entre sí. Pronto se dio cuenta de que el principio del mal no puede ponerse en pie de igualdad con el del bien, porque el mal es en realidad un defecto o falta en el ser, que es bueno en sí, y solo puede haber un Dios, que es el principio del ser. 

La Academia Nueva se presentaba cargada de tradición filosófica y de profundidad. Sin embargo, el academismo había caído en un escepticismo casi absoluto; para él solo cabía admitir una cierta probabilidad en nuestros juicios, pero nada que pueda afirmarse con certeza; la verdad en sí es inasequible. Agustín medita profundamente estos temas en su sed inexhausta de verdad y de amor.

La filosofía neoplatónica abríó la mente de San Agustín a la contemplación de las verdades eternas que existen por sí en el mundo del espíritu, la segunda de las causaciones cósmicas. Pero la lejana y abstracta realidad de las ideas no podía satisfacer al espíritu de san
Agustín, que buscaba el sentido y el origen de la realidad. En este punto, por gracia sin duda a la limpia sinceridad de su alma y a las oraciones de su madre santa Mónica, se realiza el milagro de su conversión.

La certeza primaria para el hombre radica en su propia experiencia interior. El camino hacia la verdad se abre a través de esta vía, que se ofrece con la claridad de lo propio, de lo personalmente vivido. Los atributos de la verdad son los atributos de Dios; las ideas o verdades eternas son ideas de Dios, esto es, los patrones o arquetipos ideales por los que Dios creó el mundo.  

El alma y Dios son los dos polos fundamentales entre los que se mueve el pensamiento agustiniano. Frente a ambas íntimas y cordiales realidades, poco cuenta para san Agustín lo demás; el mundo exterior le sirve solo para descubrir en él los rastros de Dios, las rationes seminales gérmenes de actividad y de vida que animan a las cosas y fueron depositadas por Dios en todo cuanto existe.

El alma del hombre es, según San Agustín, una sustancia activa, de naturaleza espiritual. No preexistíó en un mundo anterior, sino que fue creada por Dios de la nada e infundida a un cuerpo en el que vive como en prisión anhelando siempre su bien, bien que no puede hallar sino en la posesión de su Dios y Señor.

San Agustín sugiere aquí su teoría de la iluminación. Es Dios quien alumbra en nuestro espíritu las ideas universales, dándonos así una especie de visión superior, divina, de cuanto nos rodea y se ofrece a nuestros sentidos.

En la Ciudad de Dios, por fin, nos ha dejado San Agustín el primer ensayo de una filosofía de la Historia. Según ella, la Historia se forma de la trama de acciones libres de los hombres; pero Dios, sin menoscabo de esa libertad, ordena los grandes acontecimientos históricos, el hilo general de la Historia, de forma que en él resulte el premio o castigo de los hombres y el triunfo final de la Iglesia de Cristo. 

Del siglo V al IX puede decirse que la filosofía no existe en Europa, al menos como especulación original. Durante esos siglos únicamente la actividad aislada de sabios como Casiodoro, Boecio y san Isidoro de Sevilla. Los únicos centros de actividad cultural son en estos siglos los cenobios benedictinos y las escuelas catedrales, que se alimentan de la tradición teológico-filosófica agustiniana. La Iglesia será la depositaria y la transmisora de la cultura clásica durante este largo eclipse cultural. Ella fue formando lentamente durante estos oscuros siglos una nueva cultura filosófica, profundamente inspirada por el cristianismo, que se llamó Escolástica, por su origen en las escuelas monásticas de la alta Edad Media.

San Agustín es, fundamentalmente, el padre espiritual de la filosofía medieval en su primera época, que se extiende desde sus manifestaciones iniciales en el siglo IX hasta principios del XIII, siglo este en que conoce el Occidente cristiano una profunda renovación cultural. Sin embargo, después y durante toda su historia, el agustinismo será uno de los polos entre los que habrá de moverse el pensamiento cristiano y la fuente inspiradora de las corrientes místicas y animistas.

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