El juicio ordinario

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En la modernidad, las verdades se dirimen en juicios. Juicio es la palabra con la que determinamos tanto las enunciaciones científicas, como la posibilidad de dar enunciativamente una máxima. Los juicios por tanto explican cosas que siempre han estado presentes: por qué siempre que la ciencia se pronuncia sobre cualquier cosa da concepto y porqué la decisión siempre da máxima. Para poder juzgarlo (establecer un juicio)
Debemos observar un caso de juicio que no coincida con el juicio que siempre está en juego en los otros dos casos anteriores. Al juicio ante el cual siempre estamos jugando lo llamamos determinante dado que siempre se dan los límites tanto del objeto como de la ordenación de la conducta. En este juicio, y en todos los demás, hay un aspecto que no refiere al objeto (ni al concepto ni a la máxima) sino al sujeto que emite ese juicio, es decir, yo mismo. Este aspecto recibe el nombre de reflexionante.

El reflexionante es la carácterística principal de las obras de arte.
En las obras de arte falla el determinante y solo queda el reflexivo. Falla el determinante porque la belleza (aspecto fundamental del juicio que emiten las obras de arte) nunca logra determinar nada dado que el arte es algo subjetivo. Lo que transmite una obra de arte es el gusto sin interés que exige universalidad y genera un placer subjetivo que siente cada uno ante la representación subjetiva del objeto sin concepto de ese mismo objeto (no se trata de transmitir una sola idea, sino que hay un sinfín de interpretaciones). Importante remarcar que el placer del gusto es subjetivo  y la representación también, sin embargo,  el gusto sensorial es objetivo pero la representación es subjetiva.  Por consecuencia de ello, decimos que las obras de arte no encajan muy bien en nuestras coordenadas históricas dado que no pueden fundamentarse en las matemáticas ni en la experimentación sistemática (forma ciencia) ni tampoco es algo que pueda ordenar nuestra conducta atendiendo a la ley moral (forma derecho). Aunque no pueda fundamentarse en juicios determinantes, las obras de arte sí que emiten juicios de carácter reflexivo: juicios estéticos puros. Decimos que son puros porque no son empíricos pero como además  hay sensación que se genera ante algún objeto, también es estético. Este juicio revela la “naturaleza” de todo juicio, a saber que seamos nosotros capaces de emitir nuestro propio juicio (que ponga de manifiesto “naturaleza”)


Por tanto, arte es aquello ante lo cual alguien está dispuesto a emitir un juicio sintético puro , es decir, que se tenga la necesidad de decir, “esto es bello”, que entre en juego la belleza. Esta belleza no es comparable  pues la comparación requiere un criterio o una regla común entre dos conceptos, que es precisamente lo que en un juicio estético nunca hay. Por ello el arte es todo aquello que no se puede comparar y  donde quepa decir irreductibilidad.

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 Nuestra sociedad se basa en la estructura económica puesto que todo sucede de la manera que lo impone lo económico.  Esto quiere decir que puede ser descrito físico-matemáticamente, regulado jurídicamente e intercambiable,  lo veremos ahora. En un principio, todo puede reducirse a todo lo demás. Esto quiere decir que las cosas son materia y lo seguirán siendo a pesar de la manera en que se haya organizado. Esta reductibilidad de todo con todo se conoce como el principio de intercambiabilidad. Esto quiere decir que el fin de las cosas no es más que el intercambio. Las cosas, por tanto, están hechas por y para la intercambiabilidad, y estas se determinan como mercancías. Como todo es intercambiable, la mercancía hace referencia a la naturaleza de las cosas, a saber,  al modo de ser, a la fenomenalidad de las cosas (y no a un conjunto de cosas frente a otro). La posibilidad de intercambio quiere decir que se debe encontrar un criterio de homologación. Por ello, con todo lo que tratemos consistirá en la cosa para los intercambios mismos. Esta cosa es el equivalente general, el dinero, el valor de la mercancía. En nuestra sociedad, decimos capital en vez de mercancía (no producimos meramente mercancías). El capital es la posibilidad de invertir para producir más. Nuestro objetivo es producir el día de mañana más de lo que hemos producido hoy. Producir ad infinitum, es decir, tener como único fin tener más producción.  Sin embargo, el capital no es meramente valor, sino plusvalor o plusvalía que se consigue, o bien intercambiándolas, o bien usándolas. En un principio, todos los  usos gastan eso que se usa. No obstante, hay una cosa que no se gasta a pesar de su uso. Esto es una mercancía capaz de producir  más al ser gastada que está pegada “a nosotros nosotros”: la fuerza del trabajo. Esta es la única que siendo mercancía produce más cuando se usa.  Somos nosotros los únicos seres capaces de iniciar acontecimientos incondicionales en el mundo.  

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